Mostrando entradas con la etiqueta Fe. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Fe. Mostrar todas las entradas

CAPITULO XX JUAN DUNS ESCOTO




"DOCTOR SUBTILIS"
Después de Santo Tomás, el otro cambio de dirección de la escolástica se debe a Duns Escoto. Se trata de un cambio decisivo, que debía conducir rápidamente a la escolástica al fin de su ciclo y al desgaste de su función histórica. También este cambio de rumbo fue determinado por el aristotelismo; pero el aristotelismo es aquí el espíritu de un sistema, no un sistema.
Para Santo Tomás, el aristotelismo es una doctrina que es menester corregir y reformar. Para Duns Escoto, es el filosofar, que es menester reconocer y hacer valer en todo su rigor para circunscribir en sus justos límites el dominio de la ciencia humana.
Para Santo Tomás, se trata de hacer servir el aristotelismo para la explicación de la fe católica. Para Duns Escoto se trata de hacerlo valer como principio que restringe la fe a su dominio propio, que es el práctico. El ideal de una ciencia absolutamente necesaria, esto es, enteramente fundada en la demostración, y el procedimiento crítico, analítico y dubitativo, constituyen la expresión de la fidelidad de Duns al espíritu del aristotelismo. El apelativo que Duns tuvo por parte de sus contemporáneos, Doctor subtilis, expresa sólo el carácter exterior de su filosofar: la tendencia a distinguir y subdistinguir, la insatisfacción analítica que busca la claridad en la enumeración completa de las alternativas posibles. Pero el centro de su personalidad filosófica es la aspiración hacia una ciencia racional necesaria y autónoma y la cautela crítica que se deriva de esta aspiración. La relación entre Duns y Santo Tomás ha sido comparada a la relación entre Kant y Leibniz: Santo Tomás y Leibniz serían dogmáticos; Duns Escoto y Kant serían críticos. La aproximación, desenfocada como todas las comparaciones que se nacen entre personalidades distantes en el tiempo, puede ser verdadera en cuanto que Duns intenta, como Kant, fundar el valor del conocimiento científico en el reconocimiento de sus límites y el valor de la fe en su diversidad de naturaleza respecto a la ciencia. Por esto Duns no se ha preocupado de hacer una obra sistemática y no ha compuesto ninguna Summa ; se ha preocupado solamente de hacer valer su alto ideal de la ciencia como criterio para la discusión de los problemas filosóficos y teológicos de su tiempo, para determinar la parte que en los mismos corresponde exactamente a la ciencia y la parte que corresponde a la fe, para circunscribir a la fe en un dominio diferente, que es el práctico, y para asignar tal dominio a la teología, colocada en el rango de una ciencia sui generis, diferente de las demás y sin ninguna primacía sobre las otras.
El llamado primado de la voluntad significa, en la obra de Duns, solamente esto: todo lo que no es susceptible de un riguroso procedimiento demostrativo pertenece al dominio de un factor contingente, arbitrario y libre, esto es, al dominio de la voluntad humana o divina. El primado de la voluntad no es en él, como en Enrique de Gante, un principio psicológico, sino metodológico y metafísico. Su agustinismo (aunque del agustinismo se aleja en los puntos fundamentales, entre ellos el de la iluminación divina) es puramente ocasional, como revela su carácter limitado y parcial. De aquí el aspecto desconcertante de que su figura se ha revestido muy frecuentemente entre sus contemporáneos y posteriores. En realidad él ha hecho valer, por vez primera, el ideal científico de Aristóteles como principio negativo y limitativo con relación a la investigación escolástica que tiende a volver a llevar la fe a la razón.

CIENCIA Y FE
El De primo principio comienza con una oración a Dios, que es al mismo tiempo la profesión del ideal científico de Duns. "Tú eres el verdadero ser, Tú eres todo el ser; esto creo yo, esto, si me fuera posible, quisiera conocer. Ayúdame, oh Señor, a buscar este conocimiento del verdadero Ser, esto es, Tú mismo, que nuestra razón natural puede alcanzar" (1, n. 1). Duns no pide a Dios una iluminación sobrenatural, un conocimiento completo en verdad y en extensión, sino solamente aquel conocimiento que es propio de la razón humana natural.
Aun dentro de sus límites, este conocimiento es el único posible, la única ciencia para el hombre. "Además de los atributos que demuestran de Ti los filósofos, sobre todo, los católicos, te alaban como omnipotente, inmenso, omnipresente, verdadero, justo y misericordioso, providente para todas las criaturas y especialmente para las inteligentes. Pero de estos atributos hablaré en otro tratado, en el cual se expondrán los objetos de la fe (credibilia) a los cuales se da el asentimiento de la razón y que con todo son, para los católicos, tanto más ciertos cuanto se fundan, no sobre nuestro entendimiento miope y vacilante, sino sobre tu solidísima verdad" (4, n. 37). Aquí el contraste es evidente entre la verdad racional de la metafísica, que es propia de la razón humana y, por tanto, válida para todos los hombres, y la verdad de la fe, a la cual la razón puede solamente someterse y que tiene una certeza solidísima solamente para los católicos. Y, de hecho, la fe no tiene nada que ver con la ciencia, según Duns: pertenece enteramente al dominio práctico. "La fe no es un hábito especulativo, ni el creer es un acto especulativo, ni la visión que sigue al creer es una visión especulativa, sino práctica" (Opus ox., prólogo, q. 3).
Todo lo que traspasa los límites de la razón humana no es ya ciencia, sino acción o conocimiento práctico, según Duns Escoto: concierne al fin al que el hombre debe tender o a los medios para conseguirlo o las normas que, en vista del mismo, se siguen, no a la ciencia. ¿Por qué la revelación fue necesaria para los hombres? Porque, responde Escoto, el hombre no puede darse cuenta con la razón natural del fin al cual está destinado ni de los medios para conseguirlo. Que el hombre esté destinado a ver y gozar de Dios, es cosa que él no puede saber sino por la revelación (Opus ox., pról., q.1 n. 7). Y ¿por qué no puede saberlo por la razón natural? Porque no hay conexión necesaria entre el fin sobrenatural del hombre y la naturaleza humana, como nos consta que es en esta vida (Ibid., pról., q. 1, n. 11).
'Evidentemente, se trata de un fin que Dios ha querido libremente asignar al hombre, que no se relaciona necesariamente con la naturaleza del hombre y por esto no puede ser demostrado como propio de tal naturaleza, en cuanto que la demostración supondría la necesidad del mismo. Los límites que Duns descubre para el conocimiento humano no son accidentales para el conocimiento mismo, sino constitutivos. El hombre no puede conocer demostrativamente lo que Dios ha decidido en virtud de su albedrío y que, por consiguiente, no lleva ningún rasgo de aquella necesidad que hace posible el conocimiento demostrativo. El principio que mueve toda la crítica de Duns es el que él expresa a propósito de la imposibilidad de demostrar que a nuestros actos meritorios siga el premio divino. Esto es imposible de saber, porque el acto remunerativo de Dios es libre. "Esto no es cognoscible naturalmente, dice, y de aquí resulta que los filósofos se equivocan cuando afirman que todo lo que procede inmediatamente de Dios, se deriva de El de un modo necesario" (Ibid., pról., q. 1, n. 8).
De esto nace la separación y la antítesis que dominan todo el pensamiento de Duns, entre lo teorético y lo práctico. Lo teorético es el dominio de la necesidad, por tanto, de la demostración racional y de la ciencia. Lo práctico es el dominio de la libertad, por consiguiente, de la imposibilidad de cualquier demostración y de la fe.
La metafísica es la ciencia teorética por excelencia-, la teología es por excelencia la ciencia práctica. El objeto de la teología, de hecho no es ahuyentar la ignorancia, sino persuadir al hombre a obrar para su propia salvación. Su fin es, en otras palabras, no teorético, sino educativo. Repite frecuentemente sus enseñanzas para que el hombre sea inducido más eficazmente a ponerlas en práctica (Ibid., pról., q. 4, n. 42). Si por conocimiento práctico se entiende la que condiciona necesariamente y precede al querer recto, toda la teología debe ser reconocida como conocimiento práctico, porque condiciona y determina la voluntad y la recta acción del nombre. Aun aquellas verdades que aparentemente no se refieren a la acción, por ejemplo: "Dios es trino" y "el Padre engendra al Hijo", son, en realidad, prácticas. De hecho, la primera incluye virtualmente el conocimiento del recto amor que el hombre debe a Dios, amor que debe dirigirse a las tres personas divinas; de donde sí se dirigiese a una sola de ellas, excluyendo a las otras (como acontece precisamente en el infiel), no sería el recto amor de Dios. La segunda afirmación incluye el conocimiento de la regla por la cual el amor del hombre debe dirigirse hacia el Padre y el Hijo, según la relación que ella determina precisamente entre ellos (Ibid., pról., q. 4, n. 31).
Por su carácter práctico, la teología no puede llamarse ciencia en sentido propio: sus principios no dependen, en efecto, de la evidencia de su objeto (Ibid., III, d. 24, q. 1, n. 13). Pero si se quiere considerarla como ciencia, es menester hacerle un sitio especial, ya que no está subordinada a ninguna ciencia y ninguna otra ciencia está subordinada a ella. Aunque su objeto pueda de alguna manera ser incluido en el objeto de la metafísica, sin embargo, no recibe sus principios de la metafísica, porque ninguna proposición teológica es demostrable mediante los principios del ser en cuanto tal (que es el objeto de la metafísica), o mediante alguna razón tomada de la naturaleza del ser en cuanto tal. Además, no subordina ninguna otra ciencia a sí misma, porque ninguna otra ciencia recibe sus principios de ella. "Cualquiera otra ciencia, que pertenezca al conocimiento natural, tiene su último fundamento en principios inmediata y naturalmente evidentes"(Rep. Par., pról., q. 3, n. 4).
Frente al carácter práctico de la teología, que por esto sólo impropiamente y en un sentido especial es ciencia, destaca el carácter teorético de la metafísica, que es ciencia en el más alto sentido. "Son por excelencia objeto de ciencia o las cosas que se conocen antes que todas las demás y sin las cuales las otras no pueden ser conocidas, o las que se conocen con la máxima certeza. El objeto de la metafísica posee en el máximo grado este doble carácter: la metafísica es, por consiguiente, ciencia en el máximo grado" (Quaest. In Met., pról., n. 5; Opus oxoniense, I, d. 3, n. 25).
Duns Escoto ha tomado de Aristóteles y de sus intérpretes árabes el ideal de una ciencia necesaria, fundada enteramente en los principios evidentes y en demostraciones racionales. Pero es el primero que se sirve de este principio para restringir y limitar el dominio del conocimiento humano. Su alto concepto de la ciencia se une en él con el reconocimiento de los límites rigurosos de la ciencia humana. Lo que no es demostrable no es necesario, sino contingente, y por esto arbitrario o práctico. Puesto que el único dominio de lo contingente es la acción, lo que no es necesario es término o producto de la acción humana o divina, o bien regla de acción, esto es, fe.
No hay verdaderamente una postura de escepticismo o agnosticismo en Duns Escoto. El no concibe que el conocimiento humano pueda extenderse más allá de los límites a los cuales efectivamente se extiende. Lo que se sustrae a él está en verdad falto de necesidad intrínseca y, por tanto, es indemostrable en sí y absolutamente. No hay en él ninguna renuncia al conocimiento, más aun, su ideal cognoscitivo queda ante él sólidamente establecido. Con todo, una vez admitida la doctrina de que lo que no es demostrable racionalmente es un puro objeto de fe, esto es, regla práctica sin fundamento necesario, la investigación escolástica que desde nacía siglos renovaba su intento de reducir a un todo compacto de doctrina lógica las verdades de la fe, debía aparecer quimérica. Ya las obras apócrifas o probablemente apócrifas de Duns, por ejemplo, los Tbeoremata, presentan un impresionante aumento del número de las proposiciones indemostrables, que entran como tales a formar parte del dominio práctico de la fe. No se puede demostrar que Dios vive (Theor., XIV, n. 1); que es sabio o inteligente (Ibid., n. 2); que está dotado de voluntad (Ibid., n. 3); que es la primera causa eficiente (Ibid., XV); que es necesario para la conservación de la naturaleza creada (Ibid., XVI, n. 5); que coopera con las criaturas en su actividad (Ibid., n. 6); que es inmutable e inmóvil (Ibid., n. 11, 13); que carece de magnitud y de accidentes (Ibid., n. 14-16); que es infinito en el sentido de la potencia (Ibid., n. 17). Escoto considera imposible demostrar todos los atributos de Dios, y aun, como veremos, la inmortalidad del alma humana. Con esto la certeza de estas proposiciones se convierte en certeza práctica, esto es, fundada exclusivamente en su libre aceptación por parte del hombre. El ideal aristotélico de la ciencia demostrativa lleva aquí a rechazar definitivamente fuera del ámbito de la investigación filosófica fundamentos básicos de la religión católica. La escolástica se encamina a vaciar de todo contenido su problema central.

