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CAPITULO IV: RENACIMIENTO Y ARISTOTELISMO

 


EL PRIMER ARISTOTELISMO

Aunque los platónicos y aristotélicos del Renacimiento vayan unidos en el campo de la historicidad, en el esfuerzo por volver a las doctrinas genuinas de Platón y de Aristóteles, luchan entre sí defendiendo intereses espirituales contrapuestos: la religión y la investigación natural. Los platónicos ven en el platonismo la síntesis del pensamiento religioso de la antigüedad, y, por tanto, en el retorno al platonismo ven la condición del renacimiento religioso. Los aristotélicos ven en el aristotelismo el modelo de la ciencia natural y, por tanto, en la vuelta al aristotelismo ven el renacimiento de la investigación directa "de la naturaleza. La polémica entre platónicos y aristotélicos es, pues, el choque entre dos exigencias de las que el hombre necesita por igual y los intentos de conciliación (como, por ej., el de Pico) tienden precisamente a conciliar estas exigencias en un concepto más completo del hombre. La vuelta al aristotelismo originario fue iniciada en Italia por aquellos griegos doctos que participaron en el concilio de Florencia para la unión de las dos Iglesias, o bien se refugiaron en Italia después de la caída de Constantinopla en manos de los turcos (1453). El primero entre ellos es Jorge Escolario, llamado Genadio, que nació en Constantinopla y murió alrededor del año 1464. Fue adversario de Gemisto Pletón y condenó y destruyó su escrito sobre Las Leyes. En su discurso Sui dubbi di Pistone intorno ad Aristotele, defendió a Aristóteles contra Pletón, aduciendo su mayor conciliabilidad con la doctrina cristiana. Evidentemente se fundaba en la tradición escolástica que estudió y de la que fue seguidor; tradujo al griego escritos de Santo Tomás y de Gilberto Porretano (e\Desex principtis). Parece que se le debe atribuir también la traducción parcial al griego de las Summulae lofficales de Pedro Hispano (vol. I, § 289), que luego fue considerada falsamente obra original del filósofo bizantino Miguel P.sello. La polémica contra Pletón fue continuada por Jorge Trapezuncio, nacido erf 1396, probablemente en Creta, muerto el año 1484. Fue a Italia hacia el 1430 y en 1464 compuso aquella Comparano Platonis et Aristotelìs, a la que contestó alrededor del año 1469 el cardenal Besarión (§ 353). La actividad de Trapezunzio consistía sobre todo en la explicación y el comentario de las obras aristotélicas, y especialmente de la lógica, que expuso en el De re dialéctica, no sin utilizar elementos tomados de la tradición escolástica.

Igual interés filosófico tienen los escritos de Teodoro Gaza, nacido alrededor del 1400 en Tesalónica y muerto hacia el año 1473. Llegado a Italia en el año 1440, estuvo algunos años en la escuela de Victorino de Feitre y enseñó en Ferrara y luego en Roma. Polemizó con Besarión sobre cuestiones aristotélicas y escribió contra Gemisto. Tradujo numerosas obras de Aristóteles y el tratado Sobre las plantas de Teofrasto. Hermolao Bárbaro (1454-1493), de Venecia, fue el primero en oponer el Aristóteles original al Aristóteles de la escolástica árabe y latina. Compendió la ética y la filosofía natural, tradujo la Retórica de Aristóteles y el Comentario de Temisto. Profesa el más absoluto desprecio hacia los "filósofos bárbaros", incluyendo entre ellos tanto a Alberto y Tomás como a Averroes. En la forma ruda e inculta de su lenguaje descubre la primera y más grave traición al espíritu originario de la clasicidad, que quiso encerrar los más altos pensamientos en la forma literaria más noble. Los filósofos bárbaros fueron por el contrario, defendidos por Pico de la Mirándola en la famosa carta a Hermolao, donde exhortaba a éste a prestar atención, más que a la ruda forma literaria, a la sustancia de sus pensamientos, de los que todavía Pico creía extraer enseñanzas vitales. Pero, en reajidad, la intolerancia de Hermolao con la barbarie del lenguaje es la intolerancia contra las superestructuras que el pensamiento medieval había añadido al Aristóteles original.

