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Filosofia Medieval: Cap IV, San Agustin



FIGURA HISTÓRICA
Por primera vez en la personalidad de Agustín la especulación cristiana realiza su pleno y auténtico significado humano. La investigación teológica cesa para el de ser puramente objetiva, como había ocurrido aun en las más poderosas personalidades de la patrística griega, para hacerse más interior y acomodarse al mismo hombre que la realiza.
El problema teológico es en San Agustín el problema del hombre Agustín: el problema de su dispersión y de su inquietud, el problema de su crisis y de su redención, el problema de su razón especulativa y de su obra de obispo. Lo que Agustín dio a los otros es lo que ha conquistado para sí mismo. La sugestión y la fuerza de su enseñanza, que no han disminuido a través de los siglos, aunque hayan cambiado los términos del problema, surgen precisamente del hecho de que en toda referencia inmediata a la vida, no ha buscado y conseguido más que la claridad sobre sí mismo y sobre su propio destino, el significado auténtico de su vida interior.
El centro de la investigación agustiniana coincide verdaderamente con el centro de su personalidad. La actitud de la confesión no está limitada sólo a su famoso escrito, sino que es la posición constante del pensador y del hombre de acción que, en todo lo que dice o emprende, no tiene otra finalidad que la de ponerse en claro consigo mismo y de ser lo que debe ser.
Por esto declara que no quiere conocer otra cosa que el alma y Dios, y se mantiene constantemente fiel a este programa. El alma, esto es, el hombre interior, el yo en la simplicidad y verdad de su naturaleza. Dios, esto es, el ser en su trascendencia y en su valor normativo, sin el cual no es posible admitir la verdad del yo. Por esto los problemas teológicos están siempre en él sólidamente unidos al problema del hombre, que los hace objeto de investigación; y toda solución de esos problemas es siempre justificación de la investigación humana que conduce a ella. Agustín ha recogido lo mejor de la especulación patrística precedente; y los conceptos teológicos fundamentales, ya entonces adquiridos por la especulación y aceptados por la Iglesia, no tienen en su obra desarrollos sustanciales. Pero se enriquecen con un calor y un significado humano que antes no poseían, se convierten en elementos de vida interior para el hombre, ya que son tales para él, para San Agustín. Y de esta manera consigue unirlos a las inquietudes y a las dudas, a la necesidad de amor y felicidad que son propios del hombre: fundamentarlos, en una palabra, en la investigación. Esta halla en la razón su disciplina y su rigor sistemático, pero que no es una exigencia de pura razón.
Todo el hombre busca: cada parte o elemento de su naturaleza, en la intranquilidad de su finitud, se mueve hacia el Ser, que es el único que puede darle consistencia y estabilidad. San Agustín presenta en la especulación cristiana la exigencia de la investigación, con la misma fuerza con que Platón la había presentado en la filosofía griega.
Pero, a diferencia de la platónica, la investigación agustiniana radica en el terreno de la religión. Desde el comienzo San Agustín abandona la iniciativa de la misma a Dios: Dad quod iubes et iube quod vis. Sólo Dios determina y guía la investigación humana, sea como especulación, sea como acción; y así la especulación es, en su verdad, fe en la revelación, y la acción es, en su libertad, gracia concedida por Dios. La polémica antipelagiana ofreció a San Agustín ocasión de expresar en la forma más fuerte y vigorosa el fondo de su convicción; pero no constituye una ruptura en su personalidad, una victoria del hombre de iglesia sobre el pensador. Ya que en él el pensador vive por dentro en la esfera de la religiosidad, la cual necesariamente encuentra solamente en Dios la iniciativa de la investigación y halla, por consiguiente, su mejor expresión en la frase: Dios es nuestra única posibilidad.

VIDA
Aurelio Agustín nació el 354 en Tagaste del África romana. Su padre, Patricio, era pagano; su madre, Mónica, cristiana, y ejerció sobre el hijo una profunda influencia. Pasó su niñez y adolescencia entre Tagaste y Cartago; de temperamento ardiente, opuesto a toda clase de frenos, llevó en este período una vida desordenada y disoluta, de lo cual se acusó ásperamente en las Confesiones. Cultivaba, no obstante, los estudios clásicos, especialmente latinos, y se ocupaba con pasión de la gramática, hasta considerar (como confiesa con horror, Conf., I, 8) un solecismo cosa más grave que un pecado mortal.
Hacia los 19 años, la lectura del Hortensio de Cicerón, le condujo a la filosofía. La obra de Cicerón (que se ha perdido) era, como hemos dicho (§ 10), una exhortación a la filosofía que seguía de cerca las huellas del Protréptico de Aristóteles. En virtud de ella, San Agustín, del entusiasmo por las cuestiones formales y gramaticales, se encaminó al entusiasmo por los problemas del pensamiento, y por vez primera fue encaminado a la investigación filosófica. Se adhirió entonces (374) a la secta de los maniqueos (§ 139). Desde los 19 años comenzó a enseñar retórica en Cartago y conservó tal ocupación en esta ciudad hasta los 29 años, entre los amores de mujeres y el afecto de los amigos, de lo que se acusó y arrepintió igualmente después. A los 26 o 27 años compuso su primer libro, Sobre lo bello y lo conveniente (De pulchro et apto), que se ha perdido. Su pensamiento iba madurando; leyó y comprendió por sí mismo el libro de Aristóteles De las categorías y otros escritos y entretanto formulaba las primeras dudas sobre la verdad del maniqueísmo, dudas que se confirmaron cuando vio que ni siquiera Fausto, el más famoso maniqueo de sus tiempos, sabía resolverlas. A los 29 años, en el 383, se dirigió a Roma con intención de continuar allí su enseñanza de la retórica; iba movido por la esperanza de encontrar en aquella ciudad una estudiantina menos díscola y más preparada que la de Cartago, y quizá también por la ambición de obtener éxito y dinero. Pero sus esperanzas no se realizaron y al cabo de un año se dirigió a Milán para enseñar oficialmente retórica, cargo que había obtenido por el prefecto Simaco. El ejemplo y la palabra del obispo Ambrosio le persuadieron de la verdad del cristianismo y se hizo catecúmeno. En Milán se le reunió su madre, cuya influencia tuvo una importancia decisiva en la crisis espiritual de Agustín. La lectura de los escritos de Plotino en la traducción de Mario Victorino, un famoso retórico que se había convertido al cristianismo, dio a Agustín la orientación definitiva. No halló en los libros neoplatónicos la encarnación del Verbo y, por consiguiente, el camino de la humildad cristiana; pero halló en ellos confirmada y demostrada claramente la incorporeidad e incorruptibilidad de Dios, y esto le libertó definitivamente del materialismo, al cual había permanecido hasta entonces atado, hasta creer que el Universo estaba lleno de Dios, a la manera de una gigantesca esponja que ocupase el mar (Conf., VII, 5).
En otoño del 386, Agustín deja la enseñanza y se retira, con una pequeña compañía de parientes y amigos, en la villa de Verecondo, a Cassiciaco, cerca de Milán. De la meditación en esta villa y de las conversaciones con sus amigos nacen sus primeras obras: Contra los académicos, Del orden, Sobre la felicidad, Soliloquios. El 25 de abril del 387 recibía el bautismo de manos de Ambrosio. Entonces se convence con certeza de que su misión era la de difundir en su patria la sabiduría cristiana; pensó, pues, en el regreso. En
Ostia, esperando su embarque, pasó con su madre días de inmensa alegría espiritual, tratando con ella sobre cuestiones religiosas; pero Mónica murió allí. Desde aquel momento la vida de San Agustín es una continua búsqueda de la verdad y una continua lucha contra el error. Después de una nueva permanencia en Roma, volvió a Tagaste, donde en el año 391 fue ordenado sacerdote; en el 395 fue consagrado obispo de Hipona. Su actividad se dirigió entonces a defender y esclarecer los principios de la fe, mediante una investigación de la cual la es más el resultado que el presupuesto, pero también a combatir a los enemigos de la fe y de la Iglesia: el maniqueísmo, el donatismo y el pelagianismo. El saqueo de Roma, perpetrado en el 410 por los godos de Alarico, había vuelto a dar actualidad a la vieja tesis de que la seguridad y la fuerza del Imperio romanos estaban ligados al paganismo, y que el cristianismo representaba para él un elemento de debilidad y de disolución. Contra esta tesis, San Agustín compuso, entre el 412 y 426, su obra maestra: La ciudad de Dios. Pero, entretanto, un azote análogo, la invasión de los vándalos, se abatió en el 428 sobre el África romana. Ya hacía tres meses que las tropas de Genserico asediaban a Hipona, cuando, el 28 de agosto del 430, moría Agustín.