CONOCIMIENTO INTUITIVO Y DOCTRINA DE LA SUSTANCIA
La doctrina del conocimiento de Escoto está fundamentalmente inspirada en Aristóteles. En ella domina el concepto aristotélico de abstracción, más aún, la abstracción se convierte en una forma fundamental del conocimiento, en el mismo conocimiento científico.
Tal es el significado de la distinción entre conocimiento intuitivo y conocimiento abstractivo-."Puede haber, dice Escoto (Op. ox., II, d. 3, q. 9, n. 6), un conocimiento del objeto que abstrae de su existencia actual y puede haber un conocimiento del objeto en cuanto existe y en cuanto está presente en su existencia actual". La ciencia es conocimiento de las quididades; abstrae de la existencia actual de su objeto, de lo contrario existiría o no, según la existencia o la no-existencia del objeto, y así no sería perpetua, sino que seguiría el nacimiento y la muerte del objeto. Por otra parte, si el sentido conoce el objeto en su existencia actual, debe también conocerlo de la misma manera el entendimiento, que es una potencia cognoscitiva más elevada. Duns llama abstracción al primer conocimiento, porque abstrae de la existencia o no-existencia actual del objeto; intuitiva a la segunda, por cuanto nos pone directamente en presencia del objeto existente y nos lo hace ver como es en sí mismo. "Intuitivo" no se opone a "discursivo", no significa el conocimiento inmediato, que se opone al procedimiento indirecto de la razón, sino que designa la presencialidad del objeto que se tiene en el ver (intueri).
Duns Escoto se ha servido, pues, del concepto aristotélico de abstracción para determinar los dos grados fundamentales del conocimiento independientemente de la distinción tradicional de sensibilidad y razón.
El conocimiento abstractivo es el conocimiento de la quididad, esto es, de la esencia lógica de las cosas y es propio de la ciencia.
 El  conocimiento intuitivo, que no es propio solamente de la sensibilidad, sino que pertenece también al entendimiento, es el conocimiento de la existencia como tal, de la realidad, en cuanto ser o presencia real. Se trata de dos formas o grados del conocimiento que no corresponden a dos órganos o facultades diversas (como la sensibilidad y el entendimiento), porque pueden ser y son de un solo órgano y precisamente del entendimiento. Es, en efecto, evidente que a los sentidos se da el conocimiento intuitivo, pero no el abstractivo; mientras que al entendimiento pertenecen ambos conocimientos.
Ahora bien, sobre la doble función intuitiva y abstractiva del conocimiento intelectual se funda toda la metafísica de Duns. Es ésta la parte más sutil y original de todo el sistema escotista, y consiste esencialmente en la interpretación de la teoría aristotélica de sustancia. La sustancia aristotélica, como causa o principio del ser en cuanto tal, es también el fundamento de toda inteligibilidad y de toda realidad. Es, al mismo tiempo, la esencia del ser y el ser de la esencia; la naturaleza racional de la realidad y su existencia necesaria (§ 73). Explícitamente, Duns Escoto se atiene a esta doctrina, a través de la interpretación de Avicena (Op. ox., II, d. 3, q. 1, n. 7). Puesto que en la realidad terna no existen más que cosas individuales y que el universal no subsiste como tal más que en el entendimiento, Duns Escoto se preocupa por encontrar el fundamento común de la individualidad de la cosa externa, y de la universalidad de la cosa pensada en una quididad o sustancia de tipo aristotélico. De hecho, aunque en la realidad no existan más que cosas individuales, debe existir entre ellas una sustancia o naturaleza común. En cualquier género de cosas hay una unidad primera que sirve de medida a todas las cosas que pertenecen al género. Tal unidad es unidad real, porque es medida de cosas reales, pero no es unidad numérica, porque no se añade al número de los individuos que componen el género. Por ejemplo, la naturaleza humana es la medida y el fundamento de todos los individuos que pertenecen al género hombre y constituyen su unidad; pero no existe una unidad numérica que, de lo contrario, se añadiría como otra realidad individual al número de los individuos humanos. Esta unidad no numérica o, como dice Escoto, menor que la unidad numérica, es la unidad de sustancia o quididad del hombre, el quod quid erat esse o la esencia sustancial de Aristóteles, es decir, la naturaleza común.
Esta sustancia o naturaleza común es al mismo tiempo fundamento de la realidad de los individuos y de la universalidad del concepto. No es, pues, en su parte, individual ni universal, y más bien es indiferente por sí misma a individualidad y a la universalidad. "Ella, dice Escoto (Op. ox., II, d. 3, q.1, n. 7), no es de por sí única con una unidad numérica, ni múltiple con una multiplicidad opuesta a esta unidad; no es universal en acto, a la manera como el universal está en el entendimiento; ni es en sí particular. Aunque no exista nunca realmente sin alguna de estas determinaciones, no es, sin embargo, ninguna de ellas, sino que las precede naturalmente a todas y por esta prioridad suya natural es el quod quid est (la sustancia en el sentido aristotélico), que es por sí objeto del entendimiento y por sí es considerada por el metafísico y expresada por la definición." Esta naturaleza común no solamente es por sí indiferente a la universalidad que recibe en el entendimiento, y a la singularidad que recibe en la realidad, sino que su mismo ser en el entendimiento no tiene necesariamente un carácter universal. Aunque no pueda ser entendida por el entendimiento si no es en su universalidad, la universalidad se le añade como primera determinación, en cuanto es objeto; de la misma manera en la realidad externa se le añade la singularidad que hace de ella una realidad individual, aunque por sí sea anterior a la determinación que la contrae a un solo individuo. Por su idéntica indiferencia a la universalidad y a la singularidad, no repugna a la una ni a la otra; puede adquirir, como objeto del entendimiento, aquella universalidad que hace de ella una realidad inteligible y como realidad física aquella individualidad que hace de ella una realidad externa al alma (Ibid. ;
Rep. Par., II, d. 12, q. 6, n. 11). Ahora bien, esta naturaleza común, que es el fundamento de toda realidad, sea en el entendimiento, sea fuera del entendimiento, es objeto del conocimiento intuitivo. Se revela aquí la función que Duns Escoto atribuye a esta forma del conocimiento. Puesto que el conocimiento intelectual abstractivo es evidentemente el del universal, y puesto que la naturaleza común es anterior a la universalidad así como a la singularidad que es percibida por el sentido, no habría posibilidad de conocerla si el entendimiento no tuviese la función intuitiva que le hace recibir en su realidad la sustancia última de las cosas (Op. ox., III, d. 14, q., n. 4).
Reconocida así en la naturaleza común y en su unidad "menor que la unidad numérica" la sustancia metafísica del universo, la estructura última común al mundo sensible y al mundo inteligible, Escoto se propone el problema de ver cómo ella da ocasión precisamente, por una parte, a la universalidad, que es objeto del entendimiento y, por otra, a la singularidad, que es el carácter de las cosas existentes. Se encuentra, pues, ante el problema de la individuación, por un lado y, por otro, ante el problema de la universalización. Por lo que se refiere al principio de individuación, Duns Escoto niega que consista en la materia o en la forma. La materia es el fundamento indistinto e indeterminado de la realidad; no puede ser, por tanto, principio de la distinción y de la diversidad (Ibid., II, a. 3, q. 5, n. 1).
Tampoco puede serlo la forma, porque ésta no es otra realidad que la sustancia o naturaleza común que precede tanto a la universalidad como a la singularidad y es, por consiguiente, indiferente a la una y a la otra La individualidad consiste, según Escoto, en una "última realidad del ente", la cual determina y contrae la naturaleza común a la individualidad, ad ese bañe rem. Esta última realidad del ente, este principio que contrae y limita, que restringe y define la naturaleza común indiferente dentro de los límites en un individuo determinado, fue llamado por Duns Escoto, o por algún discípulo inmediato, haecceitas. El vocablo, que no se encuentra en el Opus oxoniense, se halla, en cambio, en Reportata parisiensia (II, d. 12, q. 5, n. 1, 8, 13. 14). Indica la determinación última y completa de la materia, de la forma y de su compuesto. Esta determinación es una determinación real, que se añade realmente a la sustancia que constituye la naturaleza común de todos los individuos, pero no es una realidad diversa numéricamente de ella.
La naturaleza común y la baecceitas no son dos realidades, dos cosas numéricamente distintas, aunque sean realmente distintas. Duns introduce aquí un tipo de distinción que excluye la separación y la diversidad numérica de los términos distintos, aunque no sea una pura distinción de razón, sino una distinción real. Tal es la distinción formal, que él sostiene que existe entre la naturaleza y la entidad de un ser cualquiera: entendiendo por naturaleza la sustancia común indiferente y por entidad la completa realización del individuó como tal (Op. ox., II, d. 3, q. 6, n. 15). Esta solución del problema de la individuación implica el reconocimiento en el individuo de un valor metafísico que la tradición escolástica no le había nunca atribuido. La individualidad es la última perfección de la sustancia metafísica; constituye la plenitud final de tal sustancia, su plena actualidad.
El otro problema fundamental de la metafísica de Duns Escoto es el que se refiere a la universalización de la sustancia común en el entendimiento.
Esta universalización se realiza por medio de la especie inteligible. La especie es necesariamente exigida por el conocimiento intelectual, porque es el objeto de tal conocimiento. De hecho, si la imagen (phantasma) es el objeto del conocimiento sensible y representa la realidad bajo el aspecto de la singularidad, es necesario que el conocimiento intelectual tenga un objeto diverso, que represente la realidad bajo el aspecto de la universalidad: este objeto es la especie. Ahora bien, la especie no es creada por el entendimiento, aunque la actividad del entendimiento sea la única causa del conocimiento. La especie es, por su naturaleza, y no por obra del entendimiento, el objeto adecuado del mismo entendimiento; éste, por tanto, es a este respecto, no sólo activo, sino receptivo. El entendimiento y la especie concurren a la vez en determinar el conocimiento como el padre y la madre en la generación de la prole (Ibid., I, d. 3, q. 7, n. 2, 3, 20). El primer conocimiento confuso del entendimiento es el de la especie especialísima, esto es, de la especie menos universal y más individualizada; por tanto, la más próxima a la imagen sensible. Pero el primer conocimiento distinto del entendimiento es, en cambio, el más universal, el del ser. Este concepto está incluido en todos los otros conceptos más restringidos: por tanto, todos los demás lo presuponen y no pueden ser concebidos distintamente (esto es, definidos) si en ellos no está comprendido distintamente el concepto del ser. La metafísica, que tiene por objeto precisamente este concepto, es la ciencia que todas las otras presuponen y condiciona y hace posibles los principios en los cuales se fundan (Ibid., I, d. 3, q. 2, n. 22-25).