AVERROISTAS Y ALEJANDRISTAS

Un paso ulterior hacia el retorno al Aristóteles genuino fue dado por los aristotélicos, que polemizando contra el aristotelismo averroístico, querían mantenerse fieles a los textos de Aristóteles y de sus comentaristas antiguos, especialmente de Alejandro de Afrodisia. El campo de los aristotélicos, según Ficino, se dividía en dos sectas: la alejandrina y la averroística. "Los primeros, dice Ficino (In Piolín., proem.), consideran que nuestra inteligencia es mortal, los otros sostienen que es única en todos los hombres: unos y otros destruyen desde los cimientos toda religión, especialmente porque niegan la acción de la providencia divina sobre los hombres, y unos y otros son infieles a su mismo Aristóteles." El gran centro averroístico desde hacía tiempo era la Universidad de Padua (vol. I, § 312). Desde la primera mitad del siglo XIV hasta la mitad del XVII el averroísmo dominó en aquella Universidad; el año 1472 apareció en Padua la primera edición en latín de las obras de Averroes, que luego en el siglo XVI tuvieron muchas más ediciones. No obstante, entre los sostenedores del averroísmo se notan diferencias de doctrina muy notables y, sobre todo, frecuentes atenuaciones de las tesis que más directamente se oponen a la religión cristiana. Cuando, por obra de Pedro Pomponazzi, nace el alejandrinismo que intenta volver »_r. » interpretación de Aristóteles al antiguo comentario de Alejandro, el mismo averroísmo resulta modificado, y a menudo resulta difícil clasificar a cada uno de los pensadores aristotélicos en una u otra de las corrientes. En general, puede decirse que los averroístas tienden al panteísmo, porque consideran la inteligencia humana única e idéntica con la inteligencia divina. Mientras los alejandristas mantienen la trascendencia de Dios respecto al mundo. Unos y otros tienen en común los temas de su especulación, que son la inmortalidad del alma y la relación entre libertad humana y el orden necesario del mundo. Unos y otros se empeñan en afirmar el orden necesario del mundo y, por tanto, niegan el milagro y, en general, la intervención directa de Dios en los asuntos del mundo. El aristotelismo del Renacimiento tiende por ello a bosquejar una concepción del mundo fundada en un orden inmutable y necesario, y con esto pone el fundamento de una pura investigación natural. Alejandristas y averroístas recurren a menudo a la doctrina de la doble verdad: en el sentido ya explicado (§ 283) de admitir una oposición entre las conclusiones de la filosofía y las creencias de la fe, cuya reconciliación no creen posible realizar. Este punto de vista no tiene nada que ver con el de Averroes que afirmaba que la religión tenía por objeto la misma verdad de la fe, pero que la revestía de una forma que la hacía más apropiada a la guía y a la salvación de las multitudes. Es, más bien, al menos aparentemente, el registro de un conflicto entre filosofía y religión, razón y fe-, y como se excluye la solución del conflicto y se admite la verdad tanto del uno como del otro de ambos términos en contraste, se puede designar con la expresión "doctrina de la doble verdad". Naturalmente, no sabemos nada de la sinceridad con que cada pensador reconocía la "verdad" de la religión: las condenas, las retractaciones, los arrepentimientos hacen imposible una investigación sobre este punto que, por otra parte, sería ajena a un tratado histórico de filosofía. Todo lo que en este sentido se puede hacer consiste en precisar la actitud explícita de los filósofos y en declarar sus bases teóricas. La figura de Nicoletto Vernia (1420-99) que enseñó en Padua desde 1465 hasta su muerte, puede considerarse típica del averroísmo paduano del siglo XV. Conocido por su carácter despreocupado y alegre, Vernia defendió las tesis típicas del averroísmo suscitando la intervención del obispo de Padua que, en 1489, prohibió las discusiones sobre la unidad del entendimiento bajo pena de excomunión. Vernia se retractó de sus errores. Se han perdido sus obras más importantes, pero nos quedan algunos de sus escritos menores en los cuales la orientación naturalista de su averroísmo resulta evidente por la superioridad que atribuye a la filosofía natural respecto a la •metafísica y a la medicina frente a la jurisprudencia: esta última, según Vernia, está vinculada a las acciones particulares de los hombres, mientras la medicina