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CAPITULO XI LA FILOSOFIA HEBREA

Introducción

LA CABALA
Como la filosofía árabe, con la cual tiene muchos caracteres en común, la filosofía hebrea viene a ser, a partir del siglo XIII, una de las componentes fundamentales de la escolástica latina. Al igual que la filosofía árabe y la filosofía cristiana de la Edad Media, la filosofía hebrea es una escolástica que tiene en común con las dos primeras los problemas fundamentales (las relaciones entre la razón y la fe, entre Dios y el mundo, entre el entendimiento y el alma) y, para resolverlos, se sirve de los mismos datos o de datos análogos: la filosofía griega y la tradición religiosa judía. Más cercano a esta tradición y en polémica con los intentos más escuetamente filosóficos de encontrar una justificación racional de las creencias religiosas, fue el misticismo que adoptó preferentemente la forma de la Cabala.
La Cabala (=tradición) es una doctrina secreta que, al parecer, fue transmitida primero oralmente, y luego recogida en cierto número de tratados, de los que nos han llegado íntegros o casi completos: el Libro de la Creación (Jezirah) y el Libro del Esplendor (Zójar). Se trata de libros compuestos integrados por elementos heterogéneos. En cuanto a la antigüedad de estos elementos, el segundo de estos escritos, el Zóbar, en la forma que ha llegado a nosotros, pertenece, casi con toda seguridad, a la segunda mitad del siglo XIII. Tal como están, estos escritos exponen una doctrina emanatista muy parecida a la de los Neopitagóricos y Neoplatónicos de los siglos primeros. Enseñan que Dios es infinito o ilimitado (En Sof), es decir, inaccesible a toda determinación o conocimiento. Dios, en cuanto tal, es la negación de toda cosa determinada, y por lo tanto, el no-ser de cada cosa o la Nada. En este sentido, el mundo creado por Dios, ha salido de la Nada. La creación del mundo ocurre a través de sustancias intermedias llamadas Números (Sefiroth) que son al mismo tiempo los atributos fundamentales de Dios y las fuerzas por cuyo medio se realiza la creación divina. La mediación de los Sefiroth sirve para garantizar a Dios la unidad absoluta mientras su acción emanante se expande en lo múltiple de las cosas y, en este sentido, se les compara a los rayos primeros y más directos del Esplendor divino. Los Sefiroth son diez, a saber-. 1° la Corona; 2° la Sabiduría; 3° la Inteligencia; 4° la Gracia; 5° la Justicia; 6° la Belleza; 7° el Triunfo-, 8° la Gloria; 9° el Fundamento-, 10° la Majestad. La acción de estas sustancias produce todas las realidades del mundo visible: las tres primeras de ellas constituyen el mundo inteligible, según el esquema de la trinidad neoplatónica. El mundo visible y el inteligible están ligados por el amor y tienden a acercarse y a unirse. El impulso ha de venir del mundo inferior que debe tender hacia el superior; en respuesta a este impulso, el mismo mundo superior desea y ama al inferior. Dios no ama sino a aquellos que le aman.
El alma humana reproduce las tres primeras sustancias emanadas: ella es, en primer lugar, espíritu vital, luego espíritu intelectual y, por último, alma verdadera y propiamente tal que domina sobre las dos anteriores y es el órgano de la santidad y de las virtudes superiores.
La Cabala no tiene propósitos filosóficos y a la expresión conceptual prefiere la imaginativa o alegórica. La actitud que pretende despertar es la del misticismo, el planteamiento doctrinal que quiere defender es el de la ortodoxia hebrea tradicional. En cuanto a los conceptos tomados del helenismo o de la obra misma de los filósofos judíos de la Edad Media, los defensores o expositores que la Cabala encontró en los siglos XIII y XIV intentaron hacer de ella una alternativa a la obra de los filósofos y polemizan en contra de ellos. Sin embargo, en el Renacimiento, los mismos filósofos tomarían de la Cabala algunas de sus inspiraciones y la defendieron con frecuencia como un instrumento para la interpretación de los libros sagrados.

Filosofia Medieval: Escolastica Parte III, Cap II, Juan Escoto Eriugena



PERSONALIDAD HISTÓRICA
De pronto aparece, en la primera mitad del siglo IX, la gran figura de Juan Escoto. En la pobreza cultural e investigadora de su tiempo, este hombre dotado de un espíritu extremadamente libre, de excepcional capacidad especulativa y de vasta erudición grecolatina, aparece como un milagro. A través de San Agustín, Juan Escoto se relaciona con el más genuino espíritu de la investigación filosófica, tal como había aparecido en la edad clásica de Grecia. Él se da cuenta de las exigencias soberanas de la investigación y las afirma resueltamente. Cuando tropieza con la realidad incomprensible de Dios o de la esencia de las cosas, no repliega las armas dialécticas ni prescribe el abandono a la fe, sino que vuelve a tomar la misma incomprensibilidad en el ámbito de la investigación, la dialéctica y hace de ella un elemento de claridad. La razón perezosa, que en este período de la historia de la filosofía encuentra tantos modos de atrincherarse detrás de las exigencias de la fe, no hace presa en él.
La obra de Juan Escoto ha tenido una importancia decisiva para la ulterior evolución de la escolástica. Sus fuentes principales son las obras de San Agustín, del seudo Dionisio (que Juan mismo tradujo del griego) y de los Padres de la Iglesia, especialmente de San Gregorio y de San Máximo. En la especulación posterior no hay filósofo de la escolástica que no se relacione con él directa o polémicamente. El papa Honorio III, en una bula del 23 de enero de 1225, condenó su obra maestra: De divisione naturae.
Muchos doctores escolásticos, antes y después de la condenación, polemizan contra sus afirmaciones; pero su especulación señala sobre todos los puntos un hito de la escolástica.