EL SER Y DIOS
Las tesis de la doctrina de Duns Escoto expuestas hasta ahora, son el resultado de una investigación que se esfuerza por mantenerse dentro del espíritu del aristotelismo.
Como Aristóteles, Duns Escoto ha situado la metafísica por encima de todas las ciencias, como condición y fundamento de las mismas. Como Aristóteles, ha entendido la metafísica como una teoría del ser en cuanto ser. Como Aristóteles, ha desarrollado esta ciencia como una teoría de la sustancia, que no se puede entender si no es con referencia a la clásica exposición del libro VII de la Metafísica. Su teoría del universal es en realidad la teoría de la sustancia como una pura estructura ontológica, que es al mismo tiempo fundamento de la universalidad lógica y de la individualidad natural.
La fidelidad al espíritu del aristotelismo conduce a Duns Escoto a otro de los rasgos característicos de su doctrina: la afirmación de la univocidad del ser, en decidida oposición polémica con Santo Tomás. El concepto del ser, que es el objeto propio de la metafísica, es, como se ha visto, el concepto primero y fundamental. Está más allá de todas las categorías y de todas las determinaciones genéricas, esto es, no entra en ninguna categoría ni en ningún género; como tal, es trascendente (Op. ox., II, d. 1, q. 4, n. 26). La noción de ser es común a todas las cosas existentes, común, por tanto, a las criaturas y a Dios. Es noción unívoca, no análoga; y Duns se detiene a mostrar las consecuencias imposibles que derivan de admitir su analogía. Su argumento fundamental es que, si no se admite un significado del ser, común a Dios y a las criaturas, es imposible conocer nada de Dios y es también imposible determinar ninguno de sus atributos, partiendo por vía causal de las criaturas.
De hecho, así como no se podría conocer nada de la sustancia que nos es conocida sólo a través de sus accidentes sensibles, si no hubiese un concepto común a aquélla y a estos accidentes, que es precisamente el concepto del ser, así no se podría conocer nada de Dios, salvo que fuese un concepto común a Dios y a las criaturas; y no puede haber otro concepto tal, más que el de ser (Ibid., I, d. 3, q. 3, n. 9). No se podría, por ejemplo y ascender de la sabiduría que nosotros aprehendemos en las criaturas, hasta la sabiduría de Dios, porque ésta no tendría con aquélla nada común; y sería lo mismo afirmar que Dios es una piedra, porque entre la piedra creada y la predicada de Dios no habría relación menor que la que hay entre la sabiduría creada y la sabiduría divina (Ibid., I, d. 3, q. 2, n. 10).
A la analogía de proporcionalidad, afirmada por Santo Tomás, Duns Escoto objeta que esta analogía confirma precisamente la imposibilidad de afirmar analógicamente cualquier atributo de Dios partiendo de las criaturas, ya que en virtud de esta analogía no se puede afirmar que Dios posea aquella perfección que se encuentra en las criaturas, sino sólo que es la causa de ella.
Ahora bien, que Dios sea causa de una perfección creada, no implica que Dios tenga un atributo semejante a esta perfección, a menos que no se admita una semejanza entre el atributo divino y la perfección creada, semejanza que puede justificarse solamente admitiendo un concepto común a Dios y a las criaturas, concepto al que no se puede llegar ciertamente ascendiendo por la vía causal de las criaturas a Dios (Ibid., I, d. 8, q. 3, n.
10). Por otra parte, el que el ser deba atribuirse unívocamente a Dios y a las criaturas, no excluye su diversidad: Dios y la criatura son diversos en su realidad respectiva, que no tiene nada en común (Ibid., \, d. 8, q. 3, n. 11).
El principio de la univocidad del ser lo considera Duns Escoto como un medio que tiene el hombre para demostrar la existencia de Dios. Nos permite, en primer lugar, descubrir la imposibilidad de la prueba ontológica, tal como la ha expuesto San Anselmo. Ciertamente, si la proposición "Dios existe" se entiende como unidad del ser y de la esencia divina, es necesario decir que es evidente en cuanto no hace otra cosa que reconocer a Dios el ser en general, sin determinar la realidad de tal ser. Si, en cambio, se hace cuestión de la realidad propia de Dios, del ser que le corresponde en cuanto lo pensamos mediante un concepto propio, esto es, no común a él y a las criaturas, como por ejemplo, el de Ser necesario, de Ser infinito, o de Sumo Bien, entonces no se puede resolver la cuestión sino con una demostración a posteriori. Puesto que todos los conceptos que determinan la realidad propia de Dios no son simples, sino resultado a su vez de varios conceptos, su unión para formar el concepto de Dios debe ser justificada con una demostración, i cual debe proceder como todo nuestro conocimiento, de los efectos a la causa (Op. ox., I, d. 2, q. 2, n. 4, 5, 10).
En otros términos, sólo se puede atribuir a priori a Dios el ser en general, solamente aquel predicado ontológico que es común a él y a las criaturas; pero la realidad determinada que le corresponde en virtud de un concepto propio que el hombre se forma de él, debe ser demostrada y puede ser demostrada partiendo de la experiencia. A priori sabemos que de alguna manera Dios existe; pero que El sea el Sumo Bien, o el Ser necesario o infinito, podemos saberlo solamente en virtud de una demostración causal.
De esta naturaleza son, en efecto, las pruebas que Duns aduce para la existencia de Dios. Puesto que lo que hay de producible en el mundo ha tenido que ser producido por una causa y puesto que no se puede ir hasta el infinito en la cadena de las causas, es menester llegar a una causa primera o, como Duns dice, una primeridad necesaria, incausable y existente en acto.
Esta prueba está obtenida de la consideración de la causa eficiente; otra es deducida de la consideración de la causa final. Hay un fin absoluto, que es absolutamente primero, esto es, no subordinado a ningún otro fin; también este fin absoluto es incausable y actual. En fin, y es una tercera prueba, debe haber una naturaleza eminente, primera por su perfección absoluta, y también debe ser incausable y actual. Hay, pues, tres primacías que son inseparables y no pueden hallarse más que .en una sola naturaleza, puesto que el ser absolutamente primero no puede ser más que uno (Ibid., I, d. 2, q.
2, n. 11, 17; De primo principio, 3, 9, 11). Las tres primacías expresan los tres aspectos de la bondad suma, que necesariamente coinciden: la suprema comunicabilidad, la suprema amabilidad y la suprema perfección.
Entre los conceptos que se pueden tener de Dios, uno sólo expresa, según Duns, la naturaleza intrínseca de Dios y es el de infinito. Este, en efecto, es un concepto más simple que el de bien u otro semejante, ya que el infinito no es un atributo o una determinación del ser, sino un modo suyo intrínseco y no accidental. Si se dice que Dios es sumo, se le da una determinación que le compete respecto a las cosas que son distintas de Él; es sumo entre todas las cosas existentes. Pero si se dice que es sumo en su naturaleza intrínseca, entonces esto no significa sino que es infinito, esto es, que trasciende todo grado posible de perfección (Op. ox., I, d. 2, q. 2, n. 17).
La infinitud divina lleva hasta el límite todos los atributos de Dios, sin identificarlos en la unidad de su esencia. Duns se aleja de la doctrina dominante en la escolástica, según la cual los atributos de Dios serían en su multiplicidad incompatibles con la simplicidad de la esencia divina, y por esto se identificarían sin más con tal esencia. El admite entre los atributos divinos distinción formal, que es característica de su doctrina y que hemos ya visto que interpone entre la naturaleza común y la entidad individual.
"Las perfecciones divinas, dice, se distinguen ex parte rei, no realmente, sino formalmente." Entre ellas no hay solamente una distinción de razón, como habría si sólo fuesen modos diferentes de definir y concebir la única esencia divina, ni tampoco hay una distinción real, como la habría si fuesen realidades numéricamente distintas y separadas. Hay una distinción formal, en el sentido que la una es diversa de la otra, puesto que tiene una naturaleza o una esencia diversa, diversamente definible. Esto, en efecto, implica la distinción formal: la diversidad de definiciones que expresan las esencias o quididades respectivas de los términos distintos. Ahora bien, si la definición de la bondad es diversa de la de la sabiduría en las cosas creadas, será también diversa en la esencia infinita de Dios. La infinitud que caracteriza una perfección divina aumenta su grado más allá de todo límite; pero no modifica su naturaleza. Las perfecciones, por tanto, continúan siendo también en Dios diversas formalmente una de otra. La ratio formalis de cada una de ellas es diversa de la de las otras (Ibid., I, d. 8, q. 4, n. 17).
Dios es inteligencia y voluntad, y la inteligencia y la voluntad son idénticas con su esencia. Como inteligencia, El conoce no sólo su esencia, sino también, y en virtud de su misma esencia, las cosas creadas. Pero a diferencia del entendimiento humano, que tiene necesidad de la especie para entender las cosas, porque no pueden serle presentes en su realidad, la inteligencia divina no tiene necesidad de intermediarios; en ella está presente la realidad misma y su objeto es la realidad conocida. "El mundo inteligible no es sino el mundo externo en cuanto existe representativamente (obiective) como mundo conocido en la mente divina; la idea del mundo real no es otra cosa que el mundo inteligible, esto es, el mundo en su ser conocido" (Rep. Par., I, d. 36, q. 2, n. 31). En cuanto a la voluntad divina, ella es el fundamento verdadero de la esencia divina. Es verdaderamente causa primera y absoluta, en cuanto no hay ningún motivo que la preceda y pueda de alguna manera determinarla. "No hay ninguna causa por la cual la voluntad divina quiso esto o aquello, sino que la voluntad es la voluntad y ninguna causa la precede" (Op.ox., I, d. 8, q. 5, n. 24). Aquí está expresado verdaderamente el principio del llamado voluntarismo de Duns Escoto. La voluntad es el principio de la contingencia absoluta, se aparta de cualquiera necesidad y es la única causa de sí misma. Se explica, por tanto, cómo la atribución de cualquier elemento al dominio práctico de la voluntad, equivalga a una negación de su necesidad, esto es, de su demostrabilidad racional. Se explica también el que toda intervención directa de Dios en la constitución del mundo deba ser considerada por Duns como indemostrable, en cuanto queda excluida del orden racional del mundo mismo. Es éste el motivo por el cual Duns sostiene que la omnipotencia de Dios es indemostrable y constituye un puro artículo de fe. Que Dios actúe como causa primera a través de la acción de las causas segundas, es una verdad demostrable, por la cual se puede, además, llegar (como hemos visto) a la misma existencia de Dios. Pero que Dios produzca inmediatamente, esto es, prescindiendo de toda causa intermedia, toda cosa que no sea en sí necesaria o no incluya contradicción es una afirmación que no puede ser demostrada, sino solamente creída (Ibid., I, d. 42, q. 1). La voluntad de Dios es absolutamente libre, aunque la libertad divina no se entienda como la humana, como la posibilidad simultánea de actos opuestos, ya que esta posibilidad implica una imperfección que no puede atribuirse a Dios (Ibid.,I, d. 39, q. 5, n. 21).
La libertad de Dios consiste solamente en su capacidad de querer un número infinito de objetos diversos. Esta capacidad no supone en Él ningún cambio. Dios puede establecer que la cosa querida por Él se efectúe en este o aquel momento del tiempo, sin que su querer pierda su eternidad e inmutabilidad. La novedad del mundo no es, pues, excluida (como sostenían los filósofos árabes) por la eternidad del querer divino. En cuanto al comienzo del mundo en el tiempo, Duns cree que la cuestión, desde el punto de vista de la razón, se debe dejar indecisa (Ibid., II, d. 1, q. 3).