OBRAS
Los primeros escritos de Agustín que han llegado hasta nosotros son los que compuso en Cassiciaco: Contra los académicos, De la felicidad, Del orden, Soliloquios. De una exposición completa de todas las artes liberales acabó, en Tagaste, sólo la parte que se refiere a la Música. En Roma, mientras esperaba embarcarse para África, compuso el escrito Sobre la cantidad del alma, referente a las relaciones entre el alma y el cuerpo.
Vuelto a Tagaste acabó el escrito Sobre el libre albedrío, que había empezado en Roma; compuso el titulado Sobre el "Génesis" contra los maniqueos, el diálogo Del maestro y el libro De la verdadera religión, que es uno de sus escritos filosóficos más notables. La polémica contra los maniqueos le tuvo ocupado largamente. Sus escritos polémicos contra la secta son numerosos (Sobre la utilidad de creer, compuesto en el 391 en Hipona; De las dos almas, Contra Fortunato, Contra Adimanto, Contra Fausto, Sobre la naturaleza del bien y otros). Convertido en obispo, San Agustín dirigió su polémica, por un lado, contra los-donatistas que propugnaban una iglesia africana independiente y resueltamente hostil al Estado romano (§ 165), y, por otro lado, contra los pelagianos, que negaban o al menos limitaban la acción de la gracia divina. Contra los donatistas compuso, entre el 393 y el 420, muchos escritos (Contra la carta de Parmeniano, Sobre el bautismo, contra los donatistas, Contra las Cartas de Petiliano donatista, Cartas a los católicos contra los donatistas, Contra el gramático Cresconio, Sobre el único bautismo, Contra Petiliano, etc.); así como el De diversis quaestionibus 83. Contra los pelagianos, Agustín abrió su lucha en el año 412, con el escrito Sobre la culpa γ la remisión de los pecados y sobre el bautismo de los niños, al cual siguieron: Sobre el espíritu γ sobre la letra, a Marcelino, De la naturaleza γ de la gracia, Carta a los obispos Eutropio y Pablo, Sobre la gesta de Pelagio, La gracia de Cristo y el pecado original, y otros varios.
Con ocasión de una carta de San Agustín, en el 418 (Ep., 194), los monjes de Adrumeto (Susa) empezaron a rebelarse contra sus abades, sosteniendo que, puesto que la buena conducta depende solamente del socorro divino, sus superiores no debían dar órdenes, sino solamente elevar oraciones a Dios para su mejoramiento espiritual. Para tranquilizar e iluminar a aquellos monjes sobre el verdadero significado de su doctrina, Agustín compuso, en el 426 o 427, el escrito Sobre la gracia y el libre arbitrio y el De la corrección y de la gracia.
Como el movimiento pelagiano se difundía en la Galia meridional, en la forma atenuada que se llamó después semipelagianismo, la cual declaraba inútil la gracia en el comienzo de la obra de salvación y en la perseverancia de la justificación conseguida, Agustín escribió contra esta doctrina otros dos escritos: De la predestinación de los santos y Del don de la perseverancia. Junto a éstas y otras obras polémicas menores, componía el importante escrito De la Trinidad, el de Sobre la doctrina cristiana, la obra exegetica DelGénesis al pie de la letra, y su obra más amplia: La ciudad de Dios (413-426). Hacia el 400 compuso los trece libros de las Confesiones, que son la obra clave de su personalidad de pensador. Hacia el fin de su vida, en el 427, en las Retractaciones, daba una mirada retrospectiva sobre toda su obra literaria, a partir de su conversión en el 386. Agustín recuerda, por orden cronológico, y uno por uno, todos sus escritos, excepto las cartas y sermones, y a menudo indica la ocasión y la finalidad de su composición y hace una revisión crítica de las doctrinas contenidas en ellos, corrigiendo sus errores o imperfecciones dogmáticas. La obra es una guía preciosa para comprender el desarrollo de la actividad literaria de Agustín.

CARACTERES DE LA INVESTIGACIÓN AGUSTINIANA
San Agustín ha sido llamado el Platón cristiano. Esta definición no es verdadera tanto porque en su doctrina se encuentran vislumbres y motivos doctrinales del auténtico Platón o del neoplatonismo, cuanto porque renueva en el espíritu del cristianismo aquella investigación que había sido la realidad fundamental de la especulación platónica. La fe está, según Agustín, al final de la investigación, no en sus comienzos. Ciertamente la fe es condición de la investigación, que no tendría, sin ella, ni dirección ni guía; pero la investigación se dirige hacia su condición y trata de esclarecerla con la profundización constante de los problemas que suscita. Por esto la investigación encuentra fundamento y guía en la fe y la fe halla su consolidación y enriquecimiento en la investigación. Por un lado, impulsando a esclarecer y profundizar su propia condición, la investigación se extiende y se robustece porque se aproxima a la verdad y se basa en ella; por otro, la fe misma se alcanza y posee a través de la investigación en su realidad más rica y se consolida en el hombre triunfando de la duda. Nada hay tan contrario al espíritu de Agustín como la pura gnosis, un conocimiento puramente racional de lo divino, excepto tal vez la afirmación exasperada de la irracionalidad de la fe, tal como se encuentra en Tertuliano.
Para Agustín, la investigación afecta a todo el hombre, y no solamente al entendimiento. La verdad a la que él tiende es también, según la frase evangélica, el camino y la vida. Buscarla significa buscar el verdadero camino y la verdadera vida. Por esto no sólo la mente tiene necesidad de ella, sino el hombre entero, y debe satisfacer y dar reposo a todas las exigencias del hombre. Por otro lado, la investigación agustiniana se impone una rigurosa disciplina: no se abandona fácilmente a creer, no cierra los ojos ante los problemas y dificultades de la fe, no procura evitarlos y eludirlos, sino que los afronta y considera incesantemente, volviendo sobre las propias soluciones, para profundizarlas y esclarecerlas. La racionalidad de la investigación no equivale para Agustín a su organización como sistema, sino más bien a su disciplina interior, al rigor del procedimiento que no se detiene frente al límite del misterio, sino que hace de este límite y del mismo misterio punto de referencia y base. El entusiasmo religioso, el ímpetu místico hacia la Verdad no obran en él como fuerzas contrarias a la investigación, sino que robustecen la misma investigación, le dan un valor y un calor vital. De aquí surge el enorme poder de sugestión que la personalidad de Agustín ha ejercido, no solamente sobre el pensamiento cristiano y medieval, sino también sobre el pensamiento moderno y contemporáneo.