VIDA Y OBRAS
Juan Escoto es llamado Eriúgena por haber nacido en Irlanda (Eriu, Erin, Irlanda), La fecha de su nacimiento debe caer hacia el año 810. No se sabe con precisión el año en que se dirigió a la corte de Carlos el Calvo de Francia, pero debió ser en los primeros años del reinado de este rey.
Participó, en efecto, en la controversia teológica suscitada por las tesis del monje Godescalco sobre la predestinación; ahora bien, la condenación de Godescalco aconteció el año 853, después de largos y solemnes debates. Muy probablemente la venida de Juan Escoto a Francia es anterior al año 847. Carlos el Calvo nombró a Juan director de la Academia de Palacio o Schola Palatina, en París; por invitación del mismo rey tradujo las obras de Dionisio el Areopagita, cuyos escritos el emperador bizantino Miguel Balbo había regalado a Ludovico Pío el año 827. El papa Nicolás I se lamentó ante el rey de que Juan no hubiese sometido esta traducción a la censura eclesiástica antes de publicarla, y quiso incoar un proceso contra las herejías contenidas en ella. Después de la muerte del rey Carlos, el año 877, no se tienen noticias seguras de Juan. Según unos, murió en Francia aquel mismo año; según otros, fue llamado por el rey Alfredo el Grande a la escuela de Oxford y, después, como abad de Malmesbury o de Athelney, fue asesinado por los monjes.
La actividad filosófica de Escoto puede ser dividida en dos períodos. En el primero se inspiró sobre todo en los Padres latinos, esto es, en Gregorio el Magno, Isidoro y especialmente en San Agustín. Pertenece a este período el escrito contra el monje Godescalco, De divina praedestinatione. En un segundo período, Juan sufrió el influjo de los teólogos y filósofos griegos. El año 858 tradujo los escritos del seudo Dionisio Areopagita, en el 864 la Ambigua de Máximo el Confesor y el escrito De hominis opificio, de Gregorio de Nisa. Estos estudios le guiaron en la elaboración de su obra maestra, De divisione naturae, en cinco libros. Esta obra, escrita en forma de diálogo entre maestro y discípulo, es el primer gran escrito especulativo de la Edad Media.
Muestra ya el carácter de la investigación escolástica: el método apriorístico o deductivo que el autor maneja con gran maestría. Las glosas de Juan a los Opuscula theologica, de Boecio, son el más antiguo comentario de los escritos teológicos de éste. Muy conocidas en la Edad Media, pero nunca impresas, debieron ser compuestas en sus últimos años, hacia el 870, y tienen con la Divisio naturae la misma relación que las Retractationes tienen con las demás obras de San Agustín.
La cultura y la capacidad especulativa de Juan Escoto le ponen muy por encima del nivel de sus contemporáneos. No sólo conoce el griego y traduce esta lengua, sino que saca de los escritores y del espíritu griego una gran libertad de investigación y de orientación especulativa.

FE Y RAZÓN
El presupuesto de la investigación de Juan Escoto es el acuerdo intrínseco entre razón y fe, entre la verdad a que llega la investigación libre y la revelada al hombre por la autoridad de los Libros Sagrados y de los escritores inspirados. "No hay salvación para las almas de los fieles si no es en creer lo que se dice con verdad sobre el único principio de las cosas, y en entender lo que con verdad se cree" (De div. nat., II, 20).
La autoridad de las Sagradas Escrituras es indudablemente indispensable al hombre, porque solamente ellas pueden conducirle a los rincones secretos en que reside fe verdad (I, 64). Pero el peso de la autoridad no debe en modo alguno apartarle de lo que le persuada la recta razón. "La verdadera autoridad no obstaculiza a la recta razón, ni la recta razón obstaculiza a la autoridad. No hay duda de que ambas emanan de una fuente única, esto es, de la sabiduría divina" (I, 66). Pero la dignidad mayor y la prioridad de naturaleza corresponden a la razón, no a la autoridad. La razón nació al comienzo de los tiempos, junto con la naturaleza: la autoridad ha nacido después. La autoridad debe ser aprobada por la razón, de lo contrario no parece firme: la razón no tiene necesidad de ser apoyada o corroborada por ninguna autoridad. En fin, la autoridad misma nace de la razón, porque la verdadera autoridad no es otra cosa que la verdad hallada por virtud de la razón de los Santos Padres y por ellos transmitida por escrito para provecho de la posteridad (I, 69). Y Juan pone en boca del maestro, que es el principal interlocutor del diálogo, una enérgica invitación a la libre investigación: "Debemos seguir a la razón que busca la verdad y no está oprimida por ninguna autoridad y que de ninguna manera impide que sea públicamente expuesto y difundido lo que los filósofos buscan con asiduidad y llegan trabajosamente a encontrar" (II, 63).
Está decidida afirmación de la libertad de la investigación, que hace de Juan Escoto un sobreviviente abanderado del espíritu, filosófico de los griegos, no implica en él ninguna limitación o negación de la religión. Ya que la religión no se identifica con la autoridad, sino con la investigación.
Religión y filosofía son una misma cosa: "¿Qué significa tratar de filosofía, sino exponer las reglas de la verdadera religión, por las cuales la causa suma y principal de todas las cosas, esto es Dios, es humildemente adorada y racionalmente investigada? " (De praedest., I). Juan está aquí muy cerca del espíritu de investigación agustiniana, para la cual la fe es un punto de llegada más que de partida, está al final del largo y laborioso camino de la investigación más bien que al principio y es la dirección y la guía de la investigación más bien que un límite y un obstáculo. Y de hecho, el presupuesto agustiniano de la Verdad suprema, que se revela y se afirma en la investigación humana, se repite en Juan. La naturaleza humana en sí considerada es una sustancia tenebrosa, que es, no obstante, capaz de participar de la luz de la sabiduría. Cuando el aire participa del rayo de sol no es luminoso por sí mismo, sino por esplendor del sol que en él aparece; así la parte racional de nuestra naturaleza, cuando participa del Verbo, esto es, de la Verdad divina, no entiende por sí las cosas inteligibles y Dios, sino que solamente las conoce por la luz divina que hay en ella (De div. nat., II, 23).
En la investigación humana quien halla no es el hombre que busca, sino la luz divina que busca en el hombre. La frase de Jesús, según San Juan: "No sois vosotros quienes habláis, sino que Dios habla en vosotros", es entendida por Escoto, como si dijera: "No sois vosotros los que me entendéis, sino Yo que me entiendo a Mí mismo en vosotros a través de mi espíritu" (Hom. In Joh., p. 291 A).