EL HOMBRE
Que el alma intelectiva sea la forma sustancial del cuerpo es, según Duns, una verdad demostrable. El hombre, en cuanto tal  piensa; y su pensamiento no puede ser referido a un órgano corporal, porque trasciende el dominio de los objetos sensibles y se dirige al universal y a lo suprasensible. El sujeto del pensamiento debe ser, pues, el alma; y si el hombre es tal por el pensamiento, el alma, que es el órgano del pensamiento, es la sustancia o forma del hombre (Op. ox., IV, d. 43, q. 2). Pero el alma intelectiva no es la única forma del hombre: hay en él otra forma sustancial, la del cuerpo en cuanto cuerpo. Esta es la forma corporeitatis o forma mixti, que es propia del cuerpo como tal, anteriormente a su unión con el alma y que lo predispone a tal unión. La realidad que el cuerpo humano posee como cuerpo orgánico, independientemente de su unión con el alma, es la forma de corporeidad del cuerpo mismo (Ibid., IV,,d. 11, q. 3; Rep. Par., IV, d. 11, q. 3).
La doctrina de la forma de la corporeidad es un corolario de la doctrina de la actualidad de la materia, que Duns tiene en común con la tradición franciscana. La materia, independientemente de la forma, tiene una realidad propia, por la cual se distingue de la nada; es, pues, acto no en cuanto el acto se opone a la pasividad (ya que, según Aristóteles, la materia es siempre pasividad o potencia), sino en cuanto el acto se opone al no-ser (Op. ox., d.12, q. 1, n. 16). Esta doctrina de la actualidad de la materia se encuentra desarrollada de una manera característica en el De rerum principio, y aunque tales desarrollos no puedan ser atribuidos a Duns, dada la imposibilidad de atribuirle con certeza esta obra, revelan, con todo, un aspecto históricamente notable de la corriente escotista. En aquella obra se distinguen tres significados de la materia. La materia primo prima es la más indeterminada y, por consiguiente, la menos actual, ya que está falta de cualquier forma sustancial o accidental. La materia secundo prima es el substrato de la generación y corrupción y ya está provista de alguna forma sustancial y de cantidad. La materia tertio prima es la materia sobre la cual actúan las fuerzas naturales y de la cual el nombre mismo se sirve para sus producciones artificiales. La distinción de estas tres materias no anula la unidad de la materia: el De rerum principio admite explícitamente la doctrina de Avicebrón de la unidad de la materia, tanto de las cosas corporales como de las espirituales. (De rer. princ., q. 8, a. 3-4).
De todas maneras, la materia no tiene nada que ver con la individualidad del alma. El alma tiene su singularidad independiente y anterior a su misión con la materia. Evidentemente, su singularidad es, como la de cualquier otra cosa, su entidad última, la haecceitas (Quodl., q. 2, n. 5). Con ello se rechaza una vez más el principio de la individuación tomista como materia signata. A partir de la naturaleza del alma no se puede deducir o demostrar su inmortalidad. Las razones que han sido aducidas en defensa de la inmortalidad no concluyen. Aristóteles no hubiera podido admitir la inmortalidad sin destruir todos sus principios, ya que él sostiene que en todo compuesto el ser del todo es diverso del ser de las partes que lo componen (materia y forma). Pero si el alma permaneciese después del cuerpo, no sería sólo forma, esto es, parte del hombre, sino todo el hombre, lo que es contrario a su explícita afirmación (Rep. Par., 43, q. 2, n. 13). No se puede decir que el alma como forma tiene el ser por sí y es, por tanto, indestructible; ya que no tiene el ser por sí en el sentido de que subsista por su cuenta y de que no puede ser separada por ningún otro título del ser; esto significaría que ni siquiera Dios puede crearla o destruirla, lo que es falso (Ibid., d. 43, q. 2, n. 18-9). La tesis de que el ser está intrínsecamente en el alma, afirmada por vez primera por Platón, y de la cual también Santo Tomás se había servido para demostrar su inmortalidad, es así negada por Duns, y reducida a pura materia dé la fe (Op. ox., IV, d. 43, q. 2, n. 23).
Aún concluyen menos las razones tomadas de la vida moral: la aspiración del alma a la felicidad eterna y a una justicia que premie el bien y castigue el mal. Ya que debería, al menos, sernos conocido, por obra de la razón natural, que la felicidad eterna sea el fin conveniente de nuestra naturaleza, lo cual no es así; y en cuanto a la necesidad de un premio o castigo, se puede siempre decir que cada uno encuentra su remuneración suficiente en su misma acción buena y que la primera pena del pecado es en mismo pecado
(Ibid., IV, d. 43, q. 2, n. 27, 32). La inmortalidad del alma es, pues, una pura verdad de fe, que no es susceptible de ser tratada demostrativamente.
Duns afirma con mucha energía la libertad de la voluntad humana. "La voluntad, en cuanto acto primero, es libre para actos opuestos; es libre también de tender, mediante tales actos opuestos, a objetos opuestos, y, además, es libre de producir efectos opuestos" (Ibid., I, á. 39, q. 5, n. 15).
Esta libertad está condicionada esencialmente por el hecho de que la voluntad no tiene otra causa que sí misma, ya que es el único principio de todo lo que sucede de una manera contingente, esto es, no necesariamente (Ibid., II, d. 25, q. 1, n. 22). En el acto voluntario, el entendimiento depende de la voluntad, ya que la voluntad se sirve de él como de un instrumento y lo somete a las exigencias de la acción. Contra la primacía del entendimiento afirmada por Santo Tomás, Duns afirma, con Enrique de Gante, el primado de la voluntad. La bondad del objeto no causa necesariamente el asentimiento de la voluntad, sino que la voluntad escoge libremente el bien y libremente opta por el bien mayor (Ibid., I, d. 1, q. 4,n. 16). Esta supremacía de la voluntad confiere a la vida moral del hombre un carácter de arbitrariedad irremediable.
La sola y única ley moral para el hombre es el mandato de la voluntad divina. "Dios no puede querer algo que no sea justo, porque la voluntad de Dios es la primera regla" (Ibid., IV, d. 46, q. 1, n. 6). Dado que la causa de la voluntad divina no es otra cosa que la voluntad misma, Dios podría obrar de otra manera y establecer para el hombre una ley diversa de la que ha establecido; en este caso, sólo esta última sería la ley justa, ya que ninguna ley es justa sino en cuanto es aceptada por la voluntad divina (Ibid., I, d. 44,
q. 1, n. 2). Se trata de consecuencias inevitables del principio fundamental de que todo lo que es práctico es absolutamente libre y arbitrario. Este principio, hecho valer con una rígida coherencia, obliga a reducir el valor de la conducta humana a la simple conformidad con la ley establecida por Dios, y el valor de esta ley al simple arbitrio divino.
Pero, evidentemente, Duns debe admitir una excepción, y una sola, del principio de que todas las reglas de conducta se reducen a mandamientos divinos. Esta excepción concierne a la regla misma que impone el respeto al mandamiento divino; ya que si también esta última fuese válida solamente en virtud de un mandato divino, ningún camino habría para el hombre de acercarse a la vida moral y ésta consistiría en una obediencia al mandato divino prescrita también ella solamente por un mandamiento divino. Tal es, en efecto, la posición de Duns a este propósito. Comienza, en efecto, por distinguir una ley de naturaleza, naturalmente evidente al hombre de la misma manera que los principios especulativos, y una ley positiva divina hecha valer por el mandato de Dios (Ibid., Ili, d. 37, q. 1); pero luego restringe ulteriormente el campo de la ley natural, distinguiendo en ella los
principios prácticos que resultan evidentes por sus mismos términos o que son demostrados necesariamente, de aquellos otros que son conformes a tales principios, pero que no son evidentes, ni necesarios; y considera solamente a los primeros como leyes naturales en sentido estricto (Ibid., III, d. 37, q. 1). Así restringido, el dominio de la ley natural comprende solamente los dos primeros conceptos de la primera tabla: "No tendrás otro
Dios más que a Mi ' y "No pronunciarás el nombre de Dios en vano", que son precisamente los preceptos que fundamentan la obediencia general a los preceptos divinos. Para todos los demás preceptos, aunque admita en ellos una mayor o menor conformidad con la ley de la naturaleza, Duns niega su naturalidad y confirma esta nación en la Dispensa que Dios puede conceder y concede con respecto a los mismos, reconociendo de esta manera que el hombre puede obrar rectamente, aun sin su observancia (Ibid., III, d. 37, q. 1).
Así como no hay más que un único precepto de ley natural —la obediencia a Dios—, así no hay más que un solo acto que sea verdaderamente bueno por su objeto, y es el amor de Dios. El amor de Dios es el amor de un objeto deseable por sí mismo e infinitamente bueno y no puede ser nunca moralmente malo; de la misma manera, el odio a Dios es el único acto verdaderamente malo que en ninguna circunstancia puede ser bueno. Todo otro acto que se dirija a otro objeto puede ser bueno o malo, según las circunstancias (Rep. Par., IV, d. 28,
q. 1, n. 6). El amor de Dios es la condición del amor hacia el prójimo y hacia sí mismo y señala la regla y la medida de todo otro amor (Op. ox. III, d. 28, q. 1).
Al amor, Dios responde con la gracia, que es el acto con el cual acepta el amor y ama a quien le ama (Ibid., II, d. 27, q. 1, n. 3).
Duns atribuye al arbitrio divino el mismo orden providencial de la salvación. Contra la justificación tradicional de la redención concebida como necesaria para levantar al hombre del estado de caída en el cual el pecado de Adán le había precipitado, Duns afirma la contingencia de la redención y la perfecta .voluntariedad de la encarnación de Cristo. El hombre habría podido ser redimido de un modo distinto a la muerte de Cristo. No había necesidad de que Cristo redimiese al hombre con su muerte, sino una necesidad condicionada por su decisión de quererle redimir de esta manera.
La muerte de Cristo fue contingente y debida solamente a la decisión divina (Ibid., IV, d. 15, q. 1, n. 7).
Así, Duns ha verificado con extremado rigor su reducción de la fe al dominio práctico, esto es, a lo contingente y arbitrario. Esta reducción no supone con todo, a sus ojos, ninguna disminución del valor de la fe. Su carácter voluntario acrecienta aún más el mérito de la misma.
No puede haber duda sobre la profundidad del espíritu religioso de esta extraña figura de franciscano que profesaba el ideal aristotélico de una ciencia rigurosa y, al mismo tiempo, defendía y exponía aquella creencia en la Inmaculada Concepción de María, que la misma Iglesia católica no se decidió a reconocer como dogma hasta el siglo XIX.

CAPITULO XV SANTO TOMAS DE AQUINO



LA PERSONALIDAD DE SANTO TOMAS
Santo Tomás marca una etapa decisiva de la escolástica. El continúa y lleva a término la obra iniciada por San Alberto Magno. Gracias a la especulación tomista, el aristotelismo se hace flexible y dócil a todas las necesidades de la explicación dogmática, y no mediante expedientes ocasionales o adaptaciones artificiales (según el método de San Alberto), sino en virtud de una reforma radical, debida a un principio único y sencillo que reside en el corazón mismo del sistema, y es desarrollado con lógica rigurosa en todas las partes del mismo. Si le era preciso a San Alberto corregir el aristotelismo desde el exterior, tomando motivos y sugerencias de la misma corriente agustiniana que quería combatir, Santo Tomas halla en la misma lógica de su aristotelismo la manera de insertar los resultados principales de la tradición escolástica en un sistema que es armónico y acabado en su conjunto; preciso y claro en los detalles. En este trabajo especulativo, Santo Tomás se vale de un talento filológico nada común: el aristotelismo ya no es para él, como lo era para San Alberto, un todo confuso en el que se han integrado tanto las teorías originales como las diversas interpretaciones de los filósofos musulmanes. Trata de establecer el verdadero significado del aristotelismo, tomándolo de los textos del Estagirita; de los intérpretes islámicos se vale como fuentes independientes, cuya fidelidad a Aristóteles examina cuidadosa y críticamente. Aristóteles es para Santo Tomás el fin último de la investigación filosófica. El Estagirita llegó hasta donde podía llegar la razón; más allá, sólo hay la verdad sobrenatural de la fe. Fundir la filosofía con la fe, la obra de Aristóteles con las verdades que Dios ha revelado al hombre y de las que la Iglesia es depositaría: ésta es la labor que se propone Santo Tomás con toda claridad.
Para llevar a cabo esta tarea son necesarias dos condiciones fundamentales: la primera, es separar claramente la filosofía de la teología, la investigación racional, guiada y sostenida tan sólo por principios evidentes, de la ciencia cuyo supuesto previo es la revelación divina. En efecto, solamente mediante esta clara separación, la teología puede servir de complemento a la filosofía, y la filosofía servir de preparación y auxiliar de la teología. La segunda condición, es hacer válido, dentro de la investigación filosófica, como criterio de dirección y norma, un principio que indique la disparidad y separación entre el objeto de la filosofía y el objeto de la teología, entre el ser de las criaturas y el ser de Dios. Estas dos condiciones están ligadas entre sí: puesto que filosofía y teología no pueden estar separadas una de otra, si no se delimitan sus objetos respectivos; y la filosofía no puede ser preparadora y auxiliar de la teología, que es su verdadera culminación, si no incluye y hace válido en sí misma el principio que justifica precisamente esta función suya preparatoria y subordinada, la diferencia que hay entre el ser creado y el ser de Dios.
Y así, este principio es la clave de bóveda del sistema tomista. Es el que ayudará a Santo Tomás a determinar las relaciones entre razón y fe, y a establecer la regula fidei-, a centrar alrededor de la función de la abstracción la capacidad de conocer del hombre; a formular las pruebas de la existencia de Dios; a aclarar los dogmas fundamentales de la fe. Santo Tomás enunció este principio en su primer trabajo, De ente et essentia, como distinción real entre esencia y existencia-, pero también está expuesto en la fórmula de la analogía del ser, que a la vez utiliza ampliamente.
Probablemente, esta fórmula es la más adecuada para expresar el principio de la reforma radical que Santo Tomás aportó al aristotelismo. El ser de Dios y el de las criaturas es distinto. Los dos significados de la palabra ser ni son idénticos ni completamente distintos; sino que se corresponden proporcionalmente, de tal modo que el ser divino implica todo lo que la causa implica respecto al efecto. Santo Tomás lo expresa diciendo que el ser no es univoco ni equívoco, sino análogo, es decir, que implica proporciones distintas. La proporción es en este caso una relación de causa y efecto: el ser divino es causa del ser finito (Sum. tbeol., I, q. 13, a. 5). Santo Tomás relaciona este principio con la analogía del ser, que Aristóteles afirmó acerca de las distintas categorías. Pero en el Estagirita no puede concebirse una distinción entre el ser divino y el ser de las demás cosas; el ser aristotélico es verdaderamente uno, su causa está en la sustancia. (§ 73). Para Santo Tomás el ser no es uno. El Creador está separado de la criatura; las determinaciones finitas de la criatura nada tienen que ver con las determinaciones infinitas de Dios, sino que únicamente las reproducen de modo imperfecto y demuestran su acción creadora. Santo Tomás ha hecho tomar al aristotelismo el camino opuesto al que le hizo seguir la filosofía musulmana.
Esta acaba en la necesidad y eternidad del ser, de todo el ser, incluso del mundo. Santo Tomás acaba en la contingencia del ser del mundo y en su dependencia de la creación divina.