EL FIN DE LA INVESTIGACIÓN: DIOS Y EL ALMA
Al comienzo de los Soliloquios (I, 2), que es una de sus primeras obras, Agustín declara el fin de su investigación: "Yo deseo conocer a Dios y el alma. ¿Nada más? Nada más absolutamente." Y tales han sido, en realidad, los términos hacia los cuales se dirige constantemente su especulación desde el principio hasta el fin. Pero Dios y el alma no requieren, para Agustín, dos investigaciones paralelas o quizá diversas. Dios, en efecto, está en el alma y se revela en la más recóndita intimidad del alma misma. Buscar a Dios significa buscar el alma y buscar el alma significa replegarse sobre sí mismo, reconocerse en la propia naturaleza espiritual, confesarse. La actitud de la confesión, que ha dado origen a la más famosa de las obras agustinianas, es en realidad desde el principio la posición fundamental de San Agustín, que él constantemente mantiene y observa en toda su actividad de filósofo y hombre de acción. Esta actitud no consiste en describir para sí mismo o para otros las alternativas de la propia vida interna o externa, sino en esclarecer todos los problemas que constituyen el núcleo de la propia personalidad.
Las mismas Confesiones no son una obra autobiográfica: la autobiografía es un elemento de las mismas, que proporciona los puntos de referencia de los problemas de la vida de San Agustín, pero no es su carácter fundamental y dominante, y tanto es así que en un cierto punto, en el libro X, cesa toda referencia autobiográfica y San Agustín pasa a tratar en los otros tres libros problemas de especulación puramente teológica. El esfuerzo de San Agustín en esta obra está dirigido a proyectar luz sobre los problemas que constituyen su misma existencia. Cuando aclara la naturaleza de la inquietud que ha dominado la primera parte de su vida y le ha conducido a disiparse y divagar desordenadamente, se da cuenta de que en realidad nunca ha deseado otra cosa que la verdad, de que la verdad es Dios mismo, de que Dios se halla en el interior de su alma. ‘No salgas de ti mismo, vuelve a ti, en el interior del hombre habita la verdad; y si encuentras que tu naturaleza es mudable, levántate por encima de ti mismo" (De vera rel., 39). Solamente la vuelta a sí mismo, el encerrarse en la propia interioridad es verdaderamente abrirse a la verdad y a Dios. Es menester llegar hasta el más íntimo y escondido núcleo del yo, para encontrar más allá de él ("levántate por encima de ti misino") la verdad y a Dios.
En la búsqueda de esta interioridad que se trasciende y se abre a Dios, se encuentra una certeza fundamental que elimina la duda. No fue casualidad que la carrera de escritor de San Agustín empezase con una refutación del escepticismo académico. No puede uno detenerse en la duda, como pretendían los académicos, y suspender el asentimiento.
Quien duda de la verdad, está cierto de que duda, esto es, de que vive y piensa; tiene, por consiguiente, en la misma duda una certeza que le sustrae de la duda y le lleva a la verdad (Contra acad., I I I , 11; De vera rel., 39; De Trin., X, 10).
Esta movilidad del pensamiento por la cual el mismo acto de la duda se toma como fundamento de una certeza, que no es inmóvil, porque significa solamente que se puede y debe buscar, se volverá a encontrar en los comienzos de la filosofía moderna en Descartes. En Agustín significa que la vida interior del alma no puede pararse ante la duda, que hasta la duda permite al alma elevarse más allá de sí misma hacia la verdad.
La verdad es, pues, al mismo tiempo interior al hombre y trascendente. El hombre no puede buscarla si no es encerrándose en sí mismo, reconociéndose en lo que es, confesándose con absoluta sinceridad. Pero no puede reconocerse y confesarse si no es por la verdad y frente a la verdad: la cual, por consiguiente, se afirma precisamente en aquel acto, en toda su trascendencia, como guía y luz de la investigación. La verdad se muestra precisamente trascendente al que la busca como debe buscarse, en lo íntimo de la conciencia. La verdad, en efecto, no es el alma, sino la luz que desde lo alto guía y llama a la sinceridad del reconocimiento de sí misma y a la humildad de la confesión. La verdad no es la razón, sino que es la ley de la razón, esto es, el criterio del cual se sirve la razón para juzgar las cosas. Si la razón es superior a las cosas que juzga, la ley a base de la cual juzga es superior a la razón. El juez humano juzga a base de la ley; pero no puede juzgar la ley misma. El legislador humano, si es honrado y prudente, juzga las leyes humanas, pero consulta, al hacer esto, la ley eterna de la razón.
Pero esta ley sobrepasa todo juicio humano, porque es la verdad misma en su trascendencia (De vera rel., 30-31).

LA BÚSQUEDA DE DIOS
La verdad es Dios: éste es el principio fundamental de la teología agustiniana. El carácter fundamental de la verdad reside en el hecho que ella nos revela lo que es, en contraste con la falsedad, que nos hace aparecer o creer lo que no es. La verdad es la revelación del ser como tal. Es el ser que se revela, el ser que ilumina la razón humana con su luz y le suministra la norma de todo juicio, la medida de cualquier valoración. En esta revelación del ser hecha al hombre en su interior, en este valor suyo para el hombre como principio que ilumina su investigación, consiste la verdad. Pero el Ser que se revela y habla al hombre, el Ser que es Palabra y Razón iluminadora, es Dios en su Logos o Verbo (De vera rel., 36). La verdad no es otra, por tanto, que el Logos o Verbo de Dios. La primera y fundamental determinación teológica del Dios cristiano nace, pues, del planteamiento mismo de la investigación agustiniana. Precisamente en cuanto el hombre busca a Dios en el interior de su conciencia, Dios es para él Ser y Verdad, Trascendencia y Revelación, Padre y Logos. Dios se revela como trascendencia al hombre que incesante y amorosamente le busca en la profundidad de su yo: esto quiere decir que Él no es ser, sino en cuanto es a la vez manifestación de sí mismo como tal, esto es, Verdad: que no es trascendencia sino en cuanto es al mismo tiempo revelación, que no es Padre sino en cuanto también es Hijo, Logos o Verbo que se acerca al hombre para traerle a sí. Las dos primeras personas de la Trinidad se manifiestan al hombre en la investigación; y también la otra, el Espíritu Santo, que es el amor. Dios es Amor, además de Verdad; amor y verdad van juntos porque no puede haber amor si no es por la verdad y en la verdad. Amar a Dios significa amar al Amor, pero no se puede amar al Amor si no se ama a quien ama. No es amor el no amar a nadie. Por esto el hombre no puede amar a Dios, que es Amor, si no ama a los otros hombres. El amor fraterno entre los hombres "no sólo nace de Dios, sino que es Dios mismo" (De Trin., VIII, 12).
Dios se revela como Verdad a quien busca la verdad; Dios se ofrece como amor sólo a quien ama. La búsqueda de Dios no puede ser, pues, solamente intelectual, es también necesidad de amor: parte de la pregunta fundamental: "¿Qué amo, oh Dios, cuando te amo a ti?” (Confesiones, X, 6).
* Aquí está el nudo de la investigación acerca del alma y de Dios, nudo que es el centro de la personalidad de Agustín. No es posible buscar a Dios si no es sumergiéndose en la propia interioridad, confesándose y reconociendo el verdadero ser propio: pero este reconocimiento de Dios como verdad y trascendencia. Si el hombre no se busca a sí mismo puede encontrar a Dios. Toda la experiencia de la vida de Agustín se expresa en esta fórmula, ya que sólo más allá de sí mismo, en lo que trasciende la parte más elevada del yo, se vislumbra, por la misma imposibilidad de alcanzarla, la realidad del ser trascendente. Por un lado, las determinaciones de Dios se fundan en la investigación; por otra parte, la investigación se funda en las determinaciones de la trascendencia divina.
Cierto que el hombre no puede admitir la trascendencia si no busca; pero no puede buscar si la trascendencia no le llama hacia sí, y no le sostiene revelándose en su inescrutabilidad. Dios, por su trascendencia, es el trascendental del alma, la condición de la investigación, de toda su actividad.
Al mismo tiempo, es la condición de las relaciones entre los hombres. Dios es el Amor, que condiciona y hace posible cualquier amor. Pero no es posible reconocerle como amor, y, por tanto, amarle, si no se ama; y no puede amarse más que al prójimo. Amar al Amor significa, en primer lugar, amar; y no se puede amar sino al hombre. El amor fraterno, la caridad cristiana, condiciona la relación entre Dios y el hombre; y al mismo tiempo está condicionada por ella. También aquí el Amor divino, el Espíritu Santo, es en su trascendencia el trascendental de la búsqueda que lleva al hombre hacia los demás hombres.
El tema de toda la investigación de San Agustín es el mismo, y es el tema de su vida: la relación entre el alma y Dios, entre la investigación humana y su término trascendente y divino. Pero esta relación se manifiesta en San Agustín religiosa y no filosóficamente. Su acento no cae sobre la posibilidad humana de la búsqueda de lo trascendente, sino sobre la presencia de lo trascendente al hombre como posibilidad de la investigación. La iniciativa se deja a Dios. Precisamente mientras el hombre se da a la investigación y quema en el ardor de ella las escorias de su humanidad inferior, debe reconocerse que la iniciativa no parte de él, sino de Dios, que él consigue entrar en relación con la trascendencia divina sólo porque ésta se le revela, y llega a amar a Dios, sólo porque Dios le ama. El esfuerzo filosófico se transforma en humildad religiosa, la investigación se convierte en fe. La libertad de la iniciativa filosófica aparece como gracia. La exigencia de referir cualquier esfuerzo, cualquier valor humano a la gracia divina no es un puro resultado de la polémica contra los pelagianos, resultado que negaría los motivos agustinianos más profundos, sino una exigencia intrínseca de la especulación agustiniana. Tal exigencia se funda en la relación con que en la personalidad de Agustín se enlazan la filosofía y la religión, la investigación y la fe: relación de tensión, por la cual se atraen, y al mismo tiempo se oponen una a otra.