LAS CUATRO NATURALEZAS
El título de la obra principal de Juan Escoto: La división de la naturaleza es de genuino origen platónico. La "división" a que alude el mismo es la operación fundamental de la dialéctica platónica, operación que afirma el Eriúgena constituye la estructura misma de la naturaleza; y la naturaleza es, según las doctrinas del Parménides y del Sofista, el conjunto del ser y del no ser. Inspirándose en un pasaje de San Agustín (De civ. Dei, V, 9),
Eriúgena divide la naturaleza en cuatro partes. La primera naturaleza crea y no es creada; y es la causa de todo lo que existe y no existe. La segunda es creada y crea; y es el conjunto de las causas primordiales. La tercera es creada y no crea y es el conjunto de todo lo que se engendra en el espacio y en el tiempo. La cuarta no crea ν no es creada, y es Dios mismo como fin último de la creación (De div. nat., I, 1).
Forma parte de estas cuatro naturalezas no sólo todo lo que es, sino también todo lo que no es. Por el no-ser no se entiende la nada, sino solamente la negación de las varias determinaciones posibles del ser. Así se puede decir que no son las cosas que escapan a los sentidos y al entendimiento; o las cosas inferiores en relación con las cosas superiores y celestes, o las cosas futuras que todavía no son; o las que nacen y mueren; o, en fin, las que trascienden al entendimiento y la razón. Todas las cosas de este género en cierta manera no son: no se identifican, sin embargo, con la nada, y forman parte de la realidad universal, que Escoto llama naturaleza.
Las cuatro naturalezas constituyen el círculo vital del ser divino: "En primer lugar, Dios desciende de la súper-esencialidad de su naturaleza, en la cual debe decirse que Él no es, y creado por sí mismo en las causas primeras, se convierte en principio de toda esencia, de toda vida, de toda inteligencia y de todo lo que la teoría gnóstica considera como causas primordiales. En segundo lugar, desciende a las causas primordiales, que están entre Dios y la criatura, entre la inefable súper-esencialidad de Dios, que trasciende toda inteligencia y la naturaleza que se manifiesta a los que tienen un espíritu puro; se encuentra en los efectos de las causas primordiales y se manifiesta abiertamente en sus teofanías. En tercer lugar, llega por medio de las formas múltiples de tales efectos hasta el último orden de la naturaleza entera que contiene los cuerpos. Así, procediendo ordenadamente en todas las cosas, crea todas las cosas y llega a ser todo en todo; y vuelve a sí mismo, volviendo a llamar a todas las cosas a sí y, mientras se encuentra en todas las cosas, no cesa de estar por encima de todo" (III, 20).
Este círculo, por el cual la vida divina procede a constituirse en la constitución de todas las cosas y vuelve con ellas a sí mismo, es el pensamiento fundamental de Juan Escoto. En él está contenida la determinación de la relación entre Dios y el mundo. El mundo es Dios mismo, en cuanto teofanía o manifestación de Dios; pero Dios no es el mundo, porque al crearse y convertirse en mundo, queda por encima de él.

LA PRIMERA NATURALEZA: DIOS
La primera naturaleza es Dios, en cuanto no tiene principio, y es la causa principal de todo lo que de Él y por Él es creado y es el fin único de todo lo que procede de Él.
Dios es, en efecto, el principio, el medio y el fin: es principio en cuanto de Él se derivan todas las cosas que participan de su esencia; es el medio, en cuanto en El y por El subsisten y se mueven todas las cosas; es el fin, en cuanto todas las cosas se mueven hacia Él, en busca del reposo de su movimiento y de la estabilidad de su perfección (I, 11). Como principio, medio y fin, la naturaleza divina no sólo crea, sino que también es creada. Es creada por sí misma en las cosas que ella misma crea, a la manera como nuestro entendimiento se crea a sí mismo en los pensamientos que formula y en las imágenes que recibe de los sentidos (1, 12). Dios es increado, en el sentido de que no es creado por otro y como tal está por encima de todos los seres y no puede ser comprendido ni definido adecuadamente. Es unidad, pero unidad inefable que no se cierra estérilmente en su singularidad, sino que se articula en tres sustancias: la sustancia ingénita, o Padre; la sustancia génita, o Hijo; la sustancia procedente de la ingénita y de la génita, o Espíritu Santo. Juan toma del seudo Dionisio la distinción de las dos teologías, la positiva y la negativa. La primera afirma de Dios todos los atributos que le corresponden. La otra niega que la sustancia divina pueda ser determinada mediante los caracteres de las cosas que son.
Pero los mismos caracteres que la teología positiva atribuye a Dios toman en esta atribución un valor diferente del que tienen cuando se refieren a las cosas creadas. Dios no es propiamente esencia, sino superesencia; no es verdad, sino superverdad, y lo mismo se debe decir de todos los caracteres que pueden atribuirse a Dios. De modo que aun la teología positiva es en realidad negativa, a menos que no se quiera llamar positiva y negativa a la vez; ya que decir que Dios es superesencia equivale a afirmar y negar al mismo tiempo que sea esencia (I, 14). Es cierto que a Dios no se le puede atribuir ninguna de las categorías aristotélicas, las cuales, referidas a Él, adquieren un significado diverso.
Si Dios cayese en el ámbito de alguna de las categorías sería un género (como, por ejemplo, animal), mientras que Él no es género, ni especie, ni accidente y, así, ninguna categoría puede propiamente calificarle (I, 15).
La conclusión es que todo lo que la razón humana puede hacer respecto a Dios es demostrar que nada se puede propiamente afirmar de Él.
Pero si Dios es inaccesible como naturaleza superesencial, se revela por sí mismo en la creación, que es una continua manifestación de Él o teofanía. La esencia divina, que es incomprensible de por sí, aparece en las criaturas intelectuales y es posible conocerla en ellas. Teofanía es el proceso que de Dios desciende al hombre a través de la gracia, para retornar a través del hombre a Dios, con el amor. Teofanía es también toda obra de creación en cuanto manifiesta la esencia divina, que por esto se hace visible en ella y a través de ella (I, 10; V, 23). Cada una de las personas divinas tiene su propia función en el proceso de la teofanía. El Padre es el creador de todo; el Hijo crea las causas primordiales de las cosas que subsisten en él universal y simplemente; el Espíritu Santo multiplica estas causas primordiales en sus efectos, esto es, las distribuye en géneros y especies, en números y diferencias, sea de las cosas celestiales, sea de las sensibles (II, 22).

LA SEGUNDA NATURALEZA: EL VERBO
La segunda naturaleza, la que es creada y crea, corresponde a la segunda persona de la Trinidad. En ella están las ideas o formas de las cosas y ella es, por tanto, el Verbo divino, a través del cual todas las cosas han sido creadas.
Escoto se pregunta qué valor causal tienen las formas subsistentes en el Verbo divino, si los cuerpos del mundo están formados por elementos que fueron creados de la nada. Si la nada fuera verdaderamente el origen de tales cuerpos, habría sido también su causa. Y entonces la nada sería mejor que las mismas cosas de las cuales fue causa, ya que la causa es siempre superior al efecto. Escoto resuelve la dificultad afirmando que los elementos que componen el mundo no han sido creados por la nada, sino por las causas primordiales. Y vuelve a plantear el problema a propósito de estas últimas.
¿Han sido creadas ellas mismas de la nada? Escoto responde que tampoco ellas han sido creadas de la nada; han estado siempre en el Verbo divino, porque le son coesenciales. La creación de la nada no se refiere a las causas primordiales, ni tampoco a las cosas que dependen de ellas. La nada no encuentra lugar fuera ni dentro de Dios. Que las cosas hayan sido creadas de la nada, significa solamente que hay un sentido en el cual no son; de hecho han tenido principio en el tiempo a través de la generación y antes de ésta no aparecían en las formas ni en las especies del mundo sensible. Pero en otro sentido, siempre son, ya que subsisten como causas primeras en el Verbo divino, en el cual no comienzan ni cesan nunca de existir (III, 15). La teofanía divina empieza en las causas primeras que subsisten en el Verbo.
Para ellas, el mismo Creador es creado por sí mismo y por sí se crea, esto es, comienza a aparecer en sus teofanías, a salir de las reconditeces de su naturaleza y a descender a los principios y a las cosas, empezando así a existir juntamente con ellas (III, 23).
Juan Escoto insiste, a lo largo de toda su obra, en la identidad esencial de las criaturas con el Creador, en la permanencia de la criatura en la misma esencia del Creador, en la presencia sustancial de éste en aquéllas. El mundo es Dios mismo en su auto-revelación. Tal es el principio que domina toda la especulación de Eriúgena. Dios no puede, ciertamente, subsistir antes que el mundo. Dios precede al mundo, no en el tiempo, sino sólo racionalmente en cuanto causa de él. Pero no comienza a ser causa en un momento dado, porque es causa esencialmente, y puesto que no sería causa si no crease el mundo, su creación debe ser eterna, coeterna con El (III, 8). "Dios no existía antes de crear todas las cosas" (I, 72), dice Escoto.