atiende a la naturaleza, que es el reino de lo universal y de lo necesario. Alumno de Vernia fue Agustín Nifo, nacido en Sessa, Campania, el año 1473 y muerto el 1546; enseñó primero en Padua y luego en Pisa, Bolonia, Salerno y Roma. En su escrito De intellectu et daemombus sostuvo que no hay otras sustancias espirituales e inmortales fuera de las inteligencias motrices de los cielos. En 1495-97 publicó las obras de Averroes anotadas por él, y más tarde compuso un escrito con el De immortalitene animae de Pomponazzi, recurriendo a menudo a argumentos tomistas. En el campo de la moral, Nifo defendía una especie de sabiduría mundana, tomada de los escritores antiguos, que tenía como objeto el placer;y según los testimonios (o las murmuraciones) de los escritores contemporáneos, su conducta fue en todo conforme a esta orientación. Las doctrinas de Leonico Torneo, nacido en Venecia en el año 1446, muerto en Padua, donde enseñaba, en el año 1497, son una mezcla de platonismo y de aristotelismo. Torneo afirma que la oposición entre Platón y Aristóteles está más en su lenguaje que en su pensamiento y que la diversidad de las expresiones es debida al hecho de que Aristóteles usa, más que Platón, un lenguaje físico. De conformidad con este principio, intenta volver a encontrar en la misma doctrina de Aristóteles el fundamento de la demostración de la inmortalidad del alma dada por Platón (De immortalitate animae,' 1524). La demostración platónica se funda en el principio de que el alma se mueve por sí: como tal no puede ser destruida por sí misma, porque no puede faltarle el movimiento, ni por otro, porque su movimiento no depende de otro. Ahora bien, según Torneo, Aristóteles había negado que el alma se moviese por sí misma; pero sólo en el sentido del movimiento espacial, que tampoco le atribuía Platón. De la misma manera puede conciliarse la doctrina platónica de la reminiscencia con la aristotélica del alma como tabla rasa que recibe del exterior la sensación; en efecto, la expresión aristotélica se refiere al alma que aún no ha recibido la-sensación o que todavía no ha recordado los conocimientos que ya posee. Torneo considera que hay un alma del mundo, que todo lo anima y lo gobierna, y que es el principio del conocimiento humano. Esto lo reconocen también los peripatéticos, que admiten que nuestro espíritu está influido por el extenor; y la doctrina averroística de la unidad de la inteligencia no tiene otro sentido. Alejandro Aquilino fue llamado el "segundo Aristóteles" por su conocimiento de la filosofía aristotélica. Nació en Bolonia, fue profesor de filosofía y de medicina, primero en Padua y luego en Bolonia, donde murió el año 1512. Su obra principal son los Quodlibeta de intellieentns, pero fue también autor de escritos de anatomía y de medicina. El modo de proceder de Aquilino es un buen ejemplo de la "doctrina de la doble verdad" cuyo sentido específico se ha explicado con relación a los filósofos de este período. Aquilino ilustra y defiende con gran vigor todas las tesis típicas del averroísmo latino, a las que opone con parecido vigor las tesis tradicionales de la escolástica. Tal vez (y sin tal vez) su corazón está de parte de las primeras; pero declara explícitamente que, donde hace hablar al "filósofo" (es decir, a Aristóteles en la interpretación averroísta) no trata de hacer suyas aquellas conclusiones. Lo más probable es que sólo se trate de una escapatoria para hacer posible, sin peligro, la defensa y explicación del averroísmo. Y así, por un lado, dice que según Aristóteles, Dios mueve el mundo con necesidad y que el mundo es eterno; y, por otro lado, afirma que Dios mueve el mundo con un acto libre y que el propio mundo y las inteligencias motrices de los cielos han sido creados por Dios. Reconoce que Averroes tiene razón al afirmar que, según la doctrina de Aristóteles, hay un solo entendimiento posible en todos los hombres. En cambio, el entendimiento agente es Dios mismo; Aquilino lo llama intellectus qui est omnia faceré, y es considerado como la actividad divina que determina la intelección y por ende la felicidad del hombre. Una actitud parecida se observa en los escritos del napolitano Marco Antonio Zimara (muerto en 1532), también profesor de Padüa, el cual interpretaba la unidad del entendimiento sostenida por el averroísmo, como la unidad de los principios universales del conocimiento.