EL HOMBRE
La posibilidad de buscar a Dios y de amarle está fundada en la misma naturaleza del hombre. Si fuésemos animales, podríamos amar solamente la vida carnal y los objetos sensibles. Si fuésemos árboles no podríamos amar nada de lo que tiene movimiento y sensibilidad. Pero somos hombres, creados a imagen de nuestro creador, que es la verdadera Eternidad, la eterna Verdad, el eterno y verdadero Amor; tenemos, pues, la posibilidad de volver a él, en el cual nuestro ser no volverá a morir, nuestro saber no tendrá errores, nuestro amor no incurrirá ya en ofensas (De civ. Dei, XI, 28). Esta posibilidad de volver a Dios en la triple forma de su naturaleza, está inscrita en la triple forma de la naturaleza humana, en cuanto imagen de Dios. "Yo soy, yo conozco, yo quiero. Soy en cuanto sé y quiero; sé que soy y quiero; quiero ser y saber. Vea quien pueda cómo en estas tres cosas hay una vida inseparable, una vida única, una mente única, una única esencia, y cómo la distinción es inseparable, y, sin embargo, existe," (Conf., XIII, 11). Los tres aspectos del hombre se manifiestan en las tres facultades del alma humana: la memoria, la inteligencia y la voluntad, las cuales, juntas y cada una por separado, constituyen la vida, la mente y la sustancia del alma. "Yo, dice Agustín (De Trin., X, 18), recuerdo que tengo memoria, inteligencia y voluntad; sé que entiendo, quiero y recuerdo, y quiero querer, recordar y entender." Y recuerdo toda mi memoria, toda la inteligencia y toda la voluntad y de la misma manera, entiendo y quiero todas estas tres cosas; las cuales, pues, coinciden plenamente y, a pesar de su distinción, constituyen una unidad, una sola vida, una sola mente y una sola esencia. En esta unidad del alma que se diferencia en sus facultades autónomas, cada una de las cuales comprende las otras, está la imagen de la trinidad divina: imagen desigual, pero siempre imagen.
La misma estructura del hombre interior hace, pues, posible la búsqueda de Dios. Que el hombre esté hecho a imagen de Dios significa, por tanto, que el hombre puede buscar a Dios, y amarle y referirse a su ser. Dios ha creado al hombre para que éste sea, puesto que el ser, aunque en grado menor, es siempre un bien y el supremo Ser es el supremo Bien; pero el hombre puede alejarse y apartarse del ser, y en tal caso peca. La constitución del hombre como imagen de Dios, si, por una parte, le da la posibilidad de relacionarse con Dios, no le garantiza, por otra, la relación necesaria de esta posibilidad. El hombre, en efecto, es, en primer lugar, un hombre viejo, el hombre exterior y carnal, que nace y crece, envejece y muere. Pero, en segundo lugar, puede ser también hombre nuevo o espiritual, puede renacer espiritualmente y llegar a someter su alma a la ley divina. También este hombre nuevo tiene sus edades, que no se distinguen por el correr del tiempo, sino por su progresivo acercamiento a Dios (De vera rel., 26). Todo individuo es por su naturaleza un hombre viejo; pero debe convertirse en hombre nuevo, debe renacer a la vida espiritual. Este renacimiento se le presenta como alternativa entre la cual debe escoger; o vivir según la carne y debilitar y romper su propia relación con el ser, esto es, con Dios, y caer en la mentira y en el pecado; o vivir según el espíritu estrechando su relación personal con Dios y prepararse para participar de su misma eternidad (De civ. Dei, XIV, 1, 4). Pero la primera elección no es verdaderamente una elección, ni una decisión. La verdadera elección es aquella con la cual el hombre decide adherirse al ser, esto es, relacionarse con Dios.
La causa del pecado, tanto en los ángeles rebeldes como en los hombres, es una sola: la renuncia a esta adhesión. "La causa de la felicidad de los ángeles buenos es que ellos se adhieren a lo que verdaderamente es; mientras que la causa de la miseria de los ángeles malos es que ellos se alejaron del ser y se volvieron hacia sí mismos, que no son el ser. Su pecado fue, pues, el de soberbia" (Ibid., XII, 6). Consubstancial con la soberbia de la voluntad que nos aparta del ser y nos ata a lo que tiene menos ser, es el pecado. El cual, por esto, no tiene causa eficiente, sino causa deficiente, no es una realización (effectio), sino una defección (defectio). Es renuncia a lo sumo para adaptarse a lo inferior. Querer hallar las causas de tal defección es como querer ver las tinieblas u oír el silencio, tales cosas sólo se pueden conocer ignorándolas, mientras que, conociéndolas, se ignoran (Ibid., XII, 7).

EL PROBLEMA DE LA CREACIÓN Y DEL TIEMPO
En cuanto es Ser, Dios es el fundamento de todo lo que es; es, pues, el creador de todo. Y de hecho la mutabilidad del mundo que nos rodea demuestra que no es el ser: ha debido, pues, ser creado, y ha tenido que ser creado por un Ser eterno (Conf., XI, 4). Dios ha creado todas las cosas por medio de la Palabra; pero la palabra de que habla el Génesis no es la palabra sensible, sino el Logos o Hijo de Dios, que es coeterno con él (Ibid., XI, 7).
El Logos o Hijo tiene en sí las ideas, esto es, las formas o las razones inmutables de las cosas, que son eternas como lo es él mismo; y en conformidad con tales formas o razones han sido formadas todas las cosas que nacen y mueren (De div. quaest. 83, q. 46). Estas formas o ideas no constituyen, pues, como quería Platón, un mundo inteligible, sino la eterna e inmutable Razón por medio de la cual Dios ha creado el mundo. Separar el mundo inteligible de Dios sería admitir que Dios está privado de razón en la creación del mundo o antes de ella (Retract., I, 3). Las ideas divinas son comparadas por Agustín a las rationes seminales, de que hablaban los estoicos (§ 93). El orden del mundo, que depende de la división de las cosas en géneros y especies, está garantizado precisamente por las razones seminales, que, implícitas en la mente divina, determinan, en el acto de la creación, la división y ordenación de las cosas individuales.
Algunos Padres de la Iglesia, por ejemplo, Orígenes, sostenían que la creación del mundo era eterna, puesto que no podía suponer un cambio en la voluntad divina. El problema se presenta también a Agustín: "¿Qué hacía Dios antes de crear el cielo y la tierra? “Se podría responder, bromeando: "Preparaba el infierno para quien quiere saber demasiado"; pero sería eludir con una broma un problema serio. En realidad, Dios es autor no sólo de lo que existe en el tiempo, sino del mismo tiempo. Antes de la creación, no había tiempo: no había, por consiguiente, un "antes" y no tiene sentido preguntarse qué hacía "entonces" Dios. La eternidad está por encima de todo tiempo: en Dios nada es pasado ni nada es futuro, porque su ser es inmutable y la inmutabilidad es un eterno presente, en el que nada pasa.
Pero, ¿qué es el tiempo? Ciertamente la realidad del tiempo no es nada permanente. El pasado lo es porque no existe ya, el futuro es tal porque todavía no existe; y si el presente fuese siempre presente y no se transformase continuamente en pasado, no habría tiempo, sino eternidad. A pesar de este continuo huir del tiempo, nosotros conseguimos medirlo y hablamos de un tiempo corto o largo, pasado o futuro. ¿Cómo y dónde efectuamos su medición? Agustín responde: en el alma. No se puede ciertamente medir el pasado, que ya no existe, o el futuro, que todavía no es; pero conservamos el recuerdo del pasado y estamos esperando el futuro. El futuro todavía no existe, pero hay en el alma la espera de las cosas futuras; el pasado ya no existe, pero hay en el alma la memoria de las cosas pasadas. El presente carece de duración y en un instante pasa, pero dura en el alma la atención por las cosas presentes. El tiempo encuentra en el alma su realidad: en la distensión (distensio) de la vida interior del hombre a través de la atención, la memoria y la expectación, en la continuidad interior de la conciencia, que conserva dentro de sí el pasado y tiende hacia el futuro. Partiendo en busca de la realidad objetiva del tiempo, Agustín llega, en cambio, a aclarar su subjetividad. Una vez más el replegarse de la conciencia sobre sí misma aparece como método que resuelve un problema fundamental.