LA TERCERA NATURALEZA: EL MUNDO
La tercera naturaleza, creada y no creadora, es el mundo mismo, el conjunto universal de las cosas sensibles y no sensibles que proceden de las causas primeras por la acción distribuidora y multiplicadora del Espíritu Santo.
Escoto sostiene que todos los cuerpos del mundo están constituidos por forma y materia. La materia, al estar falta de forma y color, es invisible e incorpórea, y es, por esto, objeto no de los sentidos, sino de la razón. Es resultado del conjunto de las diversas cualidades, por sí mismas incorpóreas, que la constituyen reuniéndose conjuntamente: y se transforma en los distintos cuerpos a medida que se le añaden las formas y los colores (III, 14).
Tampoco la tercera naturaleza, esto es, el mundo, se distingue en realidad del Verbo divino. La razón nos obliga, afirma enérgicamente Juan, a reconocer que en el Verbo subsisten no sólo las causas primeras, sino también sus efectos; y así en él están también los lugares y los tiempos, las sustancias, los géneros y las especies, hasta las especies especialísimas representadas por los individuos con todas sus cualidades naturales. En una palabra, subsiste en el Verbo todo lo que está reunido en el universo de las cosas creadas, tanto lo que es comprendido por el sentido, o por el entendimiento humano o angélico, como lo que trasciende a los sentidos y la misma mente (III, 16).
El mundo es ciertamente creado: lo afirma la Sagrada Escritura. El mundo es ciertamente eterno, porque subsiste en el Verbo; lo afirma la razón. De qué manera se concilian creación y eternidad, es problema que la mente humana no puede resolver. Pero, en realidad, quizás el problema es más aparente que real. Ya que las cosas que subsisten en el espacio y en el tiempo y están distribuidas en los géneros y en las formas del mundo sensible no son en realidad distintas de las causas primeras que subsisten en Dios, y son Dios mismo. No se trata de dos sustancias diversas, sino de dos diversos modos de entender las mismas sustancias; en la eternidad del Verbo divino, o en la vida del tiempo. Así, no hay dos sustancias "hombre", una como causa primordial, y otra individuada en el mundo; sino una sola sustancia, que puede ser entendida de dos modos, o en su causa intelectual, o en sus efectos creados. Entendida de la primera manera, está libre de toda mutabilidad, de la segunda está sujeta a mutabilidad; de la primera manera está libre de todas sus cualidades accidentales y escapa a la inteligencia; de la segunda, resulta compuesta de cualidades y cantidades diversas y es susceptible de ser conocida por la mente (IV, 7).
Se ha visto que Dios no es solamente el principio, sino también el fin de las cosas. A El, pues, retornarán las cosas que de Él han salido y en Él se mueven y están. La Sagrada Escritura enseña claramente el fin del mundo y es, por otra parte, evidente que todo lo que empieza a ser lo que antes no era, cesará también de ser lo que es. Ahora bien, si los principios del mundo son las causas de las cuales ha salido, estas mismas causas serán el último término de su retorno. El mundo no será reducido a la nada, sino a sus causas primeras; y, una vez terminado su movimiento, será conservado perpetuamente en reposo. Ahora bien, las causas primeras del mundo son el mismo Verbo divino; al Verbo divino volverá, pues, el mundo en su fin. Una vez vuelto a unirse con Dios, al cual tiende en su movimiento, el mundo no tendrá un ulterior fin al que tender, y necesariamente reposará. Por esto el principio y el fin del mundo subsisten en el Verbo de Dios y son el mismo
Verbo (V, 3; 20).
Si la tesis típica del panteísmo es que Dios es la sustancia o la esencia del mundo, no hay duda de que la doctrina de Escoto es un panteísmo riguroso.
"Dios está sobre todas las cosas y en todas; sólo Él es la esencia de todas las cosas porque El solo es; y aun siendo todo en todo, no cesa de ser todo fuera de todas. Él es todo en el mundo, todo alrededor del mundo, todo en la criatura sensible, todo en la criatura inteligible; está todo en crear el universo, todo deviene en el universo, está todo en todo el universo, está en las partes de éste, porque él mismo es todo y parte, y no es ni todo ni parte" (IV, 5).
Constantemente, el panteísmo, tanto en la filosofía medieval como en la moderna, ha admitido como principio suyo la tesis con tanto vigor expresada aquí, de que Dios es la sustancia del mundo. Por otro lado, se puede comprender como la otra afirmación igualmente resuelta de Escoto que Dios está fuera del universo y que no existe ni todo ni parte del mismo que pueda ser admitida como prueba del carácter no panteísta de su doctrina.

EL CONOCIMIENTO HUMANO
El hombre interior es una imagen de la Trinidad divina. Juan toma y desarrolla a su manera este pensamiento de San Agustín. Las tres personas divinas se relacionan entre sí como la esencia (ousia), la potencia (dunamis) y el acto (energeia).
En el alma humana, la esencia es la inteligencia (νους), que es la parte más elevada de nuestra naturaleza y entiende a Dios y a las cosas en sus causas primeras.
La razón o λόγος corresponde a la virtud o δύναμις γ se refiere a los principios de las cosas que vienen inmediatamente después de Dios.
El sentido interior o διάνοια corresponde al acto o energía y se ocupa de los efectos, sean visibles o invisibles de las causas primeras. Tal sentido interior es coesencial a la razón y al entendimiento, mientras el sentido exterior, que se sirve de los cinco órganos y reside en el corazón, pertenece al cuerpo más que al alma, de modo que perece con la disolución del cuerpo (II, 23).
A estas tres partes del alma corresponden tres movimientos diversos: según el alma, según la razón, según el sentido. El primer movimiento es aquel mediante el cual el alma se mueve hacia el Dios desconocido, más allá de sí misma y de toda criatura. Por este primer movimiento Dios aparece al alma como trascendente a todo lo que es, y como absolutamente indefinible.
El segundo movimiento es aquel por el cual el alma define el Dios desconocido como causa de todas las cosas, porque en Él están las causas primeras.
El tercer movimiento es el concerniente a las razones de las cosas individuales. Parte de las imágenes recogidas por los sentidos externos y de tales imágenes se eleva a las razones últimas de las cosas de las cuales son imágenes. A través de este movimiento, la misma imagen sensible se transfigura. De imagen impresa en los órganos del sentido, se transforma en imagen que el alma siente en sí como propia; y precisamente el alma parte de esta imagen espiritualizada para ascender hasta las razones eternas de las cosas (II, 23).
La correspondencia entre el alma y Dios se extiende también a lo referente al conocimiento que el alma tiene de sí misma. Como Dios es cognoscible a través de sus criaturas, pero incomprensible en sí mismo, ya que ni El mismo ni otro puede entender lo que es, pues no tiene un quid, una esencia determinada que se pueda entender; así el alma humana sabe que es, pero de ninguna manera puede conocer qué es. Y esto no es un límite o una imperfección de la mente misma. Así como la mejor manera de acercarse a Dios no es la afirmación, sino la negación, no es el conocimiento, sino la ignorancia, porque Dios, no teniendo límites, no puede ser definido ni restringido a una esencia determinada; del mismo modo si fuera posible al alma conocer su propia esencia, esto significaría la posibilidad de circunscribirla e implicaría su desemejanza con el Creador (IV, 7).

