Marx, breve ensayo


Kart Marx, en su obra Manuscritos: economía y filosofía, define la enajenación del trabajador en el sistema de producción capitalista de la siguiente manera:
“(…) El trabajador sólo se siente en sí fuera del trabajo, y en el trabajo fuera de sí. Está en lo suyo cuando no trabaja y cuando trabaja no está en lo suyo. Su trabajo no es, así, voluntario sino forzado, trabajo forzado. Por eso no es la satisfacción de una necesidad, sino solamente un medio para satisfacer las necesidades fuera del trabajo.(..) De esto resulta que el hombre sólo se siente actuando libremente en sus funciones animales, tales como comer, beber, procrear…, en cambio, en sus funciones humanas no es nada más que un animal.”[1]
Semejante inversión sólo es posible comprenderla en el interior de las contradicciones de la lógica capitalista, donde la sociedad se encuentra estructurada bajo la dominación del capital y sustentada por una razón instrumentalizada.
El trabajo, ámbito donde el hombre debería desarrollar su “naturaleza universal”, constituye sólo un medio para mantener su vida y satisfacer necesidades impuestas por la sociedad de consumo de la cuál forma parte, sin más, se convierte en una mera actividad económica; no constituye la satisfacción de una necesidad de realización humana sino un medio para la obtención de bienes que las leyes capitalistas de producción imponen a los sujetos. De esta manera, la mercancía determina la naturaleza y el fin de toda actividad humana. En las actuales sociedades de consumo, imperantes bajo el sistema de producción capitalista, las relaciones libidinales con la mercancía se acrecientan y su lógica subsume la totalidad de los vínculos libidinales que el hombre establece, no sólo con el mundo sino también en su encuentro con otros hombres.
Por otra parte, el proceso de reificación total en el fetichismo de la mercancía, mecanismo a través del cuál los sujetos viven en una falsa felicidad sustentada en el consumo generalizado de productos, permite encubrir la falta de libertad y el excesivo plus de represión necesarios para el funcionamiento del actual aparato de producción.
Ahora bien, ¿Cómo es posible que los individuos declarados libres e iguales a partir de las conquistas de la Revolución Francesa no puedan evidenciar la ausencia de libertad en la que se encuentran inmersos?
La manipulación de las necesidades, la formalización de la razón, el ejercicio de poder como administración de los cuerpos y gestión calculadora de la vida, en una búsqueda de aumento y organización de las fuerzas pulsionales para lograr su inserción en el modo de producción capitalista, permiten la consolidación de la alienación de los individuos en un sistema que no podría funcionar de otra manera.
Es a partir de las transformaciones de los mecanismos de poder que van de la mano de las transformaciones del capitalismo, donde el poder encontró su acceso al cuerpo distorsionando y manipulando sus funciones. El trabajo productivo se erige como la única forma posible de realización ligado a una racionalidad puramente cuantitativa y el sentido de posesión permite experimentar la ilusión de recuperar la mítica completud perdida. El concepto de libertad queda así estrechamente ligado a una ecuación instrumental y cuantificable que se vincula con la obtención de objetos y satisfacción de necesidades manipuladas, perdiendo así su carácter de realidad ontológica humana.
“El status social de los individuos, su nivel de vida, la satisfacción de sus necesidades, su libertad y su poder están determinados por el valor de sus mercancías. (…) Los individuos participan del proceso social sólo como propietarios de mercancías. Sus relaciones mutuas son las relaciones de sus respectivas mercancías”.[2]
Bajo el imperio del sistema capitalista de producción la falta de libertad, necesaria para su funcionamiento, es enmascarada a través de la configuración de una falsa conciencia que se sustenta en la promesa de una “vida confortable” que se adquiere a través del desarrollo individual que garantice el éxito personal. Ironía del sistema: nos hace creer que nuestra liberación reside en aquél proceso que nos mantiene sojuzgados.
Por otra parte, la gran oferta de bienes y servicios que ofrece el mercado nos hace creer, ilusoriamente, que elegimos en base a nuestros deseos y que en dicha deseabilidad nos afirmamos contra todo poder, cuando en realidad el deseo y las necesidades humanas han sido siempre precondicionadas históricamente por los intereses predominantes de la sociedad.
Frente a este panorama, ¿Cuál es la función de la filosofía? Nos dice Marcuse:
“Toda liberación depende de la toma de conciencia de la servidumbre, y el surgimiento de esta conciencia se ve estorbado siempre por el predominio de necesidades y satisfacciones que, en grado sumo, se han convertido en propias del individuo. El proceso siempre reemplaza un sistema de precondicionamiento por otro; el objetivo óptimo es la sustitución de las necesidades falsas por otras verdaderas, el abandono de la satisfacción represiva.”
En primer lugar, es necesario que la filosofía no pierda el carácter de denuncia que ha alcanzado principalmente en algunas corrientes del pensamiento contemporáneo; las contradicciones del modo de producción capitalista cada día se acentúan más, subsisten, se complejizan, se encuentran enmascaradas y es tarea de la filosofía develar dichas contradicciones.
Por otra parte, en las sociedades actuales el viejo sueño de la revolución se ha perdido; la repudiable tarea sistemática de desgarramiento de los cuerpos sociales efectuada por regimenes totalitarios (que incluyen las democracias liberales) nos ha colocado en un estado tal de vulnerabilidad y desintegración que nos lleva a pensar el cambio colectivo como una utopía. Es tarea de la filosofía construir herramientas que nos acerquen nuevamente el horizonte de dicha utopía.
Es necesario mencionar también, que si bien en otras epatas del desarrollo del capitalismo el deseo de una revolución estaba fundada en la construcción de una sociedad sin clases, en la actualidad la creciente destructibilidad, unida a la creciente productividad, nos obliga a comprometernos más firmemente en dicha idea ya que la inminente amenaza de aniquilación de la humanidad entera nos enfrenta a la incuestionable necesidad de un cambio cualitativo en la estructura de las sociedades.En este sentido, debemos tomar conciencia de la importancia del compromiso social en el ejercicio del pensamiento y la acción. Debemos también reconocer que en cada elección (aunque sea de carácter individual) somos responsables de la humanidad entera
[1] Marx, K., Manuscritos: economía y filosofía, Alianza Editorial, S.A, Madrid, 1977, pag. 109

[2] Marcase, H., Razón y Revolución, Ediciones Altaya, S.A., 1998, pag. 274

2 comentarios:

erker dijo...

uuufff sil!!! esto es super groso, amo este blog y la data que tiras...por algo sos mi cumpa de tragos bloggera!!! linda, inteligente...una masa!!! sale un trago a eleccion para sil!!!! me guardo esto de marx, me encanto...besos.

Sweet carolain Arengando a la gilada..Por un mundo menos pedorro dijo...

excelente, Y actualmente, estamos todavía mas alienados/enajenados, ya casi no existe el concepto de familia, porque el trabajo consumio todo el tiempo que se le dedicaba. Hasta hay empresas que dejan a sus empleados dormir la siesta. cada vez mas cerca de vivir en el trabajo.

Besos