LA POLÉMICA CONTRA EL MANIQUEISMO
Una vez alcanzada la determinación de la naturaleza del pecado, San Agustín se encontraba en disposición de abordar el problema del mal en el mundo y combatir victoriosamente las afirmaciones de los maniqueos. Lo que, según San Agustín, desmiente irrefutablemente el principio mismo del maniqueísmo, es el carácter fundamental de Dios: la incorruptibilidad que es propia de Dios, por cuanto es el mismo Ser. La argumentación de su amigo Nebridio hacia ver el contraste entre este carácter de la divinidad y la tesis de los maniqueos. Estos admitían que Dios debía combatir eternamente con el principio del mal. Pero si el principio del mal puede dañar a Dios, Dios no es incorruptible, porque puede recibir una ofensa. Y si no puede ser dañado, no hay ningún motivo para que Dios haya de combatir (Conf., VII, 2). De modo que el reconocimiento de la incorruptibilidad de Dios quita todo fundamento a la afirmación maniquea de un principio del mal; pero, al mismo tiempo, vuelve a proponer en toda su grandeza y urgencia el problema del mal en el mundo. Si Dios es el autor de todo, aun del hombre, ¿de dónde procede el mal? Si el diablo es el autor del mal, ¿de dónde procede el diablo? Si el mal depende de la materia de que el mundo está formado, ¿por qué Dios al ordenarla dejó en ella un residuo de mal? Cualquiera que sea la solución a que se recurra, la realidad del mal contradice a la bondad perfecta de Dios: no queda, pues, otra solución que negar la realidad del mal; y tal es la solución por la que se decide Agustín.
Todo lo que es, en cuanto es, es bien. Aun las cosas corruptibles son buenas, ya que si no fueran tales no podrían, al corromperse, perder su bondad. Pero a medida que se corrompen, no pierden la bondad solamente, sino también la realidad; ya que si perdieran la bondad y continuasen existiendo, llegarían a un punto en que estarían privadas de toda bondad, y con todo serían reales: por consiguiente, incorruptibles. Pero lo incorruptible es Dios y es absurdo suponer que, al corromperse, las cosas se acercan a Él. Es menester, por lo tanto, admitir que a medida que se corrompen, las cosas pierden su realidad, que el mal absoluto es la nada absoluta y que el ser y el bien coinciden (Conf., VII, 12 sigs.).
No puede, pues, haber otro mal en el mundo sino el pecado y la pena del pecado. Ahora bien, el pecado consiste, como se ha dicho, en la deficiencia de la voluntad que renuncia al ser y se entrega a lo que es bajo. Como no es un mal el agua, pero, en cambio, es un mal arrojarse voluntariamente a ella, así también ninguna cosa creada, por humilde que sea, es un mal; pero es mal entregarse a ella, como si fuese el ser y renunciar por ella al ser verdadero (De vera rel., 20). De la tesis maniquea que hacía del mal no sólo una realidad, sino un principio sustancial del mundo, San Agustín ha llegado a la tesis opuesta: la negación total de la realidad o sustancialidad del mal y la reducción del mismo a la defección de la voluntad humana ante el ser. El mal no es, pues, una realidad ni siquiera en el hombre, ya que es defección, deficiencia, renuncia, no-decisión, no-elección; aun en el hombre es, pues, no ser y muerte. En el pecado, Dios que es el ser, abandona al alma, igual que en la muerte del cuerpo el alma abandona al cuerpo (De civ. Dei, XIII, 2).

LA CIUDAD DE DIOS
La vida del hombre individual está dominada por una alternativa fundamental: vivir según la carne o vivir según el espíritu. La misma alternativa domina la historia de la humanidad. Esta está constituida por la lucha de dos ciudades o reinos: el reino de la carne y el reino del espíritu, la ciudad terrena, o ciudad del diablo, que es la sociedad de los impíos, y la ciudad celestial o ciudad de Dios, que es la comunidad de los justos.
Estas dos ciudades no se distribuyen nunca netamente su campo de acción en la historia. Ningún período de la historia, ninguna institución es dominada exclusivamente por una u otra de las dos ciudades. No se identifican nunca con los elementos particulares con que la historia de los hombres se construye, ya que dependen solamente de lo que cada individuo decide ser: "El amor de sí mismo llevado hasta el desprecio de Dios, engendra la ciudad terrena; el amor de Dios llevado hasta el desprecio de sí, engendra la ciudad celestial. Aquélla aspira a la gloria de los hombres; ésta, por encima de todo, a la gloria de Dios, testimoniado por la conciencia...
Los ciudadanos de la ciudad terrena están dominados por una necia ambición de dominio que los induce a subyugar a los demás; los ciudadanos de la ciudad celestial se ofrecen uno a otro con espíritu de caridad y respetan dócilmente los deberes de la disciplina social" (De civ. Dei, XIV, 28). Ninguna contraseña exterior distingue las dos ciudades, que están mezcladas desde el comienzo de la historia humana y lo estarán hasta el fin de los tiempos. Sólo preguntándose a sí mismo podrá cada uno averiguar a cuál de las dos ciudades pertenece.
Toda la historia de los hombres en el tiempo es el desarrollo de estas dos ciudades: se divide en tres períodos fundamentales. En el primero los hombres viven sin leyes y no hay todavía lucha contra los bienes del mundo; en el segundo los hombres viven bajo la ley y por esto combaten contra el mundo, pero son vencidos. El tercero es el tiempo de la gracia, en el cual los hombres luchan y vencen. Agustín distingue estos períodos en la historia del pueblo de Israel. Atenas y Roma son juzgadas por San Agustín, sobre todo a través del politeísmo de su religión. Roma es la Babilonia de Occidente. En su origen hay un fratricidio, el de Rómulo, que reproduce el fratricidio de Caín, del cual nació la ciudad terrena. Las mismas virtudes de los ciudadanos de Roma son virtudes aparentes, pero en realidad son vicios, porque la virtud no es posible sin Cristo (Ibid., XIX, 25).
El libro VIII del De civitate Dei está dedicado al examen de la filosofía pagana. Agustín se detiene sobre todo en Platón, a quien llama "el más merecidamente famoso entre los discípulos de Sócrates". Platón ha admitido la espiritualidad y unidad de Dios, pero ni siquiera él ha glorificado y adorado a Dios como tal, sino que, como los demás filósofos paganos, ha admitido el culto politeísta (Ibid., VIII, 11). Las coincidencias de la doctrina platónica con la cristiana son explicadas por Agustín aduciendo los viajes de Platón a Oriente, durante los cuales pudo conocer el contenido de los libros sagrados (Ibid., VIII, 12). En cuanto a los neoplatónicos, se ha visto cómo Agustín mismo ha sido dirigido hacia el cristianismo por los escritos de Plotino: han enseñado la doctrina del Verbo; pero no que el Verbo se haya encarnado y sacrificado por los hombres (Confes., VII, 9).
Estos filósofos han vislumbrado, sin duda, aunque de una manera oscura, el fin del hombre, su patria celestial; pero no han podido enseñarle el camino, que es el señalado por el apóstol San Juan: la encarnación del Verbo (De civ. Dei, X, 29).

Filosofia Medieval: Cap II, La Patristica de los primeros siglos



CARACTERES DE LA PATRÍSTICA
Cuando el cristianismo, para defenderse de los ataques polémicos y de las persecuciones, y asimismo para garantizar su propia unidad contra escisiones y errores, tuvo que poner en claro sus propios presupuestos teóricos y organizarse como sistema doctrinal, se presentó como expresión completa y definitiva de la verdad que la filosofía griega había buscado, aunque sólo la había hallado de una manera parcial e imperfecta. Una vez en el terreno de la filosofía, el cristianismo sostuvo su continuidad con la filosofía griega y se presentó como la última y más completa manifestación de la misma.
Justificó esta continuidad con la unidad de la razón, que Dios ha creado idéntica para todos los hombres y todos los tiempos y a la cual la revelación cristiana ha dado el último y más seguro fundamento; y con esto afirmó implícitamente la unidad de la filosofía y de la religión. Esta unidad no es un problema para los escritores cristianos de los primeros siglos; es, más bien, un dato o un presupuesto, que guía y dirige toda su investigación.
Y aun cuando establecen una antítesis polémica entre la doctrina pagana y la cristiana (como en el caso de Taciano), esta antítesis se establece en el terreno común de la filosofía y presupone, por tanto, la continuidad entre cristianismo y filosofía.
Era natural, desde este punto de vista, que se intentase por un lado interpretar el cristianismo mediante conceptos tomados de la filosofía griega para así enlazarlo con tal filosofía, por otra parte conducir el significado de la filosofía griega al mismo cristianismo. Este doble intento, que en realidad es uno solo, constituye la esencia de la elaboración doctrinal de que el cristianismo fue objeto en los primeros siglos de la era común. En esta misma elaboración los Padres de la Iglesia, como era inevitable, se ayudaron e inspiraron en las doctrinas de las grandes escuelas filosóficas paganas, sobre todo, de los estoicos, lanzándose a veces (como ocurre en Tertuliano) hasta aceptar tesis aparentemente incompatibles con el cristianismo, como la de la corporeidad de Dios.
Este período de elaboración doctrinal es la patrística. Padres de la Iglesia son los escritores cristianos de la antigüedad, que han contribuido a la elaboración doctrinal del cristianismo, y cuya obra ha sido aceptada y hecha propia por la Iglesia.
El período de los Padres de la Iglesia se puede considerar cerrado con la muerte de Juan Damasceno para la Iglesia griega (hacia 754) y con la de Beda el Venerable (735) para la Iglesia latina. Este período puede dividirse en tres fases. La primera, que llega hasta el año 200, está dedicada a la defensa del cristianismo contra sus adversarios paganos y gnósticos. La segunda, que va desde el 200 hasta el 450, está dedicada a la formulación doctrinal de las creencias cristianas. La última, que va desde el 450 hasta el fin de la patrística, se caracteriza por la reelaboración y sistematización de las doctrinas ya formuladas.