DIVINIDAD DEL HOMBRE
Circula por toda la obra de Juan Escoto el sentido del valor superior y divino del hombre. El pesimismo propio de los escritores cristianos y del mismo Agustín sobre la naturaleza y los destinos del hombre, se atenúa en él hasta transformarse en exaltación del hombre, de sus capacidades y de su éxito final. "El hombre, dice, no ha sido llamado inmerecidamente oficina de todas las criaturas; en efecto, todas las criaturas se contienen en él.
Entiende como el ángel, razona como hombre, siente como animal irracional, vive como el gusano, se compone de alma y cuerpo y no carece de ninguna cosa creada." En cierto modo, el hombre es superior al mismo ángel, el cual, por carecer de cuerpo, no tiene sensibilidad ni movimiento vital (III, 37).
Muy significativas son las consideraciones que Escoto desarrolla con visible complacencia sobre el tema "si el hombre no pecase..." Si el hombre no pecase, seria ciertamente omnipotente como Dios. En efecto, nada le apartaría de Dios, y él, que es imagen de Dios, participaría de lleno en la perfección de su modelo. Por el mismo motivo, sería omnisciente, porque, como Dios, conocería por sus causas primeras todas las cosas creadas. Si el primer hombre no hubiera pecado, la semejanza entre la naturaleza angélica y la humana se habría transformado en una identidad, y el hombre y el ángel se hubieran convertido en una misma cosa. Y esto se explica porque la misma identidad se establece entre hombre y hombre, cuando recíprocamente se entienden. "Si, dice Escoto, yo entiendo lo que tú entiendes, me convierto en tu mismo entendimiento y en cierta manera inefable me convierto en ti mismo. Y cuando tú entiendes lo que yo entiendo, tú te conviertes en mi entendimiento, y de dos entendimientos se hace uno solo, constituido por lo que ambos sincera y cumplidamente entendemos.
Porque el hombre es verdaderamente su entendimiento, el cual se especifica e individualiza por la contemplación de la verdad (IV, 9).
La perfección del hombre es tan grande que ni siquiera el pecado original basta para destruirla. Con él el hombre no perdió su naturaleza que, en cuanta imagen de Dios, es necesariamente incorruptible: perdió solamente la felicidad, a la cual hubiera sido destinado si no hubiese despreciado el precepto divino. "Es menester decir, dice Juan, que la naturaleza humana, que está hecha a imagen de Dios, no perdió nunca la fuerza de su belleza y la integridad de su esencia y nunca puede perderlas. Una forma divina, como es el alma, permanece siempre incorruptible; a lo más, se hace capaz de soportar la pena del pecado" (V, 6).
Con el mismo optimismo Juan considera el destino último del hombre. La muerte es para el hombre el principio de una ascensión que le lleva a identificarse con Dios. No hay muerte para el hombre, sino retorno a un antiguo estado que había perdido al pecar. La primera fase de este retorno a Dios se efectúa cuando el cuerpo se disuelve en los cuatro elementos de los cuales está compuesto. La segunda fase es la resurrección, con la cual cada uno recibirá de nuevo su cuerpo, por medio de la reunión de los cuatro elementos. En la tercera fase, el cuerpo se transformará en espíritu. En la cuarta fase, toda la naturaleza humana volverá a sus causas primeras, que subsisten inmutablemente en Dios. En la quinta fase, la naturaleza humana, junto con sus causas, se moverá en Dios "como el aire se mueve en la luz" (V, 8). Este triunfo final de la naturaleza humana no será, sin embargo, una anulación en Dios. El disolverse místico y panteísta del hombre en Dios es excluido por Juan Escoto. El destino de la naturaleza humana no es el de perderse en el ser divino, sino el permanecer en su verdadera sustancia, reintegrarla a sus causas primeras y subsistir en su perfección completa en el ámbito del ser divino, como el aire en la luz. El misticismo neoplatónico es aquí corregido por el sentido del carácter irreductible de la naturaleza humana, carácter por el cual conserva, aun frente a Dios, y en virtud de Dios, su autonomía sustancial.