RAZÓN Y FE
El sistema tomista se basa en la determinación rigurosa de la relación entre la razón y la revelación. Al hombre, cuyo fin -último es Dios, que excede a la comprensión de la razón, no le basta la investigación basada en la razón. Las verdades mismas, a que por sí sola puede llegar la razón, no pueden alcanzarlas todas las personas, y el camino que a ellas conduce no está libre de errores. Por ello, fue necesario que el hombre fuera instruido convenientemente y con mayor certeza por la revelación divina. Pe.ro la revelación ni anula ni inutiliza la razón: "la gracia no elimina la naturaleza, sino que la perfecciona". La razón natural está subordinada a la fe, como en el dominio de la práctica la inclinación natural se subordina a la caridad. Es cierto que la razón no puede demostrar lo que pertenece a la fe, porque entonces la fe perdería todo su mérito. Pero puede servir de auxiliar a la fe de tres maneras distintas. En primer lugar, demostrando los preámbulos de la fe, es decir, las verdades cuya demostración es necesaria a la fe misma. No podemos creer en lo que Dios ha revelado, si no sabemos que Dios existe. La razón natural demuestra que Dios existe, que es uno, que tiene las características y los atributos que pueden inferirse de la consideración de las cosas que ha creado. En segundo lugar, la filosofía puede utilizarse para aclarar mediante comparaciones las verdades de la fe. En tercer lugar, puede rebatir las objeciones contra la fe, demostrando que son falsas o al menos que no tienen fuerza demostrativa (In Boet. de Trinit., a. 3).
Sin embargo, por otra parte, la razón tiene su propia verdad. Los principios que le son intrínsecos y que son certísimos, porque es imposible pensar que sean falsos, le han sido infundidos por Dios, que es el autor de la naturaleza humana. Por lo tanto, estos principios derivan de la Sabiduría divina y forman parte de ella. La verdad de razón nunca puede ser opuesta a la verdad revelada: la verdad no puede contradecir la verdad. Cuando surge una oposición, es señal de que no se trata de verdades racionales, sino de conclusiones falsas, o al menos, no necesarias: la fe es la regla del recto proceder de la razón (Contra Gent., I, 7).
El principio aristotélico de que "todo conocimiento empieza por los sentidos", es utilizado por Santo Tomás para limitar la capacidad y las pretensiones de la razón. La razón humana puede, es cierto, elevarse nasta Dios; pero sólo partiendo de las cosas sensibles. "Mediante la razón natural, el hombre no puede llegar a conocer a Dios si no es a través de las criaturas.
Las criaturas conducen al conocimiento de Dios, como el efecto lleva a la causa. Por consiguiente, gracias a la razón natural, sólo podemos llegar a conocer de Dios lo que le corresponde necesariamente por ser el principio de todas las cosas que existen" (Sum. theol., I, q. 32, a. 1). De las dos demostraciones que puede lograr la razón, la a priori o propter quid, que parte de la esencia de una causa para descender a sus efectos, y la a
posteriori o quia, que parte del efecto para remontar a la causa, sólo la segunda puede utilizarse para conocer a Dios (Ibid., I, q. 2, a. 2). Pero aunque lleva a admitir la necesidad de la existencia de Dios como causa primera, nada puede decir acerca de la esencia de Dios. Por lo tanto, la razón, con sólo sus fuerzas, no puede llegar a demostrar la Trinidad y la Encarnación ni todos los misterios relacionados con estos dos. Estos misterios son los verdaderos "artículos de fe" que la razón puede aclarar y defender, pero no demostrar; mientras que la existencia de Dios y otras cosas acerca de Dios, que la razón con sus propias fuerzas puede llegar a demostrar, son los preámbulos de la fe.
Aclarando así el campo de la fe y de la razón, Santo Tomás pasa a aclarar los actos correspondientes. A base de una definición de San Agustín (De praedest. sanctorum, 2), Santo Tomás define el acto de la fe, el creer, como un "pensar con asentimiento" (cogitare cum assensu), entendiendo por "pensar" la "consideración investigadora del intelecto y el consentimiento de la voluntad". El pensar propio ae la fe es un acto intelectual que todavía está investigando, porque aún no ha llegado a la perfección de la visión cierta. Ahora bien, a todos los actos intelectuales de esta clase no se les une el asentimiento: dudar consiste en no inclinarse por el ni por el no-, sospechar consiste en inclinarse a un lado, pero estando movido por una pequeña señal de la otra parte; opinar, es adherirse a una cosa, con temor de que la cosa contraria sea verdadera. "Pero este acto que es el creer, dice Santo Tomás (Sum. theol., II, 2, q. 2, a. 1), incluye la adhesión firme a una parte; en lo que el creyente es semejante al que tiene ciencia o inteligencia: su conocimiento no es perfecto como el del que tiene una visión evidente, en lo cual es semejante al que duda, sospecha u opina. Y así, es propio del creyente pensar con asentimiento." El asentimiento implícito a la fe, si bien es semejante por su seguridad al implícito en la inteligencia y en k ciencia, es diferente por su móvil: pues no está producido por el objeto, sino por una elección voluntaria que inclina al hombre hacia un lado y no hacia el otro.
En efecto, el objeto de la fe no es "visto" por los sentidos ni por la inteligencia, pues la fe, como dijo San Pablo (Hebreos, XI, 1), es "la prueba de las cosas no vistas" (Sum. theol., II, 2 q. 1, a. 4). De este modo Santo Tomás, aunque reconoce a la fe mayor certeza que al saber científico, funda esta certeza en la voluntad, reservando únicamente a la ciencia la certeza objetiva.