LOS PADRES APOLOGETAS
Los Padres Apologetas del siglo I son los autores de Cartas que ilustran algunos puntos particulares de la doctrina cristiana y regulan cuestiones de orden práctico y religioso. Tales son: el autor de la llamada Carta de Bernabé, Clemente Romano, Hermes, Ignacio de Antioquía y Policarpo.
Pero estos escritores todavía no abordan problemas filosóficos. La verdadera actividad cristiana empieza con los Padres Apologetas en el siglo II. Estos Padres escriben en defensa (apología) del cristianismo contra los ataques y persecuciones que se le dirigen. En este período "los cristianos son hostilizados por los hebreos como extranjeros y son perseguidos por los paganos" (Epist. ad Diogn., 5, 17). Los escritores paganos emplean la sátira y la burla contra el cristianismo (Luciano, Celso). Los cristianos son objeto del odio de la plebe pagana y de las persecuciones sistemáticas del Estado.
En estas condiciones nacen las apologías. La más antigua de que se tiene noticia es la defensa presentada al emperador Adriano hacia el año 124, con ocasión de una persecución de cristianos, por Cuadrato, discípulo de los Apóstoles. De ella sólo conservamos un fragmento, guardado por Eusebio (Hist. Eccles., IV, 3, 2).
La apología del filósofo Marciano Arístides ha sido encontrada en 1878 y va dirigida al emperador Antonino Pío (138-161). En ella se afirma ya explícitamente el principio de que sólo el cristianismo es la verdadera filosofía. De hecho, sólo los cristianos tienen el concepto de Dios que se deriva necesariamente de la consideración de la naturaleza. Se usan conceptos platónicos en esta demostración. El orden del mundo, tal como aparece en los cielos y en la tierra, hace pensar que todo se mueve por necesidad y que Dios es el que lo mueve y lo gobierna todo. Arístides insiste en la inaccesibilidad e inefabilidad de la esencia divina, para contraponer el monoteísmo riguroso del cristianismo a las creencias de los bárbaros, que han adorado los elementos materiales, de los griegos, que han atribuido a sus dioses debilidades y pasiones humanas, y de los judíos, que aun admitiendo un solo Dios, sirven más bien a los ángeles que a Él. Pero la primera gran figura de Padre apologista y el verdadero fundador de la patrística es Justino.

JUSTINO
Justino nació probablemente en el primer decenio del siglo II en Flavia Neápolis, la antigua Siquem, ahora Nablus en Palestina. El mismo nos describe su formación espiritual. Hijo de padres paganos, frecuentó los representantes de las diversas tendencias filosóficas, estoicos, peripatéticos y pitagóricos, y profesó durante largo tiempo las doctrinas de los platónicos.
Finalmente encontró en el cristianismo lo que buscaba, y desde entonces, con su palabra y sus escritos lo defendió como la única y verdadera filosofía.
Vivió mucho tiempo en Roma y fundó allí una escuela; y en Roma sufrió el martirio entre el 163 y el 167. De las obras que nos quedan, sólo tres son seguramente auténticas: el Diálogo con el Judío Trifón y dos Apologías. La primera y más importante de ellas está dirigida al emperador Antonino Pío, y debe haber sido compuesta en los años 150-155. La segunda, que es un suplemento o un apéndice de la primera, fue motivada por la condenación de tres cristianos, reos de profesarse tales. El Diálogo con el judío Trifón refiere una discusión que tuvo lugar en Efeso entre Justino y Trifón y tiende sustancialmente a demostrar que la predicación de Cristo realiza y completalas enseñanzas del Viejo Testamento.
La doctrina fundamental de Justino es que el cristianismo es la "única filosofía segura y útil" (Dial., 8) y que es el resultado último y definitivo a que la razón debe llegar en su investigación. Puesto que la razón no es otra cosa que el Verbo de Dios, esto es, Cristo, del cual participa todo género humano. "Nosotros aprendimos, dice (Apol. Primera, 46), que Cristo es el primogénito de Dios y que es la razón, de la cual participa todo el linaje humano. Y los que vivieron según razón son cristianos, aunque fueran considerados ateos; entre los griegos Sócrates, Heráclito y otros como ellos; y entre los bárbaros, Abraham y Ananías y Azarías y Misael y Elias y otros muchos. De modo que aquellos que nacieron y vivieron irracionalmente eran malvados y enemigos de Cristo y asesinos de los que viven según la razón; mas quienes vivieron y viven según la razón, son cristianos impávidos y tranquilos." Con todo, estos cristianos anteriores no conocieron toda la verdad. Había en ellos semillas de verdad, que no pudieron entender completamente (Ibid., 44). Podían ciertamente, ver de modo oscuro la verdad mediante aquella semilla de razón que había innata en ellos. Pero una cosa es la semilla y la imitación, otra es el desarrollo completo y la realidad, de la cual la semilla y la imitación nacen (Apol. segunda, 13). Aquí la doctrina estoica de las razones seminales es empleada para fundamentar la continuidad del cristianismo con la filosofía griega, para reconocer en los filósofos griegos a los anticipadores del cristianismo y para justificar la obra de la razón mediante la identificación de la misma con Cristo. Esta doctrina permite a Justino la identificación completa entre el cristianismo y la verdad filosófica. "Todo lo que de verdad se haya dicho pertenece a nosotros los cristianos; ya que, además de Dios, nosotros adoramos y amamos al Logos del Dios ingénito e inefable, el cual se hizo hombre por nosotros, para curarnos de nuestras enfermedades participando de ellas" (Apol. segunda, 13).
Dios es el eterno, el increado, el inefable: es la noción de una realidad inexplicable, enraizada en la misma naturaleza de los hombres (Apol. seg., 6). A su lado y por debajo de él hay otro Dios, el Logos coexistente y engendrado antes de la creación, por medio del cual Dios creó y ordenó todas las cosas (Apol. seg., 5). Así como una llama no disminuye cuando enciende otra, del mismo modo aconteció con Dios en la creación del Logos (Dial., 48). Después del Padre y el Logos está el Espíritu Santo, llamado por San Justino el Espíritu Profético, al cual los hombres deben las virtudes y los dones proféticos (Apol. primera, 5). El hombre ha sido creado por Dios libre de hacer el bien y el mal. Si el hombre no tuviese libertad, no tendría mérito del bien ni de la culpa del mal realizado (Apol. primera, 43). El alma del hombre es inmortal sólo por obra de Dios: sin ésta, con la muerte volvería a la nada (Dial., 6). Pero también el cuerpo está destinado a participar de la inmortalidad del alma. Debe venir, en efecto, según el anuncio de los profetas, una segunda parusia de Cristo; y esta vez vendrá con gloria, acompañado por la legión de los ángeles: resucitará los cuerpos y revestirá de inmortalidad a los de los justos, mientras condenará al fuego eterno a los de los inicuos (Apol. primera 52).