EL MAL Y LA LIBERTAD HUMANA
Esta misma posición conduce a Juan a modificar la doctrina agustiniana de la libertad humana. De San Agustín toma el punto de partida para su doctrina del mal. Que el mal no sea una realidad, sino una negación de realidad, es para Juan un presupuesto evidente. De este presupuesto saca la conclusión de que Dios no conoce el mal. El conocimiento divino es, en efecto, inmediatamente creador: Dios no conoce las cosas, que son, porque son: sino que las cosas son, porque Dios las conoce. La causa de su esencia es la ciencia divina. Todo lo que es, es pensamiento divino. El hombre es definido por Escoto como "una noción intelectual eternamente creada en la mente divina"; y la misma definición se aplica a todo lo que existe (IV, 7).
Por lo cual se ve que, si Dios conociera el mal, si el mal fuera un pensamiento divino, el mal sería una realidad en el mundo (II, 28). Pero el mal no es real. No es nada sustancial y las mismas apariencias seductoras de que se reviste ante los hombres malvados, no son malas por sí mismas. Un objeto bello y precioso, que inspira ambición en el avaro, inspira, en cambio, admiración desinteresada en el sabio. No es, pues, la apariencia bella lo que hace pecar y es mal en sí misma, sino la mala disposición del que la considera (IV, 16). Del mal, que no es realidad, no hay, pues, en Dios presciencia; y ni tampoco predestinación. La pena que recae sobre el que peca no ha sido predestinada por Dios; pues también ella es dolor y deficiencia, no realidad positiva. La pena es consecuencia del pecado y le sigue como si estuviera atada a él con una cadena; pero ni la pena, ni el pecado subsisten en la mente divina, en la cual halla lugar solamente el ser y el bien (De praedest., 15, 8). Cuando las Sagradas Escrituras hablan de predestinación o de presciencia divina del mal, es necesario entender estas expresiones en el sentido con que nosotros decimos saber, que, después del ocaso del sol, vienen tinieblas, que el silencio viene después de las aclamaciones y la tristeza después de la alegría. Pero las tinieblas, el silencio, la tristeza, no son otra cosa que nociones negativas, e indican solamente la ausencia de las realidades positivas correspondientes (Ibid., 15, 9).
Para Escoto, como para San Agustín, el mal se reduce, pues, al pecado, a deficiencia o ausencia de voluntad. Pero mientras para San Agustín la voluntad libre es únicamente la voluntad de bien, para Juan Escoto la voluntad libre es el libre albedrío, capaz de decidirse sea por el bien, sea por el mal. Ciertamente, la causa del pecado es la mutabilidad de la voluntad.
Esta mutabilidad, que es causa del mal, es ciertamente ella misma un mal (De div. nat., IV, 14). Pero sin ella el hombre no sería verdadera y plenamente libre. Si Dios hubiera dado al hombre solamente la capacidad de querer el bien y de vivir conforme a justicia, de manera que el hombre sólo se pudiera mover en una dirección, el hombre no sería absolutamente libre, sino libre sólo en parte y en parte no libre. Ahora bien, una libertad parcial no es posible. Si aun en una parte mínima el hombre no es libre, es absolutamente no-libre. Un libre albedrío que se tambalea, no puede estar en pie (De praedest., 5, 8). Si se responde que no dañaría al hombre el tener un libre albedrío claudicante, es necesario objetar que sin un verdadero y total libre albedrío la justicia divina no hubiera podido ejercerse. Ya que la justicia consiste en dar a cada uno lo suyo y por parte de Dios en reconocer a cada hombre el mérito de haber obedecido a sus mandatos. Pero ¿qué significado tendrían estos mandamientos para un hombre que no pudiese hacer más que el bien? Dios tuvo, pues, que dar al hombre un libre albedrío por el cual pudiese pecar o no pecar. Solamente un libre albedrío de esta clase hace al hombre capaz de usufructuar libremente la ayuda que le ofrece la gracia divina (Ibid., 5, 9).
La libertad del hombre es, pues, posibilidad de pecar y no pecar, porque solamente tal posibilidad hace al nombre susceptible de ser premiado o castigado según juicio. Y, puesto que solamente la voluntad dotada de libre albedrío es responsable del pecado, solamente la voluntad es castigada por Dios. Aun los jueces humanos, si no son impulsados por la sed de venganza, tienen en cuenta la corrección de los reos y castigan, no su naturaleza, sino sólo su delito. De la misma manera, el castigo divino se dirige solamente a la voluntad que ha cometido el pecado, pero deja íntegra y salva la naturaleza del pecador, que permanece capaz de retornar a Dios, en el triunfo final (V, 31). Para este triunfo el hombre es ayudado a la vez por su naturaleza y por la gracia divina. El hombre debe a su propia naturaleza el haber sido sacado de la nada y el durar, a la gracia debe su deifícatio, por la cual vuelve a la sustancia divina. La naturaleza es dada, la gracia es un don gratuito, concedido por la divina bondad sin mérito por parte del hombre.

LA LÓGICA
Conforme a la orientación platonizante del sistema, la lógica de Escoto Eriúgena es realista: presupone la realidad objetiva de todas las determinaciones lógicas universales, de todos los conceptos de género y especie. Y pertenece al espíritu de tal lógica considerar que cuanto más universal es un concepto, tanto mayor es su realidad objetiva·, así los conceptos de géneros supremos son más reales que los de géneros menos extensos; y los conceptos de géneros son más reales que los conceptos de especies, en las cuales todo género se subdivide; en fin, las especies especialísticas, esto es, los individuos, tienen menor realidad que las especies superiores, o más extensas. Comentando un pasaje bíblico, Escoto afirma que Dios creó primero el género, porque en él se contienen y están juntas todas las especies; el género se divide después y multiplica en las formas generales y en especies especialísimas. De esto saca una, consideración fundamental sobre el valor objetivo de la dialéctica: "La dialéctica, el arte que divide los géneros en especies, y resuelve las especies y los géneros, no ha sido creada por investigaciones humanas, sino que está fundada en la misma naturaleza, y ha sido creada por el Autor de todas las artes que son verdaderamente artes, descubierta por los sabios y empleada para provecho de toda clase de investigaciones sobre las cosas" (IV, 4). Y, así, la tabla lógica de los conceptos dispuestos según el orden de su universalidad, se identifica, según Escoto, con el orden metafísico de las determinaciones del ser.
La determinación lógica más universal, y, por consiguiente, la más real determinación objetiva, es la esencia (ousia), que es incorpórea, simple e indivisible. La esencia existe en los géneros y en las especies, pero no se divide en ellos, sino que permanece inmultiplicada, aun multiplicándose en los géneros, en tas especies y en los individuos (I, 34). "La esencia subsiste toda junta, está eterna e inmutablemente en sus subdivisiones, y todas sus subdivisiones constituyen simultáneamente y siempre, en ella, una unidad inseparable" (I, 49). Por eso la esencia de todas las cosas es en realidad una sola, es Dios mismo (I, 1). Es incognoscible e incomprensible como Dios mismo; lo que se percibe con los sentidos o se comprende con el entendimiento en toda criatura, es solamente algún accidente de la incomprensible esencia (I, 3).
La lógica de Escoto, que nació dos siglos antes de que la discusión sobre los universales llegase a ser el problema fundamental de la dialéctica, presenta anticipadamente la solución típicamente realista del problema y es la fuente de todas las soluciones del mismo tipo que fueron adoptadas después. Representa también el papel de término de comparación polémico para las escuelas anti-realistas.