TEORIA DEL CONOCIMIENTO
La teoría del conocimiento tomista está calcada de la aristotélica. Su rasgo más original es el relieve que toma el carácter abstractivo del proceso del conocer y, por consiguiente, la teoría de la abstracción. Comentando el pasaje del De anima (III, 8, 431 b) en que se dice que "el alma es en cierto modo todas las cosas" (porque las conoce todas), Santo Tomás dice: "Si el alma es todas las cosas, es necesario que sea o las cosas mismas, sensibles o inteligibles —en el sentido en que Empédocles afirmó que conocemos la tierra con la tierra, el agua con el agua, etc.—, o las especies de las cosas.
Pero el alma no es las cosas, pues, por ejemplo, en el alma no está la piedra, sino la especie de la piedra". Ahora bien, la especie (effioc) es la. forma de la cosa; por lo tanto, "el intelecto es una potencia receptiva de todas las formas inteligibles y el sentido es una potencia receptiva de todas las formas sensibles". De donde el principio general del conocimiento es "cognitum est in cognoscente per modum cognoscentis" (el objeto conocido está en el sujeto que conoce, en conformidad con la naturaleza del sujeto que conoce).
Ahora bien, el proceso, mediante el cual el sujeto que conoce recibe el objeto, es la abstracción.
El entendimiento humano ocupa un lugar intermedio entre los sentidos corpóreos que conocen la forma unida a la materia de las cosas particulares y los entendimientos angélicos que conocen la forma separada de la materia.
Es una virtud del alma que es forma del cuerpo; por lo tanto, puede conocer las formas de las cosas sólo en cuanto están unidas a los cuerpos y no (como quería Platón) en cuanto están separadas. Pero en el acto de conocerlas, las sustrae de los cuerpos; por consiguiente, conocer es abstraer la forma de la materia individual, sacar lo universal de lo particular, la especie inteligible de las imágenes singulares (fantasmas). Al igual que podemos tomar en consideración el color de un fruto prescindiendo del fruto, sin que por ello afirmemos que esté separado del fruto, así podemos conocer las formas o especies universales del hombre, del caballo, de la piedra, prescindiendo de los principios individuales a que están unidos; pero sin pretender que existan separados de ellos. Por lo tanto, la abstracción no falsifica la realidad. No afirma la separación real de la forma respecto a la materia individual: sólo permite la consideración separada de la forma; y esta consideración es el conocimiento intelectual humano. Hemos de notar que esta consideración separa la forma de la materia, individual, no de la materia en general, pues, si no, no podríamos comprender que el hombre, la piedra o el caballo están también compuestos de materia. "La materia es doble, dice Santo Tomás (Sum. theol., I, q. 85, a. 1), es decir, común e individual: común, como la carne y los huesos; individual, como esta carne y estos huesos. El entendimiento abstrae la especie de la cosa natural de la materia sensible individual; pero no de la materia sensible común. Por ejemplo, abstrae la especie del hombre de esta carne y de estos huesos que no pertenecen a la naturaleza de la especie, sino que son partes del individuo, de las que, por lo tanto, podemos prescindir. Pero la especie del hombre no puede ser abstraída por el entendimiento de la carne y de los huesos en general."
De ello se deduce que, para Santo Tomás, el principium individuationis, lo que determina la naturaleza propia de cada individuo y, por tanto, lo diferencia de los otros, no es la materia común (pues todos los hombres tienen carne y huesos, y no se diferencian por eso), sino la materia signada o, como también él mismo dice (De ente et essentia, 2), la "materia considerada bajo dimensiones determinadas". Y así un hombre es distinto de otro porque está unido a determinado cuerpo, distinto en dimensiones, es decir, por su posición en el espacio y en el tiempo, del de los demás hombres. También se deduce de esta teoría que el universal no subsiste fuera de las cosas individuales, sino que sólo es real en ellas (Contra Gent., I, 65).
De manera que está in re (como forma de las cosas) y post rem (en el entendimiento); ante rem, sólo en la mente divina, como principio o modelo (idea) de .las cosas creadas (In Seni., II, dist., I I I, q. 2, a. 2).
El universal es el objeto propio y directo del entendimiento. Por razón de su propio funcionamiento, el entendimiento humano no puede conocer directamente las cosas individuales. En efecto, actúa abstrayendo la especie inteligible de la materia individual; y la especie que es resultado de esta abstracción es el universal mismo. Por tanto, la cosa individual sólo la puede conocer el entendimiento indirectamente, por una especie de reflexión.
Dado que el entendimiento abstrae el universal, de las imágenes particulares y nada puede entender si no es mirando a las imágenes mismas (convertendo se ad phantasmata), conoce indirectamente también las cosas particulares, a las que pertenecen las imágenes (Sum. theol., I, q. 86, a. 1).
El entendimiento que abstrae las formas de la materia individual es el entendimiento agente. El entendimiento humano es un entendimiento finito que, a diferencia del entendimiento angélico, no conoce en acto todos los inteligibles, sino que solamente tiene la potencia (o posibilidad) de conocerlos; por lo tanto, es un entendimiento posible. Pero como "nada pasa de la potencia al acto si no es por obra de lo que ya está en acto", la posibilidad de conocer, propia de nuestro entendimiento, llega a ser conocimiento efectivo por acción de un entendimiento agente, que actualiza los inteligibles, abstrayéndolos de las condiciones materiales, y actuando (según el símil aristotélico) como la luz sobre los colores (Ibid., I, q. 79, especialmente a. 3). Contra Averroes y sus seguidores, Santo Tomás afirma explícitamente la unidad de este entendimiento con el alma humana. Si el entendimiento agente estuviera separado del hombre, no sería el hombre el que comprendería, sino el supuesto entendimiento separado el que comprendería al hombre y las imágenes que en él hay; por consiguiente, el entendimiento debe formar parte esencial del alma humana (Ib., \, q. 76) a. 1; Contra Gent., II, 76). Por ello también el entendimiento agente no es uno solo, sino que hay tantos entendimientos agentes como almas humanas; contra la tesis de la unicidad del entendimiento, defendida por los averroístas, va dirigido el famoso opúsculo de Santo Tomás, De unitale intellectus contra Averroistas ( § 284).
El procedimiento de abstracción del entendimiento garantiza la verdad del conocimiento intelectual, porque garantiza que la especie que existe en el entendimiento es la forma misma de la cosa, y por ello hay correspondencia (adaequatio) entre el entendimiento y la cosa. Siguiendo la definición que dio Isaac (§ 245) en su Líber de definitionibus, Santo Tomás define la verdad como "la adecuación del entendimiento y la cosa" (Sum.
tbeol., I, q. 16, a. 2; Contra Gent., I, 59; De ver., q. 1, a. 1). Las cosas naturales, de las que nuestro entendimiento recibe el saber, son su medida, ya que él posee la verdad sólo en cuanto se corresponde con las cosas. En cambio, éstas son medidas por el entendimiento divino, en el que subsisten sus formas al igual que las formas de las cosas artificiales subsisten en el entendimiento del artesano. "El entendimiento divino es medidor, pero no medido; la cosa natural es medidora (respecto al hombre) y medida (respecto a Dios); pero nuestro entendimiento es medido, y no mide las cosas naturales, sino únicamente las artificiales (De ver., q. 1, a. 1). Por lo tanto, Dios es la suma verdad, en cuanto su entender es la medida de todo lo que existe y de cualquier otro entender (Sum. tbeol., 1, q. 16, a. 5). Por ello, la ciencia que tiene de las cosas es la causa de éstas, de la misma manera que la ciencia que el artesano tiene de la cosa artificial es causa de ésta. En Dios, el ser y el entender coinciden: conocer las cosas significa, en Dios, comunicarles el ser, siempre que al entender esté unida la voluntad creadora (Ibid., I, q. 14, a. 9).
Esto establece una diferencia radical entre el entendimiento divino y el humano, entre la ciencia de Dios y la del hombre. Dios entiende todas las cosas mediante la simple inteligencia de la cosa misma: con un solo acto aprehende (y, si quiere, crea) la esencia total y completa de la cosa, mejor dicho, de todas las cosas en su totalidad y plenitud. En cambio, nuestro entendimiento no llega con un solo acto a conocer perfectamente una cosa, sino que primero aprehende alguno de sus elementos, por ejemplo, la esencia, que es el objeto primero y propio del entendimiento, y luego pasa a entender la propiedad, los accidentes y todas las disposiciones propias de la cosa. De aquí se deduce que el conocimiento intelectual del hombre tiene lugar mediante actos sucesivos, que se siguen en el tiempo; actos de composición o de división, es decir, afirmaciones o negaciones, que expresan mediante juicios o proposiciones lo que el entendimiento, sucesivamente, conoce de la cosa misma. La acción del entendimiento de proceder de una composición o división a otras sucesivas composiciones o divisiones, es decir, de un juicio a otro, es el razonamiento, y la ciencia que se va formando por juicios de afirmación o de negación, sucesivos y conexos es la ciencia discursiva. Por consiguiente, el conocimiento humano es un conocimiento racional, y la ciencia humana es una ciencia discursiva, caracteres que no se pueden atribuir al conocimiento de Dios y a su ciencia, que lo entiende todo y simultáneamente en sí mismo, mediante un acto simple y-perfecto de inteligencia (Ibid., I, q. 14, a. 7, 8, 14; q. 85, 5; Contra Gent., I, 57-58).
Esto también establece una diferencia radical entre la autoconciencia divina y la humana. Dios no sólo se conoce a sí mismo, sino a todas las cosas, a través de su esencia, que es acto puro y perfecto, y, por lo tanto, perfectamente inteligible por sí mismo. El ángel, cuya esencia es acto, pero no acto puro, porque es esencia creada, se conoce a sí mismo por esencia; pero las demás cosas sólo puede conocerlas por sus semejanzas. En cambio, el entendimiento humano no es acto, sino potencia; no se actualiza si no es a través de las especies abstraídas de las cosas sensibles por obra del entendimiento agente; por lo tanto, sólo puede conocerse en el acto de hacer esta abstracción. Este conocimiento puede verificarse de dos maneras: singularmente, como cuando Sócrates o Platón tienen conciencia (percipit) de tener un alma intelectiva por el hecho de que tienen conciencia de entender; y generalmente, como cuando consideramos la naturaleza de la mente humana basándonos en la actividad del entendimiento. Este segundo conocimiento depende de la luz que nuestro entendimiento recibe de la verdad divina, en la que están las razones de todas las cosas; y exige una investigación diligente y sutil, mientras el primero es inmediato (Summa theologica, I, q. 87, a. 1).
En el carácter razonador del conocimiento humano existe la posibilidad de error. El sentido no se engaña acerca del objeto que le es propio (por ejemplo, la vista acerca de los colores), a menos que haya una perturbación accidental del órgano. El entendimiento no puede engañarse acerca del objeto que le es propio. Ahora bien, el objeto del entendimiento es la esencia o quididad de la cosa; por lo tanto, no se engaña acerca de la esencia, pero puede engañarse en cuanto a las particularidades que acompañan a la esencia, que llega a conocer componiendo y dividiendo (es decir, mediante juicio) o por razonamiento.
También el entendimiento puede incurrir en error acerca de la esencia de las cosas compuestas, al dar la definición resultante de diferentes elementos: esto ocurre cuando adscribe a una cosa la definición (cierta en sí misma) de otra cosa, por ejemplo, la del círculo al triángulo; o cuando une elementos opuestos, en una definición que es por ello falsa; por ejemplo, si define el hombre como "animal racional alado. En cuanto a las cosas simples, en cuya definición no hay composición, el entendimiento no puede engañarse, sino sólo quedar en defecto, y seguir ignorando su definición (Ibid., I, q. 85, a. 6).

METAFÍSICA
En el De ente et essentia, que es su primera obra y viene a ser su Discurso del Método, Santo Tomás establece el principio fundamental que reforma la metafísica aristotélica y la adapta a las necesidades del dogma cristiano: la distinción real de esencia y existencia. Este principio, cuya progresiva introducción en la filosofía medieval hemos estudiado, es aceptado por Santo Tomás en la forma que le había dado Avicena. Pero el principio le sirvió a Avicena para fijar rigurosamente la necesidad del ser, de todo el ser, incluso del finito. En efecto, la diferencia entre el ser cuya esencia implica la existencia (Dios) y el ser cuya esencia no implica la existencia (el finito), consiste, según Avicena, en que el primero es necesario por sí, el segundo es necesario por otro, y por ello deriva de este otro (del ser necesario) en cuanto a su existencia actual. En la interpretación de Avicena, el principio excluye la creación, y sólo implica la derivación causal y necesaria de las cosas finitas de Dios. En cambio, en la doctrina tomista tiene la misión de llevar la exigencia de la creación a la misma constitución de las cosas finitas, y por ello es el principio reformador que Santo Tomás utiliza para adaptar el aristotelismo a la tarea de interpretar el dogma.
En la doctrina tomista, el primer resultado de ese principio es separar la distinción de potencia y acto de la de materia y forma, convirtiéndola en una distinción aparte. Para Aristóteles, potencia y acto se identifican, respectivamente, con materia y forma-, no hay potencia que no sea materia, ni acto que no sea forma, y viceversa. En cambio, Santo Tomás considera que no sólo la materia y la forma, sino también la esencia y la existencia están entre sí en relación de potencia y acto. La esencia, que él denomina también quididad o naturaleza, no sólo comprende la forma, sino también la materia de las cosas compuestas, pues comprende todo lo que está expresado en la definición de la cosa. Por ejemplo, la esencia del nombre, cuya definición es "animal racional", no sólo comprende la "racionalidad" (forma), sino también la "animalidad" (materia). De la esencia, entendida así, se distingue el ser o existencia de las cosas mismas; podremos entender, por ejemplo, qué (quid) es el hombre o el fénix (esencia), sin saber si el nombre o el fénix existe (esse) (De e. et ess., 3). Por ello, sustancias como el hombre y el fénix están compuestas de esencia (materia y forma) y de existencia, que pueden separarse entre sí: en ellas la esencia está en potencia respecto a la existencia, la existencia es el acto de la esencia-, y la unión de la esencia con la existencia, es decir, el paso de potencia a acto, exige la intervención creadora de Dios. Ahora bien, en las sustancias que son forma pura sin materia (los ángeles, como inteligencias juras), falta la composición de materia y forma, pero no la de esencia y existencia; en efecto, también en ellas la esencia sólo es potencia con relación a la existencia y, así, también su existencia exige un acto creador de Dios. Sólo en Dios la esencia es la misma existencia, porque Dios es por esencia, es decir, por definición; por tanto, en Dios no hay una esencia que sea potencia; Él es acto puro (Sum. theol., I, q. 50, a. 2). Por tanto, la esencia puede estar en las sustancias de tres maneras: 1. ° en la única sustancia divina, la esencia se identifica con la existencia; por ello, Dios es necesario y eterno; 2. ° en las sustancias angélicas, carentes de materia, la existencia es distinta de la esencia; de modo que su ser no es absoluto, sino creado y finito; 3. ° en las sustancias compuestas de materia y forma el ser viene del exterior, y es, por consiguiente, creado y finito. Estas últimas sustancias, dado que incluyen materia, que es principio de individualización, se multiplican en una serie de individuos, lo que no ocurre en las sustancias angélicas, por carecer de materia.
Mediante esta reforma radical de la metafísica aristotélica, Santo Tomás hace que la misma constitución de las sustancias finitas exija la creación divina. Aristóteles, al identificar la existencia en acto con la forma, establece que donde hay forma hay realidad en acto, y por ello la forma es por sí mismo indestructible e increable, y, por tanto, necesaria y eterna como Dios. Con ello garantiza la necesidad y la eternidad de la estructura formal del universo (géneros, especies, formas y, en general, sustancias). Su universo excluye la creación y toda intervención activa de Dios en la constitución de las cosas. Pero, precisamente por esto, su sistema pareció (y lo era) irreductiblemente contrario al cristianismo, y poco adecuado para expresar sus verdades fundamentales. La reforma tomista cambia radicalmente la metafísica aristotélica, transformándola de estudio del ser necesario en consideración del ser creado.
Por consiguiente, el término "ser" aplicado a la criatura tiene un significado no idéntico, sino semejante o correspondiente al ser de Dios.
Este es el principio de la analogía del ser que Santo Tomás toma de Aristóteles; pero le da un valor completamente distinto. Aristóteles había distinguido ciertamente varios significados del ser, pero sólo en relación con las categorías, y los había reducido todos al único significado fundamental, que es el de sustancia (ojuaia), el ser en cuanto ser, objeto de la metafísica (§ 72). Por ello no distinguía, ni podía distinguir, el ser de Dios del ser de las demás cosas; por ejemplo, Dios y la mente son sustancias precisamente en el mismo sentido (Et. Nic., I, 4, 1096 a). En cambio, Santo Tomás, gracias a la distinción real entre esencia y existencia, ha distinguido el ser de las criaturas, que puede separarse de (a esencia y que, por lo tanto, es creado, y el ser de Dios, que se identifica con su esencia, y es, por consiguiente, necesario. Estos dos significados del ser no son unívocos, es decir, idénticos, ni tampoco equívocos, es decir, simplemente distintos; son análogos, es decir, semejantes, pero de distinta proporción. Sólo Dios es el ser por esencia: las criaturas tienen el ser por participación; las criaturas en cuanto son, son semejantes a Dios, que es el primer principio universal de todo el ser, pero Dios no es semejante a ellas: esta relación es la analogía
(Sum. theol., I, q. 4, a. 3). La relación analógica se extiende a todos los predicados que se atribuyen al mismo tiempo a Dios y a las criaturas; porque es evidente que en la Causa agente han de subsistir de un modo simple e indivisible aquellos caracteres que en los efectos son múltiples y divididos; al igual que el sol, a pesar de la unidad de su fuerza, produce formas múltiples y distintas en el mundo terreno. Por ejemplo, el término "sabio" aplicado al hombre indica una perfección distinta de la esencia y de la existencia del hombre, mientras que aplicado a Dios, significa una perfección, que es idéntica a su esencia y a su ser. Por ello, aplicado al hombre, da a entender lo que quiere significar; aplicado a Dios, deja fuera de sí la cosa significada, que trasciende los límites del entendimiento humano (Sum. theol., I, q. 13, a. 5). La analogía del ser hace evidentemente imposible una sola ciencia del ser, como era la filosofía primera aristotélica. La ciencia que trata de las sustancias creadas y se vale de principios evidentes a la razón humana es la metafísica. Pero la ciencia que trata del Ser necesario, la teología, tiene mayor grado de certeza y unos principios que proceden directamente de la revelación divina: por ello, es superior en dignidad a todas las otras ciencias (incluso la metafísica), que son para ella subordinadas y siervas (Ibid., I, q.L a. 5).
Dado que el ser de todas las cosas (excepto Dios) es siempre un ser creado, la creación, aunque es una verdad de fe como inicio de las cosas en el tiempo, es, en cambio, una verdad demostrada como producción de las cosas de la nada y como derivación de todo ser de Dios. En efecto, sólo Dios es, como hemos visto, el ser que es por esencia, es decir, que existe necesariamente y por sí mismo: las demás cosas toman el ser de Él, por participación, al igual que el hierro se pone al rojo por el fuego. También la materia prima es creada. Y todas las cosas del mundo forman una jerarquía ordenada según su mayor o menor grado de participación en el ser de Dios. Dios es el término y  supremo fin de esta jerarquía. En El residen las ideas, es decir, las formas ejemplares de las cosas creadas, formas que no están separadas de la sabiduría divina; luego hemos de decir que Dios es el único ejemplar de todo (Ibid., I, q. 44, aa. 1, 2, 4, 3).
La separación entre el ser creado y el ser eterno de Dios, propia de tal metafísica, permite que Santo Tomás salve la absoluta trascendencia de Dios con relación al mundo y corte el paso a cualquier forma de panteísmo que quiera identificar de algún modo el ser de Dios y el ser del mundo. Santo Tomás alude a dos formas de panteísmo, aparecidas a fines del siglo XII, para refutarlas. La primera es la de Amalrico de Bena (§ 219), que considera a Dios como "el principio formal de todas las cosas", es decir, la esencia o naturaleza de todos los seres creados. La segunda es la de David de Dinant (§ 219), que identificó a Dios con la materia prima. Contra esta forma de panteísmo, así como contra la otra de origen estoico (pero que Santo Tomás conoció por una tesis de Terencio Varrón, citada por San
Agustín (De civ. Dei, VII, 6), de que Dios es el alma del mundo, Santo Tomás opone el principio de que Dios no puede ser elemento componente de las cosas del mundo. Como causa eficiente, Dios no se identifica con la forma ni con la materia de las cosas cuya causa es, sino que su ser y su actuación son absolutamente primeros, es decir, trascendentes, con relación a dichas cosas (Sum. theol., I, q. 3, a. 8).