Fuente: Nicola Abbagnano

CAPITULO XVI EL AVERROISMO LATINO



CARÁCTER DEL AVERROISMO LATINO
El primer efecto de la introducción del aristotelismo en la escolástica cristiana es una clara delimitación de los campos respectivos de la razón y de la fe. La razón es el dominio de las verdades demostradas y, por lo mismo, de las demostraciones necesarias y de los principios evidentes que son fundamento de las mismas; la fe es el dominio de las verdades reveladas, carentes de necesidad demostrativa y de evidencia inmediata. Esta distinción se mantiene sólidamente en toda la historia ulterior del aristotelismo escolástico y de toda la escolástica. Sin embargo, la obra de Santo Tomás no se había detenido en el reconocimiento de esta distinción: más aún, había tenido la pretensión de avanzar más allá de la misma, estableciendo al mismo tiempo la imposibilidad de una oposición cualquiera entre los dos términos.
"Ya que sólo lo falso es contrario a lo verdadero, decía Santo Tomás, como resulta evidente de sus mismas definiciones, es imposible que la verdad de la fe sea contraria a aquellos principios que la razón conoce naturalmente" (Contra Gent., I, 7). Toda la doctrina tomista está organizada en orden a hacer imposible esta oposición: el principio de la analogía del ser, tal como lo presenta Santo Tomás, sirve precisamente para demostrar, por un lado, que la misma consideración del ser natural tiene necesidad de una integración sobrenatural y, por otro lado, sirve para situar tal integración en aquellas zonas del ser en que la capacidad demostrativa de la razón no puede llegar ni a la afirmación ni a la negación. Considérese como ejemplo el modo de tratar Santo Tomás el problema de la creación que vendría a ser, fuera del tomismo, uno de los puntos cruciales de la disputa escolástica: la creación es una verdad de razón, es decir, demostrable; en cambio, no se puede demostrar ni que haya ocurrido en el tiempo ni que esté fuera del tiempo, por lo que es lícito creer que haya ocurrido en el tiempo (§ 278).
El tomismo ha pretendido demostrar así la coincidencia de dos principios, el uno de genuina inspiración aristotélica, el otro expresivo de la posibilidad misma de la investigación escolástica: esto es, del principio por el cual "es imposible que sea falso lo contrario de una verdad demostrable" con el principio: es imposible que una verdad de fe sea contraria a la verdad demostrable".
Sin embargo, la no coincidencia de estos dos principios había sido la base del aristotelismo averroísta. El aristotelismo, o sea, la filosofía, había sido interpretado por Averroes (ciertamente en un sentido más conforme a su intención original) como no necesitado ni susceptible de integraciones no-demostrativas: en consecuencia, según Averroes, contenía todo lo que el filósofo debe creer (que coincide con lo que puede demostrar) y constituye la verdadera religión del filósofo, mientras que la religión revelada no es sino un modo aproximativo e imperfecto de acercarse a las mismas verdades para quien no es capaz del camino de la ciencia y de la demostración. Desde este punto de vista, no podía excluirse la posibilidad de una oposición entre las afirmaciones de la ciencia y las creencias de la fe: aunque no se tratara de una oposición entre dos verdades sino entre dos modos de expresar la misma verdad, uno de los cuales, él de la fe, bastante más imperfecto que el otro porque aun siendo adecuado a su fin práctico (dirigir las multitudes por el camino de la salvación) carece de la necesidad racional propia de la ciencia.
La expresión de "doctrina de la doble verdad", creada inmediatamente y que todavía se emplea con frecuencia, no es muy exacta con respecto a Averroes, a los averroístas y a cualquier otro punto de vista que admita la posibilidad de una oposición entre la razón y la fe: particularmente, para Averroes, la verdad es una sola. Pero, para los averroístas de los siglos XIV y XV, la expresión puede considerarse dotada de cierta verdad en el sentido de que con ella se designa toda situación que reconozca una oposición entre las conclusiones de la filosofía y las creencias de la fe y no se preocupe de eliminar-o conciliar tal oposición.