Los Postulados de la Razón Practica

¿Pero es posible la libertad de la voluntad? Los resultados de la "Crítica de la razón pura" nos conducían a la distinción general de todos los objetos en fenómenos y noúmenos. En cuanto fenómeno todos los objetos están sometidos a las leyes de la naturaleza, que son leyes deterministas, excluyendo por lo tanto la libertad. En cuanto fenómeno, pues, el hombre no es libre. Por otra parte, la posibilidad de conocer los noúmenos, las cosas en sí mismas, quedaba rechazada en la dialéctica trascendental ante la imposibilidad de constituir la metafísica como ciencia, por lo que la posibilidad de conocer algo acerca del alma y de su libertad e inmortalidad quedaba eliminada. Sin embargo, sin la libertad de la voluntad la moral quedaría arruinada. Por otra parte, observamos que el progreso de la virtud es lento en el mundo, y esperamos razonablemente que el hombre virtuoso pueda ser feliz; pero vemos que esto no ocurre, lo que haría de la vida del hombre un absurdo si no fuera posible que ocurriera. Por ello, aunque ninguno de los objetos de la metafísica (Dios, el alma y el mundo como totalidad) puede ser objeto de demostración teórica, la razón práctica exige su existencia. El hombre ha de ser libre para poder poner en práctica la moralidad; ha de existir un alma inmortal ya que, si el hombre no puede alcanzar su fin en esta vida, ha de disponer de una vida futura como garantía de realización de la perfección moral; y ha de existir un Dios que garantice todo esto. Lo que la razón teórica no ha podido demostrar, la razón práctica lo tiene necesariamente que postular. De este modo Kant se vio obligado, como dice en la introducción de la "Crítica de la razón pura", a suprimir el saber para dejar paso a la fe.

El Imperativo Categórico
El imperativo categórico de la ética de Kant es un principio supremo de la moralidad que pretende ser un mandamiento autónomo, independiente de cualquier religión e ideología, autosuficiente, universal y capaz de tutelar el comportamiento humano.
Fue propuesto por primera vez por Immanuel Kant en su libro Fundamentación de la metafísica de las costumbres publicado en 1785. En él sostiene que la fundamentación del principio imperativo categórico está implícito en las prácticas y razonamientos morales de todos los individuos y por medio de este se podrán identificar consiguientemente los deberes morales de manera incondicional.
Es esencialmente un principio propio del libre albedrío y la autonomía de la voluntad, es decir, como voluntades libre debemos regirnos por este principio. Nos propone actuar de acuerdo a las “máximas” (normas morales que determinan lo que debe o no hacerse) que personalmente podamos querer que sean leyes universales.
Las máximas son simplemente las razones por las que alguien actúa y toma decisiones de acuerdo a la moral pero el rol del imperativo categórico es ayudarnos a determinar si esos motivos que nos impulsan a actuar o decidir son buenos o malos.
Se debe tener en cuenta que al hablar de imperativos (órdenes, deseos, imposiciones) morales, específicamente en el carácter “categórico”, se considera intrínseco que los mismos deben ser afirmados o negados en su totalidad, no pueden existir condiciones ni términos medios, o se acepta tal como es o no se acepta. El objeto o finalidad del imperativo debe tener un fin en sí mismo.
Las normas racionales pueden establecerse de dos maneras: la primera establece una conducta necesaria para alcanzar un fin determinado y es aquí donde encontramos la forma del imperativo hipotético y por el otro lado encontramos la prescripción de una conducta necesaria establecida como absoluta e incondicional que es el que lleva el nombre de imperativo categórico.
Kant sostenía que la conciencia moral es el reino de lo que debe ser, en oposición a la Naturaleza, que es el reino del ser. “Las leyes son, o leyes de la Naturaleza (leyes por las cuales todo sucede), o leyes de la libertad (leyes según las cuales todo debe suceder). La ciencia de las primeras se llama ‘Física’; la de las segundas, ‘Ética’.” Mientras en la Naturaleza impera la necesidad, la causalidad, en la conciencia moral encontramos un imperativo categórico que manda a un sujeto libre, que puede o no obedecer. El imperativo es “categórico” («Debes trabajar») y no “hipotético” («Si quieres sentirte útil, tienes que trabajar»), porque este último depende de una circunstancia (que yo quiera o no sentirme útil). El imperativo moral manda más allá de cualquier circunstancia o situación concreta.  Los imperativos categóricos ordenan acciones que son buenas en sí mismas y no por constituir meros medios para conseguir algo. Kant los denomina como imperativos apodícticos, es decir, imperativos que valen por sí mismos. Por todo ello afirma  Kant: el imperativo categórico, que declara una acción es objetivamente necesaria en sí misma sin referencia a finalidad alguna, o sea, sin finalidad alguna distinta de sí misma, es válido como principio práctico apodíctico. Justamente en la medida en que el hombre actúa por deber, su obrar es moralmente bueno. 
Necesidad y universalidad, declara Kant, no se pueden derivar de la experiencia cuyo sujeto es siempre particular y contingente, sino sólo de la mente, de las formas cognitivas innatas en ella. De ahí que la ley moral se origina en la razón pura y es enunciada por un juicio sintético a priori – a priori porque tiene su razón no en la experiencia sino en la mente misma; sintética porque se forma no por el análisis de un concepto sino por una extensión del mismo.
Kant trata de probar la existencia de un imperativo categórico a priori partiendo de la idea de la voluntad de un ser racional. La voluntad es concebida como una facultad determinándose a sí misma a la acción de acuerdo con ciertas leyes. Ahora bien, es sólo un fin que sirve como objetivo principal para la autodeterminación de la voluntad y sólo un fin en sí mismo que sirve como principio universal para todos los seres racionales. De donde Kant infiere en primer lugar que la voluntad de todo ser racional al exigir respeto para la humanidad como un fin en sí misma, establece una ley universal y es por consiguiente una ley en sí misma, autónoma y no sometida a legislador exterior y en segundo lugar que la moralidad consiste en la obediencia a la ley de nuestra propia razón y que la inmoralidad, por el contrario , en la heteronomía, es decir, en la obediencia a cualquier autoridad, aunque sea divina, distinta de nuestra razón.
Kant da ciertas fórmulas generales del imperativo categórico, las que resumen todos los mandatos morales: Fórmulas Del Imperativo Categórico
Fórmula de la Ley Universal: “Obra sólo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal”.
Fórmula de la Ley de la Naturaleza: “Obra como si la máxima de tu acción debiera tornarse, por tu voluntad, ley universal de la naturaleza”.
Fórmula del Fin en sí Mismo: “Obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre como un fin al mismo tiempo y nunca solamente como un medio”.
Fórmula de la Autonomía: “Obra como si por medio de tus máximas fueras siempre un miembro legislador en un reino universal de fines”.