LAS PRUEBAS DE LA EXISTENCIA DE DIOS
La distinción metodológica de Aristóteles (An. fost., \, 2) entre lo que es primero "por sí" o "por naturaleza" y lo que es primero "para nosotros", es seguida y respetada constantemente por Santo Tomás. Ahora bien, si Dios es primero en el orden del ser, no lo es en el orden de los conocimientos Humanos, que empiezan por los sentidos. Por tanto, es necesaria una demostración de la existencia de Dios-, y debe partir de lo que es primero para nosotros, es decir, de los efectos sensibles, y ha de ser a posteriori (demonstratio quia). Por ello, Santo Tomás rechaza explícitamente el argumento ontológico de San Anselmo: aunque tengamos a Dios por "aquello sobre lo cual nada mayor puede pensarse", no se deduce que El exista en realidad (in rerum natura) y no sólo en el entendimiento.
Santo Tomás cita cinco vías para llegar de los efectos sensibles a la existencia de Dios. Estas vías, que ya hacía expuesto en la Summa contra Gentiles (I, 12 y 13), se enuncian en su formulación clásica en la Summa theologica (I, q. 2, a. 3).
La primera vía es la prueba cosmológica, deducida de la Física (VIII, 1) y de la Metafisica (XII, 7) de Aristóteles. Parte del principio de que "todo lo que se mueve es movido por otro". Ahora bien, si aquello que lo mueve se mueve a su vez, es preciso que también sea movido por otro, y así sucesivamente. Pero es imposible seguir así hasta el infinito, porque entonces no habría un primer motor ni los otros moverían, como, por ejemplo, el bastón no se mueve si no es movido por la mano. Por consiguiente, es necesario llegar a un primer motor que no sea movido por nada; y todos consideran que ese motor es Dios. Este argumento fue utilizado en la escolástica latina por vez primera por Adelardo de Bath (§ 215); luego, insistieron en él Maimónides y San Alberto Magno.
La segunda vía es la prueba causal. En la serie de causas eficientes no podemos remontarnos hasta el infinito, porque entonces no habría una causa primera, y, por consiguiente, tampoco una causa última ni causas intermedias: por lo tanto, debe haber una causa eficiente primera, que es Dios. Esta prueba está tomada de Aristóteles (Met., II, 2). Avicena la había vuelto a exponer.
La tercera vía se deduce de la relación entre posible y necesario. Las cosas posibles sólo existen en virtud de las cosas necesarias: éstas tienen la causa de su necesidad o en sí o en otro. Si tienen la causa en otro, remiten a este otro, y como no se puede suponer una cadena de causas hasta el infinito, es preciso llegar a algo que sea necesario por si" y sea causa de la necesidad de lo que es necesario por otro: y tal es Dios. Esta prueba está tomada de Avicena.
La cuarta vía es la de los grados. En las cosas hay más o menos verdad, más o menos bien y más o menos de todas las demás perfecciones; por consiguiente, también debe haber un grado máximo de dichas perfecciones, que será la causa de los grados menores, como el fuego, que es el máximo calor, es la causa de todas las cosas calientes. Luego, la causa del ser y de la bondad y de toda perfección es Dios. Esta prueba, de origen platónico, está tomada de Aristóteles (Met., II, 1).
La quinta vía se infiere del gobierno de las cosas. Las cosas naturales, privadas de inteligencia, están, sin embargo, dirigidas a un fin: esto no sería posible si no estuvieran gobernadas por un Ser dotado de inteligencia, como la flecha no puede dirigirse hacia el blanco si no es por obra del arquero. Luego, hay un Ser inteligente que ordena todas las cosas naturales a un fin: y este Ser es Dios. Esta es la prueba más antigua y venerable de todas: es muy probable que Santo Tomás siga en su exposición a San Juan Damasceno y Averroes.
El primero de estos argumentos, el cosmológico, fue utilizado por Aristóteles no sólo para demostrar la existencia de Dios como primer motor, sino la existencia de tantos entendimientos motores como órbitas hay en el cielo (§ 78). En cambio, para Santo Tomás el primer motor sólo es uno: Dios; y solo para Dios es válida la prueba. En cuanto al movimiento de los cielos, parece, en efecto, suponer una sustancia inteligente que lo produzca, porque, al contrario de los demás movimientos naturales, no se dirige a un solo punto, en el cual deba cesar; pero es muy posible que sea producido directamente por Dios. De todos modos, si queremos admitir, como han hecho varios filósofos y santos, inteligencias angélicas que muevan los cielos, hemos de notar que no están unidas a los cielos como están unidas al cuerpo las almas de los animales o de las plantas (que son formas de los propios cuerpos), sino que están unidas a los cielos sólo con el fin de moverlos, para transmitir el impulso (per contactum virtutis) (Sum. theol., I, q. 70, a. 3).
Santo Tomás llega a la existencia de inteligencias angélicas, separadas de los cuerpos, no teniendo en cuenta el movimiento de los cielos (dado que puede producirlo directamente Dios), sino observando la perfección del mundo, perfección que exige la existencia de criaturas incorpóreas. En efecto, estas criaturas son en el mundo las más semejantes a Dios, que es espíritu puro, y a través de ellas el mundo, que es el efecto de Dios, se asimila aún más a su Causa (Ibid., I, q. 50, a. 1).

TEOLOGÍA
Los dogmas fundamentales del cristianismo: Trinidad, Encarnación, Creación, son para Santo Tomás, artículos de fe, que no pueden demostrarse. Ante ellos, la razón sólo puede aclarar, y más tarde resolver, las objeciones. Las aclaraciones de Santo Tomás tienen tal lucidez y elegancia dialéctica, que constituyen una de las partes más importantes de todo su sistema.
Acerca del dogma de la Trinidad, la dificultad consiste en entender cómo la unidad de la sustancia divina puede conciliarse con la trinidad de personas. Para demostrar que se concilian, Santo Tomás se vale del concepto de relación. La relación, por una parte, constituye las personas divinas en su distinción; por otra, se identifica con la misma y única esencia divina. En efecto, las personas divinas están constituidas por su relación de origen: el Padre, por la paternidad, es decir, por la relación con el Hijo; el Hijo, por la filiación o generación, o sea, por su relación con el Padre; el Espíritu Santo, por el amor, es decir, la relación recíproca de Padre e Hijo. Ahora bien, estas relaciones no son accidentales en Dios (en Dios no puede haber nada accidental), sino reales; subsisten realmente en la esencia divina. Por consiguiente, precisamente la esencia divina en su unidad, al implicar las relaciones, implica la diversidad de las personas (Sum. theol., I, q. 27-32, y en especial q. 29, a. 4 c). Según Santo Tomás, esta aclaración basta para demostrar que "lo que la fe revela no es imposible". Esto es todo lo que debe hacerse en estos asuntos, en que cualquier intento de demostración es más nocivo que meritorio, ya que puede inducir a los incrédulos a suponer que los cristianos se basan para creer en razones carentes de valor necesario
(Ibid., I, q. 32, a. 1).
En cuanto a la Encarnación, la dificultad consiste en comprender cómo en la única persona de Jesucristo haya dos naturalezas, una divina y otra humana. La Iglesia tuvo que condenar, ya en el siglo V, dos interpretaciones opuestas de este dogma, y a estas dos interpretaciones reduce Santo Tomás las otras para poder refutarlas. La herejía de Eutiquio (§ 154), que insistiendo en la unidad de la persona de Cristo, reducía a una sola las dos naturalezas: la divina. La herejía de Nestorio (§ 154), en cambio, insistiendo en la dualidad de naturalezas, admitía en Jesucristo dos personas que coexistían a la vez: la persona humana como instrumento de la divina.
La distinción real entre esencia y existencia en las criaturas, y su unificación en Dios, proporcionan a Santo Tomás la clave de la interpretación. La esencia o naturaleza divina se identifica con el ser de Dios. Por lo tanto, Jesucristo, por tener naturaleza divina, es Dios, subsiste en cuanto Dios, como persona divina; de modo que es una sola persona, la divina. Por otra parte, dado que la naturaleza fiumana puede -separarse de la existencia, puede muy bien tomar la naturaleza humana (que es alma racional y cuerpo) sin ser una persona humana (Contra Gent., IV, 49). Así se comprende cómo la naturaleza humana pudo ser tomada por Cristo, que revistiéndose de ella la ha ennoblecido, elevado y hecho de nuevo digna de la gracia divina (Sum. theol., III, q. 2, a. 5-6).
Para Santo Tomás, la creación es artículo de fe sólo en el sentido de inicio del tiempo, y no en el sentido de ser producida de la nada. Santo Tomás dice que puede admitirse que el mundo sea producido de la nada y, por consiguiente, hablar de creación, sin admitir que venga después de la nada; así lo hizo Avicena en su Metafísica (IX, 4). Y se puede decir que si hubiera un pie impreso en el polvo eternamente, nadie dudaría de que la huella fuera producida por el pie; pero con ello no se admitiría un inicio en el tiempo de la huella (San Agustín, De civ. Dei, XI, 4). Es decir, que los argumentos a favor de un comienzo del mundo en el tiempo, no son concluyentes. Por otra parte, tampoco concluyen necesariamente los que pretenden demostrar la eternidad del mundo. Entre estos últimos, el más conocido de los aristotélicos, es el basado en la eternidad de la materia primera. Si el mundo ha empezado a existir con la Creación, quiere decir que antes de la Creación podía existir, es decir, que era una posibilidad. Pero toda posibilidad es materia que se actualiza al recibir la forma. Por consiguiente, antes de la Creación existía la materia del mundo. Pero no puede haber materia sin forma; y materia y forma juntas constituyen el mundo; luego, si admitimos la Creación en el tiempo, el mundo existiría antes de comenzar a existir, lo cual es imposible. A ello Santo Tomás contesta diciendo que antes de la Creación, el mundo era posible sólo porqué Dios podía crearlo y porque su creación no era imposible; no se puede deducir de esto la existencia de una materia. A los demás argumentos tomados también de Aristóteles, de que los cielos están formados de materia no ingenerable e incorruptible y que por ello son eternos, Santo Tomás los combate diciendo que la ingenerabilidad y la incorruptibilidad de los cielos y, por lo tanto, del mundo, ha de entenderse per modum naturalem, es decir, en relación con los procesos naturales de formación de las cosas, y no con relación a la Creación. De modo que ni siquiera los argumentos que podrían demostrar la eternidad del mundo tienen valor necesario. La conclusión es que no puede demostrarse ni el comienzo en el tiempo ni la eternidad del mundo; y esto deja libre el camino para creer en la Creación en el tiempo: id credere maxime expedit (Sum. theol., I, q. 46, a. 1-2).