LA GNOSIS
La obra de los Padres apologetas no debió dirigirse solamente contra los enemigos externos del cristianismo, paganos y hebreos, sino también contra los enemigos internos, contra las tendencias y las sectas que en su intento de interpretar el mensaje original del cristianismo falsean su espíritu y letra contaminándolo con elementos y motivos heterogéneos.
El mayor peligro contra la unidad espiritual del cristianismo lo representó, en los primeros siglos, el conjunto de sectas gnósticas, que se difundieron ampliamente por Oriente y Occidente, especialmente en las esferas de los doctos, y produjeron una rica y variada literatura. Esta literatura, con todo, si se exceptúan unos pocos escritos, conservados en traducciones coptas, se ha perdido y sólo la conocemos a través de los fragmentos citados por los Padres apologetas que los refutaron.
La importancia del intento de los gnósticos consiste en el hecho de que fue la primera investigación de una filosofía del cristianismo. Pero esta investigación fue verificada sin rigor sistemático, mezclando elementos cristianos, míticos, neoplásticos y orientales, en un conjunto que no tiene nada de filosófico. La palabra gnosis, como conocimiento religioso distinto de la simple fe, está tomada de la tradición griega, especialmente del pitagorismo, en el cual significaba el conocimiento de lo divino propio de los iniciados. Fue así empleada para indicar al grupo de pensadores cristianos del siglo II que hicieron del conocimiento la condición de la salvación. Se atribuyeron por vez primera el nombre de gnósticos, los ofitas, o socios de la serpiente, que después se dividieron en numerosas sectas. Estas utilizaban gran cantidad de textos religiosos atribuidos a personalidades bíblicas: tal era el Evangelio de Judas, al que se refiere Ireneo (Adv. haereses, I, 31, I).
Otros escritos de esta clase han sido encontrados recientemente en traducciones coptas, y de ellos el más importante es la Pistis Sophia, editada el año 1851, que expone en forma de diálogos entre el Salvador resucitado y sus discípulos, especialmente María Magdalena, la caída y redención de Pistis Sophia, un ser que pertenece al mundo de los Eones (seres intermedios entre el hombre y Dios), y el camino para la purificación del hombre mediante la penitencia. Los principales gnósticos de que tenemos noticias son Basílides, Carpócrates, Valentino y Bardesanes. Basílides, que enseñó en Alejandría entre el 120 y el 140, escribió un Evangelio, un Comentario y algunos Salmos. Su doctrina nos es conocida a través de la obra de Clemente de Alejandría (Tapetes) y las refutaciones de Ireneo (Contra los herejes) y de Hipólito (Filosofemas). Para Basílides, la fe es una entidad real, una cosa puesta por Dios en el espíritu de los elegidos, esto es, de los predestinados a la salvación. Basílides, por la necesidad de explicar el mal en el mundo, fue llevado a admitir dos principios de la realidad, uno como causa del bien y otro como causa del mal: la luz y las tinieblas. Puestas en contacto entre sí, las tinieblas trataron de unirse a la luz y participar de ella, mientras la luz, por su parte, permanecía alejada sin absorber las tinieblas. Estas dieron lugar así a una apariencia y a una imagen de la luz, que es el mundo en el cual el bien se encuentra por esto en una cantidad despreciable y el mal predomina. Esta concepción de Basílides es muy semejante a la maniquea; pero no admite, como ésta, la lucha entre los dos principios.
De Carpócrates de Alejandría sabemos solamente que una discípula suya, Marcelina, que fue a Roma en tiempos de Aniceto (hacia el 160), "provocó la ruina de muchos" (Ireneo, Contra los herejes, I, 25, 4). Carpócrates, para explicar la superioridad de Cristo sobre los hombres, se sirve de la teoría platónica de la reminiscencia. Cristo se hizo superior a los demás hombres, porque su alma recordó con más amplitud todo lo que había visto durante su vida con el Padre increado, de donde éste le dio una virtud particular que le hizo capaz de sustraerse al dominio del mundo y regresar libremente hasta El. Lo mismo acontecerá a toda alma que se atenga a la misma línea de conducta. Los seguidores de Carpócrates admitían la transmigración del alma de cuerpo en cuerpo, hasta que hubiese cumplido el ciclo de las experiencias pecaminosas; sólo al fin de esta odisea, el alma se haría digna de volver a subir al Padre, librándose de todo lazo con el cuerpo.
El mayor número de los seguidores pertenece a la escuela de Valentino, que, según Ireneo, fue a Roma en tiempos del obispo Igino (135-140). En la cima de la realidad Valentino y sus secuaces ponían un ser no temporal e incorpóreo, increado e incorruptible, que ellos llamaban Padre o primer Padre o también Eón (del griego αιών = eterno) perfecto. Este primer principio está formado por una pareja de términos, Abismo y Silencio; y también los eones que emanan de él están constituidos por parejas. Del primer eón se derivan, en efecto, la Mente y la Verdad, de las cuales proceden por emanación la Razón y la Vida; de las cuales a su vez proceden el Hombre (como determinación divina) y la Comunidad (εκκλησία, comunidad de vida divina). El conjunto de estas ocho determinaciones divinas (oγδοάδαι) es el reino de la perfecta vida divina o Pleroma. El último eón, la Sabiduría, quiso descubrir el primero, el Abismo, y procuró subir hacia las regiones superiores del Pleroma. Pero su esfuerzo fue inútil y durante el mismo dio origen al mundo, que presenta por ello los caracteres de un esfuerzo incompleto, y los errores y el llanto que produce siempre un esfuerzo fracasado. "De la desazón e inquietud nacieron las tinieblas; del temor y de la ignorancia nacieron la malicia y la perversión, de la tristeza y el llanto las fuentes de agua y los mares. Cristo fue enviado por el Primer Padre, inviolable en su misterio, para restaurar el equilibrio roto por el sueño loco de la Sabiduría" (Tertuliano, Contra los valentinianos, 2). De esta manera el Universo nace de la rebelión infecunda del eón Sabiduría, que da origen a la obra plasmadora de un Demiurgo. Valentino dividía el género humano en tres categorías: la masa de los hombres carnales, el conjunto de los psíquicos y la casta de los espirituales (pneumáticos). Los primeros están destinados a la perdición; los segundos pueden salvarse a costa de un esfuerzo; a los privilegiados les basta, para conseguir la felicidad, la gnosis, esto es, el conocimiento de los misterios divinos.
Bardesanes, nacido en Edesa el año 154 y muerto el 222, fue discípulo de Valentino. Es esencialmente un astrólogo y un naturalista que, de la astrología babilónica y egipcia, saca la teoría de la influencia de los astros sobre los acontecimientos del mundo y las acciones humanas. El persa Mani, que nació probablemente hacia el 216, se proclamó Paráclito, esto es, el que debía llevar la doctrina cristiana a su perfección. Su religión es una mezcla fantástica de elementos gnósticos, cristianos y orientales, sobre el fundamento del dualismo de la religión de Zaratustra.
Admite, en efecto, dos principios originarios, uno del mal, o principio de las tinieblas, otro del bien, o principio de la luz, que se combaten perpetuamente en el mundo. También en el hombre hay dos almas, una corpórea, que es el principio del mal, y otra luminosa, que lo es del bien. El hombre llega a su perfección con un triple sello, esto es, absteniéndose de la comida animal y de los discursos impuros (signaculum oris), de la propiedad y del trabajo (signaculum manus) y del matrimonio y del concubinato (signaculum sinus). El  maniqueísmo halló su grande e implacable adversario en San Agustín.