El mundo como voluntad y representación



La filosofía de Schopenhauer parte de un primer pensamiento capital: el ser es voluntad, el ser quiere ser y quiere permanecer como querer; el ser es esa voluntad que quiere ser siempre voluntad. En su obra El mundo como voluntad y representación persigue mostrar el enigma del mundo, que descifra como fundamento irracional, y alcanzar el sentido de la existencia, que revela como sinsentido.
Schopenhauer se da cuenta de que el mundo habitado no es sino el producto de una representación hecha por un sujeto que conoce el mundo. Esboza su propio sistema e introduce la categoría de voluntad como eje desde el cual entablar una comprensión del mundo.
Su objeto de estudio son las acciones de los seres humanos; observamos cómo la voluntad de vivir, auténtico motor del mundo, tras su afirmación y, después de ser conocida por sí misma, puede llegar a negarse. Sin embargo, hay que tener en cuenta que no plantea ninguna doctrina del deber, ningún principio moral universal o deber incondicionado. El fundamento de la moral no propone en absoluto un principio al que haya que obedecer, sino que más bien delega en la piedad, en la compasión, el pilar de las acciones que juzgamos morales.
Hemos de renunciar por completo a guiar la vida humana por los cauces habituales, Así, por este camino, descubrimos otra manera de existir, una vida alejada del fatal influjo de la voluntad de vivir. Es importante resaltar que hay un componente de particular influencia en la filosofía de Schopenhauer y es su insistencia sobre el primado de la voluntad en oposición a la razón. Aquí hay un viraje radical en relación con la tendencia predominante en la cultura occidental, que desde los griegos había tenido un marcado matiz intelectualista.
“Así pues, aquel poderoso apego a la vida es ciego e irracional: sólo se explica porque todo nuestro ser en sí es una voluntad de vivir y a dicha voluntad la vida le ha de parecer el supremo bien por muy amarga, corta e incierta que pueda ser, así como porque tal voluntad es de suyo y originariamente ciega e inconsciente. El conocimiento, en cambio, lejos de ser el origen de ese apego a la vida, lo estorba, en tanto que descubre su falta de valor y contrarresta el miedo a la muerte”. (MVR II, Cap. 41)
El único hecho que podemos considerar para sentar el fundamento de la moral, es la constatación de la necesidad del dolor. El mundo es el autoconocimiento de la voluntad.
La desgracia y la calamidad quedan aseguradas en la afirmación constante de la voluntad de vivir. “Querer vivir” no es fruto de la procreación ni perece con la muerte, sino que siempre existe. Siendo, pues, la propia existencia lo que desde el principio se encuentra corrompido.  El autor contempla la posibilidad de ser salvados, redimidos, de una vida cuya esencia es una extraña y ominosa mezcla entre lucha y dolor. Pero en ello radica la “gran verdad”: La posibilidad de la negación de la voluntad de vivir, la penuria, la aflicción y la injusticia que padecemos a lo largo de nuestra existencia albergan una causa ontológica, en el ser, pues es la voluntad misma la que está manchada. Es el principio y artífice del mundo el que contiene el defecto originario.
La salvación no supone un simple cambio, sino una total conversión de nuestro ser. La necesaria salvación consiste en volvernos lo opuesto a lo que somos, puesto que mientras nuestra voluntad permanezca igual, nuestro mundo tampoco podrá cambiar.
Con la visión del dolor del mundo y de la miseria de existir, bien podríamos decir que tiene una conclusión pesimista de la concepción metafísica.
Ahora bien lo que ha de ser rescatado, liberado del dolor y de la muerte no son los fenómenos del mundo, sino su esencia, la voluntad que palpita en nosotros. Así, dado que el querer sostiene el mundo, la salvación consistirá en la liberación de ese mismo querer. Como alguna vez escribió Fernando Pessoa, “Ser es razón para dejar de ser”. Y es que, a ojos de Schopenhauer, el único fin legítimo de la existencia es el de convencernos de que sería mejor no existir.
Estamos ya en condiciones de asegurar que la cesación de la voluntad sólo podrá ser comprendida como una negación de la voluntad. No se dará una auténtica salvación y redención de la vida y del dolor sin una completa negación de su esencia. Una negación que no se refiere tan sólo al “no” que la voluntad refiere a los objetos de sus deseos, sino que afecta a la radical oposición frente a la realidad positiva, al querer en el que consiste el ser. Se trata, pues, de una negación ontológica, que nada tiene que ver con el  suicidio; en el que la voluntad quedaría rendida, derrotada.
Schopenhauer dirá que consiste en una cierta concepción de lo real que revela la unidad y unicidad del ser del mundo y su condición, una concepción,  que posibilita el fin de la manifestación de la voluntad, la salvación, la total redención. La voluntad, así, sólo queda suprimida a través del conocimiento.
En definitiva, la asunción de los dolores del mundo, ajenos a nuestro fenómeno individual, funda la única vía para la salvación, a la que se arriba, sin embargo, a través de una dolorosa renuncia y tras sufrir una inmensa pena en sí mismo. Aunque, por este camino, finalmente la individualidad queda suprimida y es absorbida por el todo. El dolor, pues, no es más que nuestra guía hacia el más puro fin de la vida: la destrucción del influjo de la voluntad de vivir.  Como observamos, Schopenhauer asegura que los dogmas, morales, religiones, etc. sólo pueden oficiar como motivos de la voluntad, los actos en que se hace visible, pero nunca cambia el sentido de la volición misma. Así pues, la significación ética mora únicamente en la disposición de ánimo que motiva los actos. Es por ello que nunca será posible determinar el valor ético de las acciones en base a su manifestación externa; los dogmas, las costumbres y los ejemplos determinan sólo tal exterioridad, pero dejan intacta nuestra disposición interna.
La auténtica bondad de ánimo, la magnanimidad y la virtud desinteresada provienen exclusivamente de un conocimiento intuitivo e inmediato, que cada cual ha de asumir por sí mismo. Mediante este conocimiento llegamos a comprender, al fin, que el prójimo que está ante nosotros, ese otro, esa pura ajenidad, es también nosotros, es parte de un todo al que pertenecemos. La esencia del amor puro se identifica, por tanto, con la compasión, con la total comprensión del sufrimiento ajeno.
La voluntad de vivir y que no debe interpretarse en el sentido corriente del término más que metafóricamente: nuestra voluntad, deseo o pulsión no es más que una proyección insignificante de esa Voluntad con mayúscula, de la cual la representación es mero fenómeno o apariencia. La voluntad no se encuentra sujeta a las formas del fenómeno, es decir, a la causalidad, el espacio y el tiempo. Tampoco se objetiva en los seres individuales, sino en la suma de los mismos: la voluntad integra toda la naturaleza y el universo con la totalidad de entidades y seres que contienen. La voluntad, así, es una fuerza que obra sin motivo, irracionalmente. Todas las energías de la naturaleza son expresivas de la Voluntad, incluyendo lo mismo las fuerzas naturales de todo signo ya sea luz, gravedad, como las motivaciones, los instintos y tendencias, tanto animales como humanos.
Siguiendo en esto a las doctrinas orientales, el hombre es esclavo de su deseo, de la voluntad ciega de vivir, y este precisamente es el fundamento del radical pesimismo del autor: «La vida es un anhelo opaco y un tormento». El autor propone la práctica de la compasión para con sus semejantes y liberarse del yugo de la voluntad, aunque no de la propia vida, pues Schopenhauer no predica el suicidio. Así como también plantea varias alternativas por ejemplo, la del arte, expuesta en su libro tercero, dado que el placer de su ejercicio sustrae al dolor del deseo, pues  la contemplación estética aparta al hombre de la cadena infinita de las necesidades y de los deseos, con una satisfacción inmóvil y completa.