En la base del mismo y como inspiración fundamental de todo el averroísmo, está el concepto de la filosofía como ciencia rigurosamente demostrativa y de la felicidad del filósofo como coincidente con la posesión de dicha ciencia; pero también forma parte del mismo el concepto de que existen, además de esta ciencia y esta felicidad, una verdad y una felicidad diversas, dadas por la fe. De esta forma, el averroísmo podía llegar y llegó al reconocimiento explícito de puntos de oposición entre los dos dominios, sin ofrecer un principio dirimente de tales contrastes. Esta fue la situación en que se colocó aquella corriente que (desde Renán en adelante) se llama averroísmo latino-, corriente cuyo alcance nos lo han permitido conocer estudios y descubrimientos recientes, ya que las condenas teológicas a que el mismo se hallaba sometido, han impedido la difusión y publicación del material historiográfico en relación con ella. Forman parte de esta corriente Siger de Brabante, Boecio de Dacia, Bernier de Nivelles y Gosuino de la Chapelle; pero apenas se sabe nada de estos dos últimos.

CAPITULO XII LA POLEMICA ANTIARISTOTELICA



LAS VERSIONES LATINAS DE ARISTÓTELES
El siglo XIII señala el florecimiento de la escolástica. El intento de conducir la mente humana a comprender las verdades reveladas –alcanza éxitos crecientes, hasta llegar a la gran síntesis de Santo Tomás. Estos éxitos vienen condicionados por el enriquecimiento de la razón, en sus fuerzas v en su contenido problemático, merced a la obra de Aristóteles, que, a través de los musulmanes, fue redescubierta por la filosofía occidental.
Ya a mediados del siglo XII Raimundo, arzobispo de-Toledo de 1126 a 1151V, dirigió una escuela de traductores, a los cuales la escolástica del siglo siguiente debe mucho.
Juan Hispalense tradujo la Lógica de Avicena; Domingo Gundisalvo, arcediano de Segovia, en colaboración con Juan, tradujo la Física, el De coelo et mundo y los diez primeros libros de la Metafísica de Aristóteles-, y, además, la Metafísica de Avicena, la Filosofía de Algazel, el opúsculo Sobre las ciencias de Alfarabí y la Fons vitae de Ibn Gabirol.
Otro colaborador de la escuela de Toledo, Gerardo de Cremona (m. en 1187), tradujo la Física, el De Coelo, el De generatione y los primeros libros de los Meteorológicos del Estagirita; y, además, el Canon de Avicena, el Líber de causis y otras obras.
Miguel Scoto, natural de Escocia, o, según otros, de Salerno o Toledo, famoso como mago ("veramente, delle magiche frode seppe il giucco", dice Dante, /»/. XX, 116), autor de obras de astronomía y de alquimia, fue encargado por el emperador Federico II de Suabia de la traducción de las obras de Aristóteles. Tradujo la Historia animalium, el comentario de Averroes al De coelo y al De anima, y quizás al De generatione, a los Meteorológicos y. a los Parva naturalia. Hacia mediados del siglo XIII, Hermann el alemán, obispo de Astorga, tradujo el comentario medio de Averroes a la Etica a Nicómaco, y luego los de la Retórica y Poética.
Hacia el 1210 corría por París una versión de la Metafísica y en Padua se ha encontrado una traducción latina de esa obra, probablemente de fines del XII.
Hacia 1215, Alfredo Anglico tradujo del griego el De anima, el De somnio y el De respiratione. Entre 1240 y 1250, Roberto Grossetete (§ 253) traducía o nacía traducir las tres Eticas de Aristóteles. Y Bartolomé de Messina, en la corte del rey Manfredo de Sicilia, hacia 1260, tradujo la Gran Etica y otros opúsculos de Aristóteles.
Guillermo de Moerbeke, nacido hacia 1215,' proporcionó a Santo Tomás la traducción del griego de varios textos. Tradujo la Política y h Economía de Aristóteles; los Comentarios de Simplicio a las Categorías y al De coelo-, los Elementos de Teología y otras obritas de Proclo. La versión de los Elementos permitió que Santo Tomás se diera cuenta de que eran el original del Líber de causis, ya traducido por Gerardo de Cremona.
Todo este trabajo de traducción revela el profundo interés que despertaba la doctrina del Estagirita, que la escolástica del siglo XIII acabó por considerar la más perfecta expresión de la razón humana, y, por consiguiente, el mejor camino para llegar a las verdades reveladas. Pero precisamente por el hecho de ser la obra de Aristóteles expresión perfecta de la razón, en su completa autonomía e independencia de cualquier presupuesto de la fe, debía suscitar y, en efecto, suscitó, oposición y desconfianza, y pareció a primera vista inconciliable con el dogma católico.