LA POLÉMICA CONTRA LA GNOSIS
En la polémica contra la gnosis el cristianismo va hacia una más rigurosa elaboración doctrinal. En este punto era menester, efectivamente, en primer lugar, individualizar y defender las fuentes genuinas de la tradición cristiana, y, en segundo lugar, fijar el significado auténtico de esta tradición contra perversiones y errores que pretendían disputársela y expresar su verdadero significado.
Un cierto número de obras antignósticas se ha perdido. De otras obras (de Agripa Castor, Egesipo, Rodón, Filipo de Cortina, Heráclito) nos quedan escasos e insignificantes fragmentos (Migne, Patr. graec., 5. °). En cambio, poseemos las obras de Ireneo e Hipólito.
Ireneo nació hacia el 140 en Asia Menor, probablemente en Esmirna. Durante la persecución de Marco Aurelio era sacerdote de la iglesia de Lyon, y según una tradición que se remonta a San Jerónimo, murió martirizado; pero se ignora en qué fecha. Ireneo escribió numerosas obras. Eusebio, en su Historia Eclesiástica (V, 20), cita un tratado: Sobre la monarquía o Sobre que Dios no es Autor del mal; otro Sobre las ogdóadas, diversas cartas y escritos menores de los cuales hay uno contra los paganos, titulado Sobre la ciencia. De todos estos escritos sólo nos quedan escasos fragmentos (en Migne, Patr. graeca 7°, 1225-1274). En cambio, nos queda una gran obra contra el gnosticismo titulada Refutación y desenmascaramiento de la falsa gnosis, llamada comúnmente Adversus haereses. Pero nos ha llegado no en su original griego, sino en una traducción latina del siglo IV; con todo, hay algunos fragmentos del texto griego, especialmente del libro primero, en forma de citas de escritores posteriores.
La verdadera gnosis es, según Ireneo, la que nos han transmitido los Apóstoles de la Iglesia. Pero esta gnosis no tiene la pretensión de superar los límites del hombre, como la falsa gnosis de los heréticos. Dios es incomprensible y no puede ser pensado. Todos nuestros conceptos le son inadecuados. Él es entendimiento; pero no es semejante a nuestro entendimiento. Es luz, pero no es semejante a nuestra luz. "Es mejor no saber nada, pero creer en Dios, y permanecer en el amor de Dios, que arriesgarse a perderle con investigaciones sutiles" (Adv. haeres., II, 28, 3).
Lo que nosotros podemos saber de Dios, podemos conocerlo solamente por revelación: sin Dios no se puede conocer a Dios. Y la revelación de Dios se nos manifiesta también a través del mundo, que es obra de Dios, como lo reconocieron también los mejores paganos. La más grave blasfemia de los gnósticos es, según Ireneo (II, 1, 1), la tesis de que el Creador del mundo no es Dios mismo, sino una emanación suya. Que Dios haya tenido necesidad de seres intermedios para la creación del mundo, significaría que él no habría tenido la capacidad de llevar a efecto lo que había proyectado contra la doctrina gnóstica de que el Logos y el Espíritu Santo son eones subordinados, Ireneo afirma la igualdad de esencia y de dignidad entre el Hijo, el Espíritu Santo y el Padre. El Hijo de Dios no ha tenido principio, ya que Él es eternamente coeternamente existente con el Padre, y el Espíritu Santo tampoco ha tenido principio, por estar junto al Padre desde la eternidad como el Hijo. No se puede admitir la emanación del Hijo y del Espíritu Santo, del Padre. La simplicidad de la esencia divina no permite la separación del Logos o del Espíritu Santo del Padre (II, 13, 8). El hijo es el órgano de la revelación divina y está subordinado al Padre no por su ser, o por su esencia, sino sólo por su actividad (V, 18, 2).
Por lo que se refiere al hombre, Ireneo, contra la distinción gnóstica de cuerpo, alma y espíritu, afirma que el hombre resulta compuesto de alma y cuerpo y que el espíritu es solamente una capacidad del alma, por la cual el hombre llega a ser perfecto y se constituye en imagen de Dios. Pero para que el espíritu transfigure y santifique la figura humana es necesaria la acción del Espíritu Santo. El alma humana se encuentra entre la carne y el espíritu y puede dirigirse a una u otro. Solamente con la fe y el temor de Dios, el hombre participa del espíritu y se eleva a la vida divina (V, 9, 1). Pero yerran los gnósticos al afirmar que la carne sea en sí el mal o el origen del mal. El cuerpo, como el alma, es una creación divina, y no puede, por tanto, implicar mal en su naturaleza (IV, 37, 1). El origen del mal está más bien en el abuso de la libertad, y por esto deriva no de la naturaleza, sino del hombre y de su elección (IV, 37, 6). El bien consiste en obedecer a Dios, en creer en El, en guardar sus preceptos; el mal consiste en la desobediencia y negación de Dios (IV, 39, 1). El bien conduce al hombre a la inmortalidad, que es concedida al alma por Dios, pero que no es intrínseca a la naturaleza de la misma. El mal es castigado con la muerte eterna. También los cuerpos resucitarán; pero resucitarán en la nueva venida de Cristo, que se verificará después del reino del Anticristo. Entonces las almas, habiendo readquirido sus cuerpos, podrán llegar a la visión de Dios (V, 31,2; 27, 2).
De la vida de Hipólito, discípulo de Ireneo, nos da algunas indicaciones la obra que nos ha quedado de él, el Philosophoumena. Contra el Papa Calixto (217-222), se puso a la cabeza de un partido cismático y fue así uno de los primeros antipapas que la historia conoce. El motivo del cisma fueron las mitigaciones de la disciplina eclesiástica introducidas por Calixto, que había permitido la readmisión en la Iglesia de los que volvían de las sectas heréticas, la concesión de las dignidades eclesiásticas a los bígamos, etc.
(Philos., IX, 12). En 235 Hipólito fue desterrado a Cerdeña, con el segundo sucesor de Calixto, Ponciano, y allí, probablemente, el Papa y el antipapa se reconciliaron. Muertos ambos en Cerdeña, sus cuerpos fueron transportados a Roma y sepultados el mismo día, 13 de agosto de 236 o 237. La estatua de Hipólito, encontrada mutilada el año 1551 y conservada en el museo lateranense, lleva a los lados del pedestal una lista incompleta de sus numerosos escritos. Entre las obras de Orígenes iba comprendido en muchos manuscritos el primer libro de una Refutación de todas las herejías, que ciertamente no pertenece a Orígenes, porque el autor se titula obispo. El año 1842, en un manuscrito del monte Athos, fueron hallados los libros IV-X de la misma Refutación, la cual es hoy atribuida universalmente a Hipólito con el título impropio de Philosophoumena. De las demás obras nos han llegado fragmentos; entre éstos el capítulo final del escrito Contra
Noetum. Nos quedan enteros un escrito apologético Sobre el Anticristo y un Comentario del Profeta Daniel, que es el primer intento de esta clase entre los teólogos cristianos. Otros fragmentos de obras de Hipólito han sido conservados en lengua eslava, armenia, siria, etc.
Hipólito se propone refutar a los herejes demostrando que sacan su doctrina, no de la tradición cristiana, sino de la sabiduría pagana. Por esto el libro I y el IV (en el último de los cuales se pueden quizá ver también el II y el III) trazan un cuadro de la sabiduría pagana, mientras los últimos seis exponen y refutan las herejías. Al papa Calixto le reprende Hipólito por no establecer una distinción suficiente entre el Padre y el Logos y por atribuir, por tanto, toda la obra redentora al Padre más bien que al Hijo. Su doctrina del Logos tiende esencialmente a establecer esta distinción. El Padre y el Hijo son dos personas (πρόσωπα) diversas, aunque constituyan una sola potencia (δύναμις). Primeramente el Hijo existía en el Padre impersonalmente, en inseparable unidad con El, como Logos no expresado. Cuando el Padre quiso, y de la manera que quiso El procedió del Padre y llegó a ser una persona aparte como otro respecto al Padre. En fin, con la encarnación, el Logos se transformó en el verdadero y perfecto Hijo del Padre. Hipólito insiste en la arbitrariedad de la generación divina del Logos. "Si Dios hubiese querido" dice (Philos., X, 33), "hubiera podido hacer Dios a un hombre (o al hombre) en vez del Logos." Afirma así la subordinación de la naturaleza del Logos a la del Padre. Con todo, afirmando que el Logos es otro que Dios, él no quiere decir que sean dos divinidades: la relación entre el Padre y el Logos es semejante a la que hay entre la fuente luminosa y la luz, entre el agua y la fuente, entre el rayo y el sol. Puesto que el Logos es una potencia que procede del todo y el todo es el Padre, de cuya potencia procede (Contra Noet., 11).La procedencia del Logos del Padre era necesaria para la creación del mundo, ya que el Logos es el intermediario de la obra creadora.
Además del Padre y del Hijo, Hipólito admite la tercera institución (oeconomia) el Espíritu Santo. "El Padre manda, el Hijo obedece, el Espíritu Santo ilumina; el Padre está por encima de todo, el Hijo está por todo, el Espíritu Santo está en todo. No podemos pensar en un único Dios, si no creemos en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo" (Contra Noet., 14).
El hombre ha sido creado por Dios, dotado de libertad, y Dios le ha dado a través de los profetas, especialmente Moisés, la ley que debe guiar su libre voluntad. El hombre no es Dios; pero si quiere, puede llegar a serlo: "Sé seguidor de Dios y coheredero de Cristo, en vez de servir a los instintos y pasiones, y llegarás a ser Dios" (Philos., X, 33).