ETICA
De la quinta prueba de la existencia de Dios se deduce que Dios dirige todas las cosas a su fin supremo, que es El mismo, en cuanto Sumo Bien. El gobierno divino del mundo que ordena el mundo hacia su fin es la providencia. Cada cosa, incluso el hombre, está sometida a la providencia divina. Pero esto no quiere decir que todo suceda necesariamente y que el designio providencial excluya la libertad del hombre, ya que este designio no sólo establece que las cosas suceden, sino también el modo como suceden.
Por ello ordena previamente las causas necesarias para las cosas que han de suceder necesariamente, y las causas contingentes para las cosas que han de suceder contingentemente. De este modo, la libre acción del hombre forma parte de la providencia divina (Sum. theol., I, q. 22, a. 4). Y la libertad de hombre no es anulada tampoco por la predestinación a la beatitud eterna.
Esta beatitud, que consiste en ver a Dios, el hombre no puede alcanzarla con sólo sus fuerzas naturales y, por lo tanto, ha de ser guiado por Dios mismo.
Pero con ello Dios no fuerza al hombre: porque forma parte, de la predestinación, que es un aspecto de la providencia, que el hombre pueda alcanzar libremente la felicidad para que Dios libremente le ha elegido (Ibid., I, q. 23, a. 6). Providencia y predestinación presuponen Impresciencia divina, con la cual Dios prevé los futuros contingentes, es decir, las acciones cuya causa es la libertad humana. La presciencia divina es cierta e infalible, porque incluso están presentes en ella las cosas futuras; por ello ve ponerse en acto aquellas acciones libres que no siendo predestinadas necesariamente por sus causas, el hombre no puede prever. En Dios, que es la eternidad misma, todo el tiempo está presente y, por tanto, también están presentes las acciones futuras de los hombres. El las ve, pero al verlas no les quita la libertad, como no la quita el que asiste al momento en que se cumplen (Ibid., I, q. 14, a. 13).
Por consiguiente, la voluntad humana es un libre albedrío que no es eliminado ni disminuido por la ordenación finalista del mundo ni por la presciencia divina, ni siquiera por la gracia, que es una ayuda extraordinaria de Dios, concedida gratuitamente. "Dios, dice Santo Tomás (Ibid., I, 2, q. 113, a. 3), mueve todas las cosas del modo que es propio a cada una de ellas.
Así, en el mundo natural, mueve de determinada manera los cuerpos ligeros y de distinta manera los pesados, a causa de su diferente naturaleza. Por lo mismo, inclina el hombre hacia la justicia según la condición propia de la naturaleza humana. Por su propia naturaleza el hombre tiene el libre albedrío. Y, por tener libre albedrío, el movimiento hacia la justicia no lo produce Dios independientemente del libre albedrío: Dios infunde el don de la gracia justificante de manera que incita al libre albedrío a aceptar ese don. "La presencia del mal en el mundo es debida al libre albedrío del hombre.
Santo Tomas admite la teoría platónico-agustiniana de la no-sustancialidad del mal: el mal sólo es falta de bien. Ahora bien, todo lo que existe es bien, y es bien en el grado y medida en que existe; pero como el orden del mundo exige también la realidad de los grados inferiores del ser y del bien, que parecen (y son) deficientes, y, por lo tanto, malos con relación a los grados superiores, podemos decir que el propio orden del mundo exige el mal. El mal es de dos clases: pena y culpa. La pena es deficiencia deforma (realidad o acto) o de una de sus partes, necesaria para la integridad de la cosa, por ejemplo, la ceguera es falta de vista. La culpa es la deficiencia de una acción, que o no ha sido hecha o no ha sido hecha del modo debido. Como en el mundo todo está sujeto a la providencia divina, el mal, en cuanto defecto o falta de integridad, siempre es pena. Pero el mal mayor es la culpa, que la providencia trata de eliminar o corregir mediante la pena (Ibid., I, q. 48,a. 5-6).
Ahora bien, la culpa (o pecado) es el acto humano de escoger deliberadamente el mal, es decir, la actuación disconforme con el orden de la razón y de la ley divina (II, 1, q. 21, a. 1). El hombre tiene la facultad de percibir y tender al bien. En efecto, como hay en él una disposición (habitus) natural a entender los principios especulativos, de los que todas las ciencias dependen, también tiene una disposición (habitus) natural para entender los principios prácticos, de los que dependen todas las buenas acciones. Este habitus natural práctico es la sindéresis, que nos inclina al bien y nos aparta del mal; el acto derivado de esta disposición, y que consiste en aplicar los principios generales de la acción a una determinada acción es la conciencia (Sum. theol., I, q. 79, a. 12-13).
Las virtudes están basadas en este habitus general del entendimiento práctico. Acerca de ello, Santo Tomás aclara la característica indeterminación y libertad que son propios del habitus. Las potencias (o facultades) naturales sólo pueden actuar de una manera: no pueden elegir, carecen de libertad, y actúan de modo constante e infalible. En cambio, las potencias racionales, propias del hombre, no están determinadas en un solo sentido: pueden actuar en diferentes direcciones, según su libre elección; y por ello la elección que han hecho de la dirección en que actúan origina una disposición constante, que no es necesaria ni infalible, y que es el habitus (II, 1, q. 55, a. 1). En este sentido las virtudes son habitus, disposiciones prácticas para vivir rectamente y huir del mal. Santo Tomás toma de
Aristóteles la distinción entre virtudes intelectuales y virtudes morales-, de éstas las principales o cardinales, a las que se reducen las demás, son: justicia, templanza, prudencia y fortaleza. Las virtudes intelectuales y las morales son virtudes humanas: conducen a la felicidad que puede alcanzar el hombre con las mismas fuerzas naturales en esta vida. Pero estas virtudes no bastan para conseguir la beatitud eterna: son precisas las virtudes teologales, que Dios ha infundido directamente en el hombre: la fe, esperanza y caridad.

POLÍTICA
El fundamento de la teoría política de Santo Tomás es aquella teoría del derecho natural que constituye uno de los mayores legados dejados por el estoicismo al mundo antiguo y moderno y que, en la época de Santo Tomás, había sido adoptado como fundamento del propio derecho canónico. Según Santo Tomas, nay una ley eterna, o sea, una razón que gobierna todo el universo y que existe en la mente divina; de esta ley eterna, la ley de la naturaleza, que está en los hombres, es un reflejo o una "participación" (S.th., II, 1, q. 91, a. 1-2). Esta ley de naturaleza se concreta en tres inclinaciones fundamentales: 1a una inclinación hacia el bien natural, que el hombre comparte con cualquier sustancia, la cual —en cuanto tal— desea la propia conservación; 2a una inclinación especial a actos determinados, que son aquellos que la naturaleza ha enseñado a todos los animales, como la unión del macho con la hembra, la educación de los hijos y otros parecidos; 3ª la inclinación al bien según la naturaleza racional que es propia del hombre, como lo es la inclinación a conocer la verdad, a vivir en sociedad, etc. (S. tb., II, 1, q. 94, a. 2). Además de esta ley eterna, que es para el hombre ley de naturaleza, existen otras dos clases de leyes: la humana 'inventada por los hombres y merced a la cual se dispone de modo particular de las cosas a las que se refiere la lev de naturaleza" (Ib., II, 1, q. 91, a. 3); v la divina que es necesaria para encaminar al hombre a su fin sobrenatural (Ib., a. 4) Santo Tomás afirma, conforme a la teoría del derecho natural que no es ley la ley que no sea justa y que por lo tanto "de la ley natural, que es la primera regla de la razón, debe derivarse toda lev humana" (Ib., q. 95, a. 2).
Según Santo Tomás, es la colectividad la que ha de dictar las leves. "La lev, dice (II, 1, q. 90, a. 3), tiene como fin primero v fundamental dirigir hacia el bien común. Ahora bien, ordenar algo para conseguir el bien común es propio de toda colectividad (multitudo), o de quien hace las veces de toda la colectividad. Por consiguiente, establecer leyes corresponde a toda la colectividad o a la persona pública que cuida de la colectividad entera; porque en todas las cosas sólo puede dirigir hacia el fin aquel a quien el fin mismo pertenece." De este modo, Santo Tomás afirmó explícitamente el origen popular de las leyes. Sin embargo, cree que entre las formas de gobierno citadas por Aristóteles, la mejor es la monarquía, es decir, la que mejor garantiza el orden y la unidad del Estado v la más semejante al gobierno divino del mundo (De regimine princ., I, 2). Pero si bien el Estado puede encaminar los hombres hacia la virtud, no puede encaminarlos a gozar de Dios, que es su fin último.
Este gobierno espiritual sólo corresponde a aquel rey que no sólo es hombre, sino también Dios, es decir, a Jesucristo. Y, como el fin menos alto está subordinado al más alto y supremo, del mismo modo el gobierno civil ha de subordinarse al religioso propio de Cristo y que Cristo confió no a los reyes terrenales, sino al Papa. A él, como al mismo Señor Jesucristo, han de estar sometidos todos los reyes del pueblo cristiano. Pues a aquél a quien corresponde velar por el fin último han de someterse los que cuidan de fines subordinados: éstos han de estar bajo su mando" (De reg. pnnc., I, 14).

ESTÉTICA
Santo Tomás ha expuesto también, incidentalmente, un grupo de doctrinas estéticas, tomadas del seudo Dionisio, y así, de inspiración neoplatónica. Lo bello es, para Santo Tomás un aspecto del bien. Es idéntico al bien, porque«l bien es aquello que todos desean, es decir, el fin; también lo bello es deseado v, por tanto, también es un fin. Pero la que se desea de lo bello es la visión (aspectus) o el conocimiento: a diferencia del bien, lo bello está en relación con la facultad de conocer. Por ello, la belleza sólo.se refiere a los sentidos que tienen mayor valor cognoscitivo, o sea, la vista y el oído, que sirven a la razón; llamamos bellas las cosas visibles y los sonidos ; pero no los sabores y los olores.
En la belleza lo que nos place no es el objeto, sino la aprehensión (apprehensio) del objeto (Sum. tbeol., I, q. 5, a. 4; II, 1, q. 27, a. 1).
Siguiendo al seudo Dionisio (De div. nom., cap. 4, 7), Santo Tomás atribuye a lo bello tres características o condiciones fundamentales: la integridad o perfección, porque lo que es inacabado o fragmentario es feo; la proporción o congruencia de las partes; la claridad. Pero estas características no sólo se dan en las cosas sensibles, sino también en las espirituales, que, por lo tanto, también tienen su propia belleza. Si decimos que un cuerpo es bello cuando sus miembros son proporcionados y tiene el color debido, también llamamos hermoso un discurso o una acción bien proporcionada y que tiene la claridad espiritual de la razón. Y la virtud es bella porque, con la razón, modera las acciones humanas (Sum. tbeol., II, q. 2, a. 1).
Además, se llama hermosa una imagen si representa perfectamente su objeto, aunque sea feo. En este sentido, Santo Tomás, siguiendo a San Agustín (De Trin., VI, 10), ve la belleza perfecta en el Verbo de Dios, que es la imagen perfecta del Padre (Sum. tbeol., I, q. 39, a. 8).

Fuente: NICOLÁS ABBAGNANO