Por ello, el siglo XIII nos muestra las primeras tentativas de acercarse al aristotelismo, así como reacciones contra él; luego vendrá el equilibrio de la síntesis tomista.

GUILLERMO DE AUVERNIA
El primer contacto de la escolástica latina con la doctrina del Estagirita tuvo lugar por medio del aristotelismo árabe. El conocimiento directo de los textos, aristotélicos es aún demasiado escaso e inseguro para poder diferenciar el aristotelismo auténtico de las adiciones interpretativas de los musulmanes; por otra parte, son precisamente estas adiciones las que acercan el aristotelismo a la mentalidad de los escolásticos y al problema que les absorbe, porque, en buena parte, son fruto del intento de llevar al aristotelismo a responder a los problemas de la fe musulmana, que, en ciertos puntos fundamentales (existencia y espiritualidad de Dios, creación, inmortalidad del alma) coincide con la cristiana.
El primer escolástico que toma posición ante el aristotelismo es Guillermo de Auvernia. Nacido en Aurillac, probablemente antes de 1180, enseñó teología en la Universidad de París; y de 1228 hasta su muerte (1249) fue obispo de París. Su principal obra es el Magisterium divínale, en siete partes, siendo las de mayor importancia filosófica: De trinitate (escrita entre 1223 y 1228), De universo y De ánima (redactado entre 1231 y 1236). La posición de Guillermo es polémica: quiere combatir "los errores de Aristóteles y de los filósofos que siguen su doctrina"; pero, en realidad, tiene presente sobre todo a Avicena, del que depende directa y polémicamente. Depende directamente de él porque se apropia la distinción fundamental de Avicena entre ser necesario y ser posible; depende polémicamente por transformar esta distinción en oposición, con lo que puede defender la no necesidad del mundo, y por consiguiente, la creación.
En esta polémica se ve obligado naturalmente a utilizar la obra de Maimónides, en la que dominaba la misma preocupación fundamental.
Guillermo empieza por distinguir una doble predicación: una secundum essentiam y otra secundum partecipationem. Todo predicado aplicado a una cosa o es esencial a ella o resulta exterior a la esencia de la cosa que de él participa. La predicación por participación presupone la esencial. Si decimos, por ejemplo, que una cosa es buena porque participa de otra, y ésta a su vez también es buena por participación, se empieza un proceso infinito que sólo podrá evitarse admitiendo un ser que sea bueno por esencia (De Trin., I). Ahora bien: cuando atribuimos el ser a las cosas finitas, nacemos una predicación por participación, que presupone una predicación por esencia: es decir, suponemos un ser que es ser por esencia y que, por lo tanto, es imposible pensar que no exista. A estos dos tipos de predicado corresponden también dos modos fundamentales del ser: el Ser por esencia, que incluye la existencia en su quididad o sustancia; y el ser no por esencia, cuya quididad o sustancia no incluye la existencia. El Ser por esencia no tiene causa y es simple, porque carece de composición. El ser no por esencia recibe la existencia del exterior y precisamente del Ser por esencia, y, por consiguiente, está compuesto de quididad o sustancia y de la existencia que se le atribuye desde fuera. Estos conceptos, que proceden de Avicena, son aclarados por Guillermo con los mismos términos que Avicena: el ser por esencia es el ser necesario, el ser por participación es el ser posible o potencial (De Trin., 7). En este punto Guillermo deja a Avicena y se acerca a Maimónides. Avicena creía que no había oposición entre el ser necesario y el ser posible: el ser posible es en realidad necesario per altro; no puede conseguir la existencia en acto si no es convirtiéndose ipso facto en necesario. Guillermo, en cambio, opone netamente el ser necesario al ser posible. "Procederé por distinto camino y te diré por qué el ser necesario per se y el ser posible per se son contrarios. Del mismo modo son contrarios la necesidad in se y la posibilidad in se, así como la antigüedad y la novedad.
Al igual que la necesidad in se es causa de la eternidad o antigüedad, la posibilidad in se será la causa de la novedad o temporalidad; y dado que la necesidad in se sólo se halla en el Creador, también sólo en Él se halla la eternidad o antigüedad. Aún más.- dado que necesidad in se no soporta la novedad o temporalidad en el ser en que se halla, es necesario que la posibilidad in se no soporte la eternidad en su propio sustrato. Por ello es imposible que ninguna de las cosas creadas sea eterna" (De Univ., I, 2). Por lo tanto, el primer resultado de esta contraposición del ser necesario y del ser posible es negar la eternidad del mundo y afirmar la necesidad del acto creador. Posibilidad, en el ser participado, significa temporalidad, novedad por consiguiente, creación. Con ello, Guillermo introduce por vez primera en la escolástica la distinción real entre la esencia y la existencia de las cosas creadas, que había de convertirse en el centro de la metafísica de Santo Tomás. "Puesto que el ente posible no es el ente por esencia, él y su ser, que no le pertenece por esencia, son dos realidades distintas y una (el ser) sobreviene a la otra (la esencia), pero no está incluida en su razón o quididad" (De Trin., Ì). De donde se deduce que las cosas creadas están compuestas realmente de esencia y de existencia, y su existencia les viene de PÍOS por participación. El ser de las cosas creadas y el ser de Dios no son idénticos ni diferentes, sino análogos-, en cierto modo se asemejan y corresponden, sin tener el mismo significado (Ibid., 7). También este principio de la analogía del ser hallará su aplicación sistemática en la metafísica de Santo Tomás.
La creación supone que Dios tenga en sí mismo modelos o ejemplares de las cosas creadas: estos modelos no constituyen un mundo aparte, como quería Platón, sino que son la misma Sabiduría o Verbo, que desde la eternidad ha sido engendrado por Dios (De Univ., I, 36, 37). De este modo el platonismo quedaba enlazado a la especulación del aristotelismo musulmán y este último podía ponerse de acuerdo con la fe cristiana. El Verbo divino da directamente al nombre los conocimientos fundamentales o primeros principios que Guillermo denomina prima intellegibilia, primae impressione*, dtgnitates et communes animarum concepciones, etc. Estos primeros principios se ofrecen al alma humana como si fueran innatos o naturalmente infusos en ella (De an., V, 15); y, en efecto, no vienen del exterior, sino del interior, y no sólo son las reglas fundamentales de la verdad, sino también las del recto proceder, es decir, de la honradez (Ibid.,VII, 6). Mediante esta iluminación interior, que es otro injerto del agustinismo, Guillermo cree que la acción del entendimiento agente es inútil. Si los primeros principios le son comunicados al hombre directamente por la Sabiduría divina, los demás conocimientos inteligibles proceden directamente de la realidad inteligible, sin intervención de ninguna potencia intermedia. "Entre los sentidos y las cosas sensibles no es necesaria ninguna fuerza intermedia que actúe sobre los sentidos y haga que los conocimientos sensibles, que subsisten potencialmente en los órganos de los sentidos, pasen a acto; para ello bastan los objetos sensibles que están fuera del alma.
Entonces, ¿para qué sería necesaria una potencia intermedia en el conocimiento intelectual, como si al intelecto no le bastara, para aprehender las realidades inteligibles, la acción de estas realidades? “(Ibid., VII, 4). Por lo tanto, el entendimiento agente es una ficción inútil. En cambio, el intelecto material es la verdadera esencia del alma; pero no sólo es potencia receptiva, sino también activa y, con ella y con los objetos inteligibles, se puede explicar todo el conocimiento intelectual del hombre (Ibid., V, 6).
Entre los escritos de Guillermo figura una refundición de un tratado Acerca de la inmortalidad del alma de Domingo Gundisalvo, arzobispo de Segovia, muy conocido como traductor (§ 252). El opúsculo procede en su totalidad de fuentes musulmanas, de las que toma las pruebas de la inmortalidad: independencia de la actividad intelectual respecto al cuerpo; naturaleza del alma como forma inmaterial y aspiración del alma intelectiva a la felicidad; posición intermedia del alma entre los espíritus puros y el alma de las plantas y de los animales-, independencia del alma de todo factor destructor; carencia de un órgano corporal del alma intelectiva; relación del alma con el origen de la vida/ El opúsculo, poco original, ha tenido cierta importancia histórica en la escolástica; en él se han inspirado, entre otros, San Buenaventura y San Alberto